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Ana Guiulfo: "La belleza de las personas no determina su felicidad"

El retrato de una artista que ve la vida a full color y a quien las barreras no la limitan, la empoderan. La diseñadora celebra 13 ediciones como una de las creadoras más representativas de LIF Week.

Ana María tiene el arte en su ADN. Por el lado paterno -Guiulfo-, hay una familia de joyeros y chefs. Y por el lado materno -Suárez-Durand-, de cantantes y pintores. Aunque estudió Administración de Empresas en la Universidad de Lima, el diseño de moda era su destino. De niña, su mayor ilusión era ir al atelier de sus tías. Allí recogía los retazos de las telas, sentía sus texturas, observaba los colores y se llevaba todo en una cajita. “Me sentía millonaria”, recuerda.

Luego de varios años como administradora, y sin un ápice de miedo, dejó su trabajo y abrió su atelier en Lima. Tiempo después tuvo una boutique en Miami y presentó sus colecciones en México, Francia y Puerto Rico. Ahora, en la edición Otoño-Invierno 2018 de LIF Week, lanzará una propuesta de la que todos hablarán. El punto de partida son las mujeres de finales de los años 70 e inicios de los 80, que empezaron a empoderarse. Esto se verá reflejado en hombreras poderosas, sastres con espíritu independiente y aplicaciones de lentejuelas. Old is back, asegura Ana María.

¿Quiénes han sido tus musas para esta colección?
Está inspirada en las mujeres fuertes y mayores como mi madre, mi suegra y otras alrededor del mundo que tienen mucho que decir. Incluso, algunas que sigo en Instagram como los íconos de estilo Ines de la Fressange, Iris Apfel y Linda Rodin.

¿Eres muy activa en redes sociales?
Me gusta Instagram. Pero veo que todos allí quieren ser perfectos, no aceptan sus transformaciones. Estar vivos es un regalo. Debemos querernos y asumirnos como somos. La belleza de las personas no determina su felicidad.

¿Siempre te has sentido empoderada?
En la universidad, los hombres decían que las mujeres estudiábamos MMC. Es decir, mientras me caso. Eso, en vez de hacerme sentir mal, me empoderaba. Me gradué en 1984; luego, fui parte de ese movimiento de mujeres profesionales que empezó a trabajar. Los hombres en la oficina nos pedían que les sirviéramos el cafecito. El machismo era a ultranza. Y a mí, cuando me quieren poner límites, solo me refuerzan lo que soy: una mujer fuerte. Hago lo que me provoca, elijo lo que quiero y no pienso en cómo me mira el resto, sino en lo que me hace feliz.

¿Cómo enfrentas el paso del tiempo?
Practico yoga, meditación y baile. Deseo mantenerme activa, saludable y autónoma. Disfruto el diseño, la pintura, la música, la comida, la arquitectura y las conversaciones íntimas. Aunque no le temo a la muerte -pues saber que morirás te hace más humana-, espero vivir bastantes años y vivirlos bien.

Y al lado de tu esposo Tony Custer. ¿Cómo te enamoraste de él?
Lo conocí hace 24 años. Tony era y es lo que quería en un compañero: creativo, inteligente, culto, de buen gusto, un hombre de mundo, bueno como el pan y, sobre todo, que ama a su familia. Él es empresario, escritor y filántropo. No pensamos en casarnos, pero todo se dio naturalmente y en 1999 lo hicimos. Me he ganado la lotería con él.

¿En qué momento decidieron tener hijos?
Cuando nos casamos, Tony me dijo que para él era importante formar una familia. Así llegaron Marina y Sasha. Cada uno es un mundo distinto. Marina tiene 18 años, es artista -creo que va a inclinarse por la fotografía- y sigue unos cursos de coaching. Es muy profunda, cuestionadora, de un sentido crítico y estético elevado. Sasha tiene 16 años, es mago, un showman y un ser humano apasionado.

¿De qué manera te han cambiado tus hijos?
He aprendido a ser más tolerante, a que no todo debe ser como yo quiero. Me importa que Marina y Sasha sean buenas personas, empáticas, felices y que vivan con conciencia y respeto.

Tus hijos también apoyan el programa psico-pedagógico “Aprendamos Juntos” de la Fundación Custer, una iniciativa de tu esposo y de la que eres miembro del directorio.
Sí, Sasha, por ejemplo, hará un show de magia en agosto y el dinero recaudado irá a la fundación. En “Aprendamos juntos” trabajamos con niños con problemas de aprendizaje que pertenecen a colegios de bajos recursos, en su mayoría “Fe y Alegría”. Gracias a este proyecto 10.000 escolares han superado sus dificultades. Si un pequeño se frustra, querrá dejar el colegio. Así, sus posibilidades de un buen futuro disminuyen y terminan en la calle. La educación es la base de todo.

Durante tus casi 30 años de carrera, ¿viviste momento difíciles?
Me enfrenté a un mercado, el peruano, que siempre ha sido muy chico, recién viene creciendo en los últimos años. Sin embargo, en todo este proceso siempre he estado contenta. No te debes dejar derrotar por los impases de la vida, más bien, eso te debe hacer saltar más alto, más seguro, con mayor precisión.

Eres considerada una de las mejores diseñadoras del Perú. ¿Cuál es tu mayor satisfacción?
A lo largo de nuestra vida, y de una manera u otra, los hijos buscamos la aceptación de nuestros padres. Triunfar en tu país es como la aceptación de tus papás. Lo más satisfactorio es ver la alegría de la persona que adquiere una pieza tuya. Esa es mi mayor recompensa.

Por Romina Herrán Fotografía Vicente Mosto Directores de arte y styling Gerardo Larrea y Antonio Choy Kay. 

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