Lo han llamado xenófobo, homofóbico, misógino, machista. Lo han acusado de desamparar a colaboradores que alguna vez caminaron a su lado y de ser incondicional de Agustín Lozano. Estos últimos días sumaron dos etiquetas más: incitador a la violencia y consumidor de cocaína. Peter Arévalo escucha, respira hondo y no se desmorona. Está hecho de calle, de noches frías y esquinas duras, de esa presión que conoció a los siete años cuando empezó a ganarse la vida cuidando carros. Su historia no comienza en la televisión ni en las canchas: comienza en la intemperie. Allí donde el fútbol —y Alianza Lima— le ofrecieron un refugio, un propósito, una forma de resistir. Por eso, cuando hoy hablan de él, no tiembla. Porque conoce la presión de memoria.

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