Redacción EC

Al sur del Cabo de Hornos ya no hay nada, solo un mar siempre desafiante que sirve de prólogo a los hielos de la La travesía de cinco días empezó en el puerto chileno de Punta Arenas a bordo del de expedición Stella Australis, bajo un sol tibio, a una velocidad de nueve nudos y rumbo al sur por el Estrecho de Magallanes. 

El viaje se realiza solo entre noviembre y abril, porque fuera de estos meses el clima es muy complicado, con vientos fuertes y temperaturas de hasta –3º C. A bordo van pasajeros adultos, entre 150 y 200, que por lo general se interesan en recorridos que pongan énfasis en la naturaleza. 

Primer encuentro

En el amanecer del segundo día de viaje, el crucero ingresó en el fiordo Almirantazgo y recaló en las cercanías del glaciar Marinelli, sobre la desolada bahía Ainsworth. Bajo un cielo nublado, un par de  botes Zodiac nos permitieron desembarcar en la playa, en la que se asienta una colonia de elefantes marinos. De espaldas a la orilla, una larga caminata nos llevó por una zona boscosa y húmeda, típica de las regiones subantárticas, en las que la geografía está invadida de turberas o humedales, musgos y líquenes. 

El tercer día de navegación nos llevó hasta el Glaciar Pía (más de 300 metros de altura y alrededor de 15 kilómetros de profundidad.), tras haber abandonado el Estrecho de Magallanes y adentrarnos en el brazo noroccidental del Canal de Beagle.

Apenas superado el amanecer del cuarto día, empezamos a aproximarnos a Cabo de Hornos. Tocamos primero las orillas rocosas de la isla, soltamos luego amarras y ascendimos después por una empinada escalera de 160 peldaños que nos llevó hasta el Faro Monumental del Cabo de Hornos. Tras la visita al faro, recorrimos una larga pasarela de madera hasta el Monumento al Albatros, construido en 1992 en memoria de todos aquellos navegantes que murieron en estas aguas australes que rodean el islote. 

De vuelta en el barco, el capitán se adentró en el Pasaje de Drake y rodeó con rumbo occidental la isla de Hornos. Luego puso proa hacia el norte, en dirección a la isla Navarino, en donde desembarcamos en la tarde en bahía Wulaia, el sitio exacto en el que el naturalista Charles Darwin tuviera su primer contacto con los indios yaganes a mediados del siglo XIX.
 
Tras bajar de los botes, el ascenso por una ladera repleta de lengas, haya austral o roble blanco, nos llevó hasta la cima de un monte desde el que las vistas de la bahía resultaron espectaculares. En la noche, luego de dejar atrás Wulaia, el crucero comenzó el tramo final de su navegación que terminó en el puerto de . Como en el comienzo en Punta Arenas, nos iluminó un sol débil. Poco a poco, descendiendo por última vez del barco, las memorias empezaron a transformar en recuerdo el viaje hacia el fin del mundo. 

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