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Violencia contra la mujer: Definiciones para entender el porqué y determinar la solución

El país que ocupa el primer lugar en feminicidios en el mundo es El Salvador. Descubre a continuación, en qué lugar está el Perú

Feminicidio

El país que ocupa el primer lugar en feminicidios en el mundo es El Salvador. (Imagen: El Comercio)

Agencias

En medio de la excitación popular por la participación de la selección peruana de fútbol en el Mundial de Rusia 2018, el reciente fallecimiento de la joven Eyvi Ágreda, de 22 años, ha causado indignación social. Mientras le gritaba: “Si no vas a ser mía, no vas a ser de nadie”, el pasado 24 de abril, un depravado sujeto le roció gasolina y le prendió fuego cuando ella viajaba en un vehículo de transporte público. Con más del 60% del cuerpo con quemaduras de
tercer grado, Eyvi tuvo que ser sometida a diez operaciones, las cuales se infectaron tan severamente que dieron lugar a una septicemia y, al
final, a un shock séptico, el cual terminó con su vida.

—Origen social—

Sin duda, el feminicidio es un problema de salud pública en muchas sociedades, incluida la peruana. Se calcula que cerca de 70.000 mujeres son asesinadas por su pareja cada año, lo cual constituye el 17% de los homicidios intencionales. Un estudio de Anna Alvazzi del Frate, de la organización Small Arms Survey, revela que el país que ocupa el primer lugar en feminicidios en el mundo es El Salvador, con 12 mujeres de cada 100.000 asesinadas por su pareja.

En América, el segundo lugar lo ocupa Honduras, y luego están Guatemala, Venezuela, Colombia, Brasil, México, EE.UU., Argentina y el Perú (una mujer asesinada de cada 100.000).

Sociólogos y trabajadores sociales –quienes evalúan estos casos como un problema social– coinciden en que la principal causa de violencia doméstica y feminicidio es el machismo. Este ha sido definido por la psicóloga Julia Perilla como el conjunto de expectativas que tienen los hombres que viven en una cultura, en la que ellos ejercen poder, dominancia, control y superioridad sobre las
mujeres. En esa definición, la palabra clave es ‘cultura’, la que se entiende como el conjunto de creencias, comportamientos y otras características que son comunes a los miembros de un determinado
grupo o sociedad. A través de la cultura, las personas y los grupos se definen a sí mismos, se ajustan a los valores comunes compartidos por la sociedad y contribuyen a la sociedad.

En ese contexto, es justo preguntarse –tomando la definición de machismo de la doctora Perilla– cuáles son las expectativas que tienen los hombres criados en una sociedad machista. ¿En qué clase de cultura viven esos hombres? ¿Cuáles son las características de una sociedad machista? ¿Qué factores sociales hacen posible que se produzca y se perpetúe el machismo? ¿Cuál es el rol de los líderes de una sociedad en la génesis del machismo? ¿Cuál es el rol de los medios de comunicación? ¿Cómo, cuándo y bajo la influencia de quién –o quiénes– se impregnó en el cerebro del asesino de Eyvi Ágreda la idea de “si no vas a ser mía, no vas a ser de nadie”? Cuántos
hombres piensan igual; es decir, que una mujer es o puede ser su propiedad? Muchas preguntas, pocas respuestas.

—Crianza y educación—

Siendo el machismo una construcción social –entiéndase como la consecuencia de la interacción de los individuos en una cierta cultura
social–, es indudable que la influencia de la familia en la génesis y perpetuación de esta forma de pensar es crucial. Si un bebe crece en un hogar en el que los padres –que heredaron esos comportamientos
de sus propios padres– limitan los roles de sus hijos al estereotipo de lo que puede o no puede hacer un niño o una niña, ya están propiciando el machismo. Al inconscientemente favorecer ciertos patrones de comportamiento en sus hijos e hijas, ya están estableciendo diferencias, las que, en una sociedad machista, tienden a perpetuar la dominancia de los varones en desmedro de las mujeres.

Obviamente, ese modo de crianza en el hogar no debe interpretarse como una falencia de los padres. Como lo dice la doctora Perillo, al criar a sus hijos en un ambiente de machismo, los padres están simplemente conformándose a las expectativas que tienen los varones
en la cultura machista del país. No lo hacen a propósito, “las cosas son así”, del mismo modo que durante décadas en Arabia Saudí se aceptaba que las mujeres no debían manejar vehículos (recién podrán hacerlo por primera vez en su historia el próximo 24 de junio).

Por eso una sociedad que desea realmente cambiar el paradigma del machismo debe propiciar una educación con un claro enfoque de igualdad entre niños y niñas. De otro modo, si los niños vienen ya de la casa con una visión machista de la realidad, y el sistema escolar no está preparado para corregirlo, tendremos jóvenes que crecerán con claros comportamientos machistas, que creerán que una mujer debe ser siempre sumisa y puede ser de su propiedad.

Pero aquí hay un problema, un sector de la sociedad –incluyendo a muchos políticos– ha desarrollado fobia a la palabra ‘género’. Al escucharla, se crispan, se defienden e inmediatamente demuestran un marcado estrés.

Una educación con un claro enfoque de igualdad entre niños y niñas es en realidad una educación con enfoque de género, pero el uso de esa palabra elimina toda posibilidad de acuerdo entre los políticos.

Es posible que la oposición política al vocablo ‘género’ provenga del hecho de que una discusión con enfoque de igualdad entre hombres y mujeres llevará indefectiblemente a una discusión sobre sexualidad humana, la que incluirá conceptos biológicos modernos que demuestran que los seres humanos no son –como lo afirma el dogma de ciertos grupos religiosos– binariamente concebidos como hombres y mujeres. Ese conocimiento moderno de la sexualidad es denominado por ciertos sectores como ideología de género. Se trata de un ejemplo más de la eterna confrontación entre ciencia y religión.

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