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Tanya Trahtemberg: "Las joyas deben durar una vida"

Tanya Trahtemberg quiere mantener la esencia de la joyería fina: que un accesorio pase de generación en generación.

Por: Stefanie Pareja.

El uniforme escolar de Tanya Trahtemberg era único. No por ser de falda con tirantes gris, camisa blanca y zapatos negros como dictaba la norma en las escuelas peruanas. Era único porque no había ninguna otra niña en su colegio que adornara ese monótono atuendo con un anillo de oro y rubíes. O zafiros. O perlas. No se trataba de una niña ostentosa sino de una una menor que heredaba el oficio de su familia.

Tanya Trahtemberg es la cuarta generación de joyeros por parte de su mamá. Hoy, después de más de veinte años en este oficio, Tanya diseña un promedio de cincuenta joyas al mes para sus cuatro tiendas y diez galerías en todo el Perú. 

La mujer que ha heredado joyas de su bisabuelo quiere ofrecerle a sus clientes piezas con trascendencia. Un anillo de compromiso que haga sonreír a una novia cada vez que lo vea o un collar que una madre pueda regalar a su hija y eventualmente adorne el cuello de su nieta. El objetivo, resalta Tanya Trahtemberg, es que sus joyas duren toda una vida.

¿Usabas joyas desde pequeña?
Cuando era niña mis regalos no eran juguetes sino joyas (risas). Yo en esa época reclamaba. Para mi familia era un regalazo lo que me daban, pero uno de chica no lo entiende tanto. Después me di cuenta de que tenía unas piedras maravillosas. No los usaba por una cuestión de estatus. Llevar joyas era lo natural en mi familia de joyeros.

¿Siempre supiste que te dedicarías al oficio familiar?
Cuando salí del colegio estaba medio perdida, entonces mi mamá me sugirió matricularme en un curso privado de joyería. Eran clases con un maestro que enseñaba a señoras retiradas y a mi, que tenía 18 años (risas). Aprendí soldadura, a laminar el metal, a manejar la sierra. Es un trabajo fuerte, complicado y demora mucho, porque hay bastante detalle. La primera vez que hice un anillo me demoré un mes. Se lo regalé a mi mamá porque de ninguna manera lo pensaba vender. Era mi trofeo. A mi hermana también le hice sus aros de matrimonio.

¿Crees en esta fascinación casi de película que se supone tienen las mujeres por las piedras preciosas? 
¡Si! (risas). Con el tema de los brillantes es una tradición. El anillo de compromiso es algo muy sentimental. Cuando una chica lo tiene puesto y está enamorada tú lo notas porque la chica toca su anillo mientras conversa. Lo observa y sonríe de rato en rato. Mis joyas tienen un significado. Puede ser la piedra que encontré en tal viaje, el anillo que talló un gran amigo, el collar que heredé de mi abuela. Cada joya tiene una historia.

¿Y eso ofreces a tus clientes?
Eso es lo que buscamos. Que nuestras joyas tengan un significado para quienes las van usar. Cuando hablas de joyería fina, no se trata de una compra espontánea. Nuestros clientes lo piensan mucho. Quieren estar seguros de comprar algo que los complete o hagan sentir distintos. Y si compras un regalo es más especial aun. Yo asesoro a quienes a veces no tienen idea de qué comprar, pero quieren algo que trascienda en el tiempo.

Fotografía: Javier García-Rosell

Styling: Jose Antonio Rivera

 

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