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Efraín Aguilar produjo éxitos como !000 oficios, "Así es la vida" y "Al fondo hay sitio". (Foto: Julio Reaño)

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“1000 Oficios” nació antes de tener nombre: antes del barrio, antes de la quinta, incluso antes de que el “recurseo” se convirtiera en palabra de horario estelar. En 1996, tras su salida de Latina —donde hizo “JB Noticias” con Jorge Benavides—, Efraín Aguilar recibió la llamada de Ernesto Schütz desde Panamericana TV para tomar la posta de “Risas y salsa”, un programa que se había quedado sin elenco. Con la presión de entregar resultados inmediatos, Aguilar empezó a pulir una idea que, por entonces, sonaba improbable.
“1000 Oficios” nació antes de tener nombre: antes del barrio, antes de la quinta, incluso antes de que el “recurseo” se convirtiera en palabra de horario estelar. En 1996, tras su salida de Latina —donde hizo “JB Noticias” con Jorge Benavides—, Efraín Aguilar recibió la llamada de Ernesto Schütz desde Panamericana TV para tomar la posta de “Risas y salsa”, un programa que se había quedado sin elenco. Con la presión de entregar resultados inmediatos, Aguilar empezó a pulir una idea que, por entonces, sonaba improbable.
Mientras tanto, Schütz aún no superaba el fracaso estrepitoso de “Canela,” una telenovela grabada en Arequipa. En una reunión fue tajante: “No me hablen de ficción”. Aguilar no discutió. Solo lanzó una frase como quien deja una semilla en tierra dura: “El día que te hable de lo que tengo acá, te vas a llenar de oro”. Luego siguió trabajando —“Hincha pelotas”, “El ronco de noche”, “24 minutazos”— y “Taxista ra ra”.
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Hasta que un día, en un ascensor, Schütz lo detuvo y lo llevó a su oficina. Quería saber qué era eso que prometía oro. Aguilar le explicó que se refería a una teleserie. Un formato diario pensado con lógica de supervivencia: “una sola inversión” capaz de rendir por años, repitiendo escenografía, vestuario y elenco; con un equipo preparado para sostener la máquina. “Le dije que lo tenía listo. Se aprobó”, recuerda el productor.
Cinco años después, esa idea aterrizó en la pantalla. “1000 oficios” se estrenó en el 2001. Y con ella, una historia que marcó una época en la televisión peruana. En esta entrevista, Efraín Aguilar vuelve al origen —los pasillos, los temores, el método— y cuenta cómo se construyó, desde casi nada, una teleserie que terminó siendo de todos.
Inspirada en el desempleo —una herida persistente en el país—, “1000 oficios” contó la caída y reinvención de Renato Reyes (Adolfo Chuiman), un gerente exitoso que pierde el trabajo y, para sostener a su familia, se pone a hacer de todo. En su mundo, el “recurseo” no es un chiste, es una regla de supervivencia: “no hay trabajo feo”.
Hallazgo del barrio
Con recursos mínimos, Efraín Aguilar armó un elenco que terminó siendo parte de la memoria televisiva. Al casting se presentaron cerca de dos mil personas. “Todos entraron porque pasaron la prueba”, enfatiza el productor.
De esa fila interminable salieron César Ritter, Lucho Cáceres, Vanessa Jerí y Magdyel Ugaz, rostros que hasta entonces eran desconocidos en ficción y que terminarían creciendo junto con la serie. Los únicos que no pasaron por esa prueba fueron Adolfo Chuiman y Aurora Aranda: el primero ya estaba pensado como el corazón del proyecto; la segunda, como el eje familiar que le daría equilibrio a la historia.
“Uno de los casting que más recuerdo fue el de Lucho. Fue muy bueno. Apenas lo vi, no dudé que era el actor ideal para interpretar al mecánico Kike Palacios. Luego me enteré que había sido modelo de Gisela. Si lo hubiese sabido, no lo hubiese elegido porque no quería a nadie que haya salido antes en TV. Hoy es un actorazo”, señala Aguilar.
Esa misma búsqueda de rostros nuevos marcó otras elecciones claves: “Magdyel tenía 16 años, todavía estaba en el colegio. Llegó desde Comas, con overol y mochila, y actuó con una madurez como si tuviera 25 o 30”. Con César Ritter la prueba fue directa: “Le dije que hiciera un borracho y lo hizo demasiado bien”. En ambos casos, el sí fue inmediato.
El ingreso de Vanessa Jerí fue fortuito. Estaban en pleno casting cuando Estela Redhead le susurró a Efraín que había visto pasar a una chica por la puerta. En ese momento se activó el instinto. “Llámale, que pase el casting”, respondió el productor. “Tenía todo: simpatía, buen hablar, buena dicción… y buen cuerpo, que era lo que necesitábamos para las ‘terremotos’”, asegura.
Con el elenco ya encaminado, la teleserie empezó a sumar nombres con trayectoria. Gustavo Bueno llegó después. “No es fundador. La serie ya había empezado cuando él ingresó. Le ofrecí un personaje bonito, pero él, que venía de La Católica, entró con reservas”, cuenta Aguilar.
“Me dijo que no era un payaso y que si entraba lo teníamos que cuidar. Le expliqué que lo conocía, que jamás lo desprestigiaría. Le dije que grabe una semana y que si no le gustaba, se podía ir. Grabó esa semana… y no se fue más”, recuerda con una sonrisa.
Guion a pulso
El siguiente paso fue construir el guion. La primera opción era Mabel Duclós, pero la negociación no se concretó. “Como buena argentina, se puso al techo, pidió mucho dinero, y en el canal me dijeron que me busque otro libretista”, recuerda Aguilar. La solución llegó por una puerta lateral. Estela Redhead le habló de su enamorado, un guionista que —según ella— escribía muy bien. Se llamaba Gigio Aranda.
“Le pedí a Gigio que me trajera algo que haya escrito para leer. Al día siguiente me trajo un guion de un programa para niños. Lo leí y entendí que ahí había oficio. Escribía espectacular. Conocía el idioma televisivo, el lenguaje de imágenes. Lo cité y le expliqué el universo de la serie, luego esperé el primer capítulo. Me dejó con la boca abierta. Durante un año escribió solo, se volvía loco. Después se sumaron su hermano y otros guionistas”, narra.
Mientras el guion se afilaba, la serie también crecía en territorio. Primero fue la quinta en el Coliseo Amauta, luego vino el barrio: se ampliaron locaciones y se ajustaron detalles porque la producción ya había ganado velocidad.
“Modificamos algunas cosas porque ya teníamos dos equipos de filmación, lo que permitió que grabáramos más rápido”, recuerda.
Y todo eso se hizo con creatividad de bolsillo. “El presupuesto era tan bajo que se hizo la escenografía con material reciclado. Yo he sido tramoyista, escenógrafo, así que tenía el ingenio y la calle para hacerlo. Grabamos como once capítulos”, detalla.
Con ese material bajo el brazo —y la apuesta ya encaminada— parecía que el camino estaba despejado. Pero llegó un cambio de gerencia y con él, la desconfianza.
“Ponen a Federico Anchorena como gerente y dijo que no iba a confiar en mí para el proyecto de ‘1000 oficios’ porque nunca había hecho una telenovela. Que su gerencia no lo iba a permitir bajo ningún punto de vista. Planteó traer a Michel Gómez para que haga mi trabajo. Lo que hice fue llevarme los capítulos que había grabado más el máster. Ante ello, me volvieron a llamar”, rememora Efraín.
El conflicto escaló, el canal presionó y la salida al aire fue una especie de castigo —o prueba final—: “Me dijeron que salga ‘1000 oficios’, pero media hora. Se emitió así una semana. Luego se elevó el rating y me pidió que sea una hora. Fue un golazo”, resume Aguilar.
Pruebas internas
Otra tensión explotó dentro del propio elenco. “Lo que pasó con Michael (Finseth) fue uno de los primeros casos de imposición de jefatura”, recuerda Aguilar. “Era muy nervioso: ensayaba bien, pero en cámaras actuaba mal. La incomodidad creció y un grupo de actores subió a exigirme que lo sacara. Como me negué fueron directamente con Ernesto Schütz, quien me ordenó desaparecer el personaje de Finseth. Le dije que si se iba él, también me iba yo. Dos semanas después, empezó a mejorar y el conflicto se apagó”.
En la historia de “1000 oficios”, el primer gran triunfo no ocurrió en una escena: ocurrió en la pelea por existir. Pero no fue la última prueba. Cuando la serie ya caminaba sola y parecía invencible, el siguiente golpe no vino desde la gerencia, sino desde dentro del elenco. En el 2003, en pleno pico de popularidad, varios actores dejaron la producción para sumarse a la competencia, “Habla Barrio” (Latina), atraídos por la promesa de un salto mejor. El desenlace, sin embargo, fue otro.
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“Eran muy jóvenes. Se dejaron manipular para irse a hacer ‘Habla Barrio’. Se fue casi todo el elenco creyendo que así mancaban ‘1000 oficios’, pero se equivocaron. Nosotros continuamos dos años más en pantalla, su serie no duró ni dos semanas por bajo rating. Luego los volví a llamar y todo bien”, recuerda.
El 2 de julio del 2024 se cerró, por fin, el círculo de “1000 oficios”. La serie no tuvo el final que merecía en pantalla, pero dejó algo más resistente que un último capítulo: una manera de hacer televisión donde el talento se prueba, se cuida y, cuando hace falta, también se espera. Porque si algo enseñó Renato Reyes —y confirmó Aguilar detrás de cámaras— es que no hay trabajo feo: lo que existe es trabajo hecho con el corazón.
“Es algo muy importante. Con esa serie aprendí quién era yo en la televisión. Me dio autoridad para hablar de tú a tú con gerentes y productores. Dejé de ser el empleado sumiso al que le pagaban por cumplir: gané autonomía e independencia. En la producción, yo era la máxima autoridad”.
Actualmente, Efraín Aguilar está dedicado a la docencia y dictará talleres de actuación en el Colegio de Contadores Públicos de Lima, desde el 12 de enero. Informes e inscripciones: 998 497 613 y 974 638 418.










