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Resumen

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En 1995, el Perú político y el espectáculo se cruzaron en un acto insólito: Susy Díaz, la vedette que desafiaba los prejuicios con humor y lentejuelas, decidió postular al Congreso. Pintó el número 13 en su piel, inspirada en la italiana Cicciolina, y, contra todo pronóstico, se convirtió en congresista de la República. Desde su escaño, habló de leyes, derechos y oportunidades: presentó 120 proyectos y logró que 34 fueran aprobados. Susy recuerda aquella etapa con una mezcla de gratitud y desazón: el orgullo de haber servido al país, pero también las heridas que dejaron las acusaciones y los titulares que la juzgaron más por su pasado que por su trabajo.

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