Francisco de Paula Bazán Landi (Lima, 1980) entiende mejor que nadie lo que significa reinventarse. A los 10 años, su vida giraba en torno a un solo sueño: el fútbol. Se formó en Cantolao, luego pasó por Universitario y transitó por todas las categorías menores hasta llegar, con 17 años, al primer equipo. Integró la blanquirroja en clasificatorias y Copa América, y llevó su arte a ligas extranjeras. Pero el fútbol no perdona. Las lesiones, sobre todo en el hombro, empezaron a cobrarle factura. “Mi carrera se fue apagando”, admite con honestidad el exguardameta. La pasión se convirtió en frustración, el sueño en rutina. Hasta que un día, cerca de cumplir 30 años de edad, lo dejó todo. Sintió alivio, pero también un peso que no esperaba. “A mí no me dolió, a mi familia sí. Se resistieron a aceptarlo”, confiesa.

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