PerúManolo Rojas no llegó al corazón del público de golpe. No apareció de pronto en la televisión convertido en una voz famosa ni en un rostro familiar. Antes de la radio, los escenarios y de las imitaciones que lo volvieron inolvidable, hubo un adolescente de 16 años que aprendió a hacer reír bajo la carpa de un circo y, después, en la calle. Allí empezó a formarse el artista que con el tiempo atravesaría la televisión, la radio y el cine, hasta convertirse en uno de los comediantes más queridos del país.
Manolo Rojas no llegó al corazón del público de golpe. No apareció de pronto en la televisión convertido en una voz famosa ni en un rostro familiar. Antes de la radio, los escenarios y de las imitaciones que lo volvieron inolvidable, hubo un adolescente de 16 años que aprendió a hacer reír bajo la carpa de un circo y, después, en la calle. Allí empezó a formarse el artista que con el tiempo atravesaría la televisión, la radio y el cine, hasta convertirse en uno de los comediantes más queridos del país.
Manolo comenzó en Las águilas humanas, el circo de unos familiares, y luego se fogueó en plazas y espacios abiertos junto a cómicos populares como Willy Hurtado, Nicho Ortiz, Cachay, Tripita, ‘El Chorry’ y Cascarita. No era un escenario amable. Había que detener a la gente y convencerla a que se quedara. Ese aprendizaje, le dio reflejo para el humor y una intuición muy precisa para leer al público.
Esa escuela le dejó, además, una convicción que lo acompañó toda la vida: el humor no era solo una forma de arrancar carcajadas, sino también de dejar algo más. Una idea, una observación, un mensaje. Por eso su comicidad nunca fue gratuita. Incluso en la exageración o en la parodia, había siempre un modo de retratar a las personas y al país, de atrapar sus gestos más reconocibles y devolverlos en clave de risa.
Ahí estuvo una de sus grandes virtudes. Manolo Rojas no era solo un imitador. Tenía una capacidad especial para captar la vanidad, su tono, su ridiculez, su música interna de un personaje. Por eso sus imitaciones no se quedaban en el parecido. Funcionaban porque, detrás del chiste, había observación. Y detrás de la observación, oficio.
Fue el Brother Pablo el personaje que le abrió las puertas de la televisión. Esa imitación empezó a darle notoriedad y lo empujó a buscar un lugar en “Risas y salsa”, entonces el programa más exitoso de la pantalla peruana. No lo consiguió de inmediato. Lo intentó más de una vez, hasta que finalmente logró quedarse. Ese episodio resume bien otra parte de su historia: Manolo no fue un artista de atajos, sino de persistencia.
Después llegaron “Los amigos de la risa”, “Risas de América” y, más adelante, “Los Chistosos”, el programa radial donde encontró uno de los espacios más decisivos de su trayectoria. Allí terminó de volverse una presencia cotidiana para miles de oyentes. En la radio, su voz adquirió otra dimensión: ya no era solo la del humorista que hacía reír, sino la del artista que acompañaba. Entraba en la rutina diaria de la gente, en el tráfico, en la sobremesa, en la casa. Y esa cercanía explica buena parte del cariño que despertó.
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Pero su carrera no se agotó en la imitación ni en la radio. También incursionó en la ficción. Participó en producciones televisivas como “Al fondo hay sitio”, “De vuelta al barrio” y “Néctar en el cielo”, y llevó su presencia a la pantalla grande con películas como “Cebiche de tiburón”, “Una comedia macabra” y “El manual del pisado”. Ese tránsito entre formatos mostró que su talento no dependía de un solo registro: podía moverse entre el sketch, la actuación y la comedia popular con una naturalidad que muy pocos consiguen sostener en el tiempo.
Quizá por eso fue tan querido. Porque el público nunca sintió que Manolo Rojas actuara desde la distancia. Había en él algo próximo, reconocible, casi doméstico. No era una celebridad inaccesible, sino un artista que conservó siempre una conexión visible con la calle de la que venía. Aun cuando ya había conquistado la televisión y la radio, seguía transmitiendo la sensación de alguien que entendía muy bien al país que tenía delante.
También ayudó a ese vínculo su manera de hablar de sí mismo. No construía una figura de perfección. Reconocía excesos, errores, tropiezos. Hablaba de las veces en que el éxito lo desbordó, de los momentos en que tuvo que rehacerse, de la necesidad de pedir perdón y empezar otra vez. Esa franqueza le daba humanidad. El público no solo veía a un cómico exitoso: veía a un hombre con caídas, contradicciones y aprendizaje.
En sus últimos años, además, se mostraba más sereno. Hacía ejercicio, buscaba paz interior, leía, trabajaba y seguía proyectándose. Tenía nuevas metas, funciones por delante y ganas de seguir creando. No se había quedado detenido en la nostalgia de sus personajes más célebres, sino que seguía mirando hacia adelante, como si todavía le quedara mucho por construir.
Por eso su historia artística importa tanto. Porque no es solo la de un humorista popular que logró fama en televisión. Es la de un artista que salió del circo y la calle, que supo convertir la observación en humor, el humor en oficio y el oficio en una carrera que atravesó formatos, generaciones y públicos. Manolo Rojas llegó lejos porque tenía talento, sí, pero también porque supo sostenerlo con trabajo. Y fue querido porque, en medio de ese recorrido, nunca dejó de sonar cercano.
En un país donde tantos artistas pasan rápido por la memoria, él logró quedarse. No solo en sus personajes o en sus programas, sino en el recuerdo afectivo de la gente.
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