Verónica Linares: "Pide ayuda, no tranquilizantes"
Verónica Linares: "Pide ayuda, no tranquilizantes"
Redacción EC

Todos creían que Carola era feliz, hasta el día que la encontraron tendida en el piso. La bella mujer de 32 años se había desmayado en el baño del colegio de sus hijos. No sirvió de nada llamar al 105, a los bomberos ni a la ambulancia. Cuando llegaron los paramédicos solo certificaron que había fallecido. Sus niños de nueve y siete años fueron los primeros en enterarse. «Mamá se fue al cielo, junto a su abuelito», fue lo único que atinó a decir una profesora de primaria.

En ese momento nadie entendía qué había ocurrido. Parecía una persona sana. Callada e  introvertida, pero sin problemas de salud. Entonces se comenzó a especular que le había sobrevenido una enfermedad fulminante. Le dio un infarto, decían en voz baja los encargados de la limpieza del plantel. Se le debe haber reventado un aneurisma, le comentaba el director al regente del colegio. Un resbalón y una mala caída, decían las madres de familia de sexto grado. El único que sabía perfectamente qué había pasado con Carola era su esposo.

Le practicaron una autopsia que arrojó sobredosis.

Sus allegados conocían de esa horrible manía que tenía de tomar pastillas «para los nervios» pero nunca le dieron importancia. Las personas que trabajaban en su casa sabían que la señora tomaba tranquilizantes. Pero nadie imaginaba la dosis y mucho menos por qué los tomaba.

Deben haber escuchado alguna vez comentarios sobre los ‘points’ donde venden esas pastillitas sin receta médica. Bueno, no es divertido. Es estúpido y podría ser mortal. Si conoces a alguien que recurre a esos extremos es porque seguramente está atravesando por algún tipo de crisis y necesita ayuda especializada. Esas pastillas solo lograrán que el mal momento se olvide mientras dura su efecto. Al regresar a la realidad, la depresión podría ser aún más profunda. Entonces, la siguiente vez que necesite estar ‘relajada’ decidirá subir la dosis, ¿cuál es el límite?

Un día la hermana de Carola recibió la llamada del viudo. Preguntaba si sabía de algún mensaje escrito o recuerdo que le haya dejado la joven madre. La respuesta fue negativa, pero despertó una duda.

La hermana habló con la empleada de la casa, el chofer y el jardinero. Le contaron todo. El personal la quería mucho y guardó en secreto que la señora tomaba pastillas, a veces hasta tres veces al día. Sobre todo antes de ver al esposo: «Para no molestar a mi marido y estar tranquilita» les explicaba. Pero nada impedía que el padre de sus hijos encontrara cualquier pretexto para golpearla. Carola buscaba aliviar un dolor más intenso que el de los golpes que recibía.

No sé qué pasó con esa familia. Cuando dejé de seguir la historia había una lucha legal por la custodia de los niños. La familia de ella no quería que ese maltratador abusivo y borracho cuidara a los pequeños. Pero la ley ‘protege a la familia’ y si la madre muere y no hay una sentencia en última instancia contra el padre, entonces los niños se quedan con él.

Tengo entendido, además, que estaban haciendo las consultas legales para que la herencia millonaria de la familia de Carola no pasara al esposo pegalón, que además resultó ser infiel. A un esposo le corresponde la mitad de los bienes de su mujer fallecida, la otra a los hijos y si son menores de edad, el padre lo administra todo.

Indignante, ¿no? Solo nos debemos estar atentos para tratar de evitar más casos así. La baja autoestima de la mujer puede llegar a tal punto que el agresor domine su vida. Decirle qué viste, cómo lo debe hacer, con quién debe salir. A veces consigue alejarla de su familia.

Carola nunca dijo que vivía una pesadilla. Mientras vivió, jamás hizo alguna denuncia. Sus únicos refugios fueron un papel y un lapicero. La hermana halló en el cuarto centenares de cartas donde  contaba cada puñete, jalón de pelos, insultos y patadas que recibía de su esposo. Y al final de cada una, siempre decía: «Sí algo me pasa, él es el único responsable».

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