Redacción EC

Stefanie Pareja

i el trabajo del futuro es la programación de computadoras y hoy en el Perú menos del 10% de los estudiantes de carreras tecnológicas son mujeres, ¿qué será de nosotras en las próximas décadas? Un grupo de chicas se prepara.

A Mariana Costa no le gusta hablar de Mariana Costa. Es una joven de veintiocho años que se explica mejor al contar anécdotas donde los protagonistas son otros y que parece entretenerse al hablar de la complicidad con su esposo. Pero desde hace un tiempo Mariana Costa tiene que responder una pregunta tras otra. Con más precisión, desde que Laboratoria –el emprendimiento social que ella dirige para formar a las futuras líderes del sector digital peruano– tuvo su primera promoción de graduadas. Dieciséis jóvenes se convirtieron en cinco meses en desarrolladoras web. Dieciséis jóvenes que, sin posibilidad de pagar una educación superior de calidad, recibieron clases gratis e intensivas de programación y en menos de medio año estaban listas para conseguir empleo. Ante ese cambio de realidades, la pregunta más frecuente, y con un infaltable tono de admiración es «¿Cómo lo hacen?». Mariana Costa explica el trabajo de Laboratoria, pero nunca termina una entrevista sin resaltar que lo único que la diferencia a ella de sus estudiantes son las oportunidades que tuvo. Y eso es lo que Costa ahora intenta compartir: utilizar la tecnología para darle oportunidades al mejor talento.

Laboratoria luce como lucen la mayoría de centros de trabajos geeks: sillas de colores, mesas muy blancas, vidrios con fórmulas pintadas en plumón, afiches en las paredes, juegos de mesa, tazas de café. Pero aquí –a diferencia de casi todas las compañías tecnológicas del país– frente a las computadoras, hay solo mujeres. Una diferencia cada vez más notoria, pues siguen apareciendo las cifras sobre la ausencia femenina en el campo tecnológico: en Silicon Valley, el punto de partida de las mayores innovaciones digitales, más del 80% de graduados en Ciencia de la Computación son hombres.

Mariana Costa tampoco estudió una carrera relacionada con la tecnología. Ella viajó a los dieciocho años a Inglaterra a estudiar Relaciones Internacionales y luego hizo una maestría en Administración Pública y Desarrollo. Diez años después, regresó al Perú con su esposo, un ingeniero de sistemas ecuatoriano, y decidieron abrir una empresa de desarrollo web. Querían un equipo con hombres y mujeres para conseguir ideas con distintas perspectivas, pero se encontraron con un problema. Solo el 7% de los desarrolladores web son mujeres en el Perú. Así surgió . Todo cambio empieza con una necesidad.

¿Por qué decides enseñar programación web a las mujeres?

Cuando fundamos Ayu, una empresa de desarrollo web, con mi esposo y un amigo, nos dimos cuenta de que había una gran demanda de desarrolladores web. Nosotros queríamos contratar también mujeres para nuestro equipo y no encontrábamos. Poco a poco fui notando los estereotipos en esta industria. Reforzados además hasta por la publicidad: los niños con las computadoras y las mujeres con las muñecas. Además, el sector digital es mucho más pragmático en cuanto a la educación formal y la oportunidad de dar empleos a otros. Hay espacio para los que aprenden por su cuenta. Es un campo que reta al sistema educativo profesional. Importa más la capacidad que el cartón. Y yo ya conocía organizaciones en Estados Unidos que promovían la presencia de las mujeres en el rubro tecnológico como Black Girls Code y Girls Who Code.

¿Tú ya aprendiste a programar?

Yo no tengo background técnico. Pero he aprendido y me he familiarizado con todo lo que enseñamos. Entiendo el entorno y sé lo básico. Al final del día mi rol en Laboratoria es de gestión general.

¿Por qué decidiste estudiar ayuda social?

Jamás me imaginé trabajando en otra cosa. Es algo que siempre me llamó la atención. A los dieciocho años fui sola a Inglaterra a estudiar Relaciones Internacionales y eso fue una experiencia trascendental en mi vida. La experiencia de ponerte a prueba a ti misma. Yo era superjoven y por momentos tenía ganas de regresarme a mi casa, pero continué y eso te abre los ojos. Te convence de que sí se pueden lograr cosas. Desde entonces trabajar en un organismo internacional era un sueño.

¿En qué proyectos trabajaste antes de regresar a Perú?

En varios sitios. Por ejemplo, trabajé en Haití antes y después del terremoto. En Kenia, con programas relacionados con la salud. También estuve en Guatemala haciendo una campaña de registro de nacimiento en comunidades indígenas, donde la gente no se inscribe porque no sabe que tiene que hacerlo. Ahí aprendí a entender la perspectiva del otro. Yo tenía que convencer al líder indígena de que era importante para ellos registrarse. Me vi obligada a entender a personas de una cultura distinta. Eso fue muy importante. Luego cuando llegué al Perú tenía un trabajo con una ONG internacional pero me di cuenta de que si ya estaba acá, tenía que meterme de lleno. Hay un montón de cosas para hacer.

¿No tienes problemas cambiando de planes? ¿Saliendo de tu zona de confort?

Obviamente me da miedo. Quienes toman riesgos no es que no tengan miedo, pero sí tengo bien claro que me tengo que obligar a hacerlos. Nunca me quiero perder de una experiencia que me pueda beneficiar o de la que pueda aprender por el miedo. La clave no es no tenerlo sino ver cómo hacer para que no te retenga. Antes de dejar mi trabajo y dedicarme a Laboratoria, tenía miedo a necesitar dinero o a las opiniones de los demás. Todo eso pasa por tu cabeza. Pero prefiero intentar que pasarme los días haciendo algo que no me guste, que no me importe. Tal vez no sale como uno lo ha planeado, pero a algo llegarás.

¿Qué es lo que quieres conseguir con Laboratoria?

Que las chicas que estudian en Laboratoria lleguen a donde quieran llegar. Esto no es una formación sino una transformación. Que alcancen metas profesionales y personales.

Tenemos tres psicólogas que vienen una vez a la semana y son mentoras. Ellas conversan con las alumnas, las ayudan a conocerse más y reforzar su autoestima. Queremos que nuestras alumnas se reten a sí mismas. Al comienzo, a algunas la programación les parecía chino. No se imaginaban trabajar en una empresa de tecnología. Jamás se les hubiese cruzado por la cabeza. Ahora tienen un panorama distinto. Tienen opciones.

¿Por qué solo mujeres?

A nivel mundial existe una gran demanda de mujeres en el campo tecnológico. Además nosotros queremos trabajar con jóvenes en un contexto de vulnerabilidad que acaban la escuela y no pueden acceder a una educación superior de calidad y la mayoría son mujeres. Hemos trabajado con jóvenes de Manchay, de Villa María del Triunfo, de San Juan de Lurigancho y más. En nuestra primera promoción teníamos una alumna que estaba preparándose en una academia para postular a la universidad. Ahora trabaja en Ayu. Teníamos otra que ayudaba en el puesto de su familia sacando fotocopias, otras más que trabajaban limpiando casas o se quedaban cuidando a sus hijos. Nuestro criterio es elegir a la que no haya enganchado aún en una carrera exitosa. Queremos ser nosotros esa primera puerta a su vida profesional. Hay cientos de mujeres con talento que aún no se han descubierto.

¿Laboratoria te ha sorprendido?

Un montón. Las chicas tienen mucho potencial. Nosotros queremos generar un cambio profundo. No queremos formar programadoras sino futuras emprendedoras, líderes. Y es curioso como ellas por naturaleza relacionan la tecnología con soluciones para su comunidad. Por ejemplo, cuando les preguntamos en la convocatoria qué aplicaciones o páginas quisieran diseñar, aparecen soluciones a sus problemas diarios. Nos han propuesto portales para adoptar perros abandonados, una aplicación para conocer las mejores rutas de los micros, páginas para agilizar el conseguir una consulta médica, una aplicación que ponga alerta a los vecinos si hubo un robo en el barrio. Para eso les damos las herramientas tecnológicas.

¿Qué haces en tu tiempo libre?

No tengo tiempo libre pero no lo extraño. Desde que empezamos con Laboratoria todo mi tiempo, pensamiento y energía está acá. Me gusta mucho leer, pero ahora leo más sobre educación, aprendizaje y cómo encontrar talento. También me encanta el cine, sobre todo las películas históricas. Y en cuanto a música, me gusta la banda de mi esposo: Legs. La verdad es que cuando uno decide emprender es todo o nada porque no es algo sostenible. Yo lo puedo hacer porque trabajo en equipo con mi esposo.

Eres una emprendedora que se casó a los veintiséis. ¿Cómo equilibras tu trabajo y tu matrimonio?

Se pueden hacer ambas cosas dependiendo con quién te cases. Yo me casé con alguien que es mi compañero y está en todo lo que hago. Él está viviendo lo mismo que yo y estamos en un mismo bote. Llevamos dos años de casados y tenemos una relación muy equitativa donde los dos nos encargamos de todo.

¿Qué página web o aplicación quisieras programar tú?

Algo relacionado con la educación. Una especie de Laboratoria en línea. Yo creo en la oportunidad y el talento. Aquí enseñamos a las chicas a que aprendan a aprender. Por ejemplo, les damos tiempo de las clases para que utilicen Duolingo, una aplicación para aprender inglés. Antes de Laboratoria yo utilizaba la computadora solo para dos cosas: aprender y comunicarme con mi familia y amigos.

Ahora están trabajando con la segunda promoción de Laboratoria, ¿qué planes tienen?

Queremos empaquetar la metodología de selección, formación y sistematización de Laboratoria para poder replicarlo en otros sitios. Pensamos hacer un piloto en Arequipa y Chile. Cuando empezamos no sabíamos si esto iba a funcionar, pero ahora sabemos que es un modelo eficaz. Podemos romper con la idea de que si no vas a la universidad, no puedes tener éxito. Tenemos alianzas con empresas de desarrollo de software y web para colocación de empleo. Queremos que se comprometan a contratar a una chica al año. Eso es de prueba, pero quiero que con el tiempo eso se revierta, que sean las empresas quienes digan: yo quiero contratar una chica Laboratoria.

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