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Emilia Drago: Callar solo beneficia a quienes nos hicieron daño

Emilia Drago comparte algunos apuntes sobre el alivio y la fuerza de compartir con los demás una experiencia negativa

Emilia Drago: Callar solo beneficia a quienes nos hicieron daño

Emilia Drago: Callar solo beneficia a quienes nos hicieron daño

Por Emilia Drago

Después de juntarte a tomar un café con una amiga que no ves hace años, lo más probable es que termines satisfecha y contenta de compartir con ella lo que te pasa. Conversar libera, desahoga, te hace reflexionar, abre la mente a nuevas ideas y nuevas maneras de ser. Conversar es un acto de confianza, porque permite que una se dé cuenta de que no está sola, que sin importar si somos universitarias, actrices o amas de casa, atravesamos experiencias similares. Pero no puedo negar que después del primer alivio que sientes cuando cuentas algo que has guardado durante tanto tiempo, vienen muchas dudas. Te preguntas a cada minuto “¿para qué hablé?”.

Crecimos en una cultura conservadora, en donde nuestras abuelas y madres no podían hablar abiertamente de aquello que las atormentaba: que sus maridos las engañen con otras, que las humillen cuando se lo reclamen, que les recuerden quién las mantiene. Los abusos eran secretos que debían guardarse por siempre. Tal vez porque admiramos a esas mujeres, podríamos llegar a pensar que el silencio nos hace fuertes, sacrificadas y abnegadas. Sin embargo, callar solo beneficia a las personas que nos han hecho daño y nos aleja del apoyo, la empatía y, sobre todo, la justicia.

Hace un par de semanas, leí una entrevista a Silvia Vásquez-Lavado en la que contaba cómo superó el trauma de haber sido abusada de niña y cómo eso la había motivado a ser una mujer fuerte y luchadora. Gracias a su historia decidí dejar de callar y contar una situación de abuso sexual de la cual fui víctima a los 17 años. [Cuando me refiero a abuso sexual es importante recalcar que este no se limita a una violación, como muchas personas creen]. Hace años tenía la necesidad de hablar y no sabía cómo hacerlo. Sentí desde el fondo de mi corazón que había llegado el momento.

Ese domingo que leí la entrevista, pensé “¿qué pasaría si las mujeres empezamos a contar nuestras historias de abusos?”, pero jamás imaginé la repercusión que esto tendría. Desde el primer minuto, así como recibí mensajes de aliento y apoyo, también me llegaron mensajes soeces de personas malcriadas que me hicieron sentir mal. En distintos medios de comunicación hubo comentarios malintencionados y oportunistas. Todo esto me provocó una sensación rara, porque de pronto es como si abrieras tu corazón y te enfrentaras al mundo sin protección ni escudo, mostrando tu lado más íntimo. Te invade una sensación de angustia.

A menudo callamos por vergüenza o miedo y siento que a veces debemos dejar de esperar el momento indicado y crear nuestro propio momento para sacar el dolor del corazón. Guiarnos por nuestra intuición y conversar con las personas correctas, que sabes que pueden ayudarte o darte un buen consejo. Quizá en ese camino te encuentres con personas insensibles y desconsideradas, que pueden hacerte dudar de la decisión que has tomado, pero puedo asegurar que lo único que debe importar es el alivio y la tranquilidad que sentirás.

Yo he aprendido que quedarte callada, además de estancarte y cargarte, te enferma. El cuerpo es muy sabio y si uno se guarda la tristeza u otro sentimiento que no puede o no sabe expresar empieza a manifestarse de otras formas: gastritis, migraña, dolores de espalda o ataques de pánico.

Al final me di cuenta de que al escuchar mi experiencia, otras mujeres, la mayoría desconocidas, se animaron a contarme las suyas. Entendí que, sin querer, mi historia, -y la de Silvia, la de Lady Guillén y muchísimas otras-,  animó a que otras peruanas empezaran a hablar. Es increíble lo que está sucediendo en estos días en el Perú. Es como si de pronto se hubiese destapado una olla a presión. No sé si la energía, Dios, o nuestro fastidio se han confabulado para que llegue este momento, pero creo que es importante aprovecharlo. Cada día leo a más mujeres que cuentan sus historias. Me encuentro con amigas que se han sentado a conversar con sus familias y se han enterado de muchos secretos guardados. Ahora formo parte de grupos en redes sociales en donde las mujeres nos hemos unido y estamos empezando a movilizarnos para acabar con la violencia y el abuso.

Hablar es solo el inicio de nuestra liberación. Uno carga una mochila pesada, llena de angustia, pena, culpa, vergüenza, miedo. Hablar debería ser un modo de ayudarnos a aligerar esa mochila. O, al menos, a compartir el peso entre todas.

 

 

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