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La mujer maravilla: Queremos todo y todo lo podemos

Mujeres madrugan todos los días para hacerse la manicure, viajar por el mundo, criar hijos, etcétera ¿pero, podemos con tanto?

Elda Cantú

La sabiduría popular dice que en tiempos de crisis suelen abrirse más peluquerías de lo usual. Pero aún nadie parece haberse percatado de que los horarios de los salones de belleza pueden ser aun más reveladores. Mi abuela materna, dueña de un taller de costura, visitaba sin falta Manola’s una vez a la semana para tinte, permanente, manicure o pedicure, según fuera el caso. Como no acostumbraba ir a misa (a diferencia de las mujeres de su época), sus citas en el salón de belleza eran tal vez el único momento programado y permitido que tenía para sí misma, lejos de su casa: podía darse el gusto de ponerse guapa, reunirse con las otras señoras de su barrio y hojear una revista sin que ninguno de sus ocho hijos ni su marido la acosaran.

Mi mamá, en cambio, cuya rutina de trabajo le permite dos citas por semana en la peluquería, aprovecha siempre que puede para invitarme a que nos escapemos a un spa, nos alisemos juntas el cabello o vayamos a depilarnos cuando empieza el verano. Jamás lleva teléfono celular y no suele avisar a nadie de su paradero. Mi papá sabe que si no puede ubicarla, antes de llamar a la policía o a los hospitales, debe consultar con la señora Mirna si su mujer ha ido a curarse la migraña con un manicure. Lo cierto es que el negocio de la belleza aumenta cuando algo anda mal: nunca se vendieron tantos labiales rojos en el siglo XX como durante la crisis de 1929 y las guerras mundiales. Y en el peor momento de la economía española, los cirujanos plásticos reportan que su negocio va mejor que nunca: el rescate de la autoestima es un primer paso para la recuperación.

Hoy, en el corazón de una Lima que crece y crece, las peluquerías abren a las 7:00 a.m. y cierran después de las 10:00 p.m. Conozco media docena que abre los domingos, cuando peluqueras y peluqueadas deberían estar descansando, admirándose unas y otras sus respectivos esmaltes de uñas. He visto ejecutivas armadas de tarros de café y absortas en sus Blackberry dejarse jalonear la melena un lunes a las 7:45 a.m. Profesionales reconocidas haciéndose moños de última hora con el vestido de noche ya puesto y respondiendo e-mails en sus tablets a horas en que deberían estar relajadas en sus casas untándose perfume detrás de las orejas, mientras deciden frente al espejo qué aretes ponerse. Tengo amigas que dejan de almorzar una vez por semana porque solo entonces pueden teñirse las canas. Yo misma habría ido con un desastre de melena a cenar el día que mi prometido me dio el anillo de compromiso si no fuera porque frente a mi oficina hay un ejército de mujeres que lavan, cepillan, cortan, tiñen y pintan de 7:00 a.m. a 11:00 p.m. de lunes a sábado y de 10:00 a.m. a 7:00 p.m. los domingos.

Hoy, verse bien no es un lujo ni una excusa para relajarse, sino otra tarea indispensable que nos hemos inventado. Parece que con la oportunidad de gobernar ciudades, ganar más que nuestra pareja, tener hijos a los cuarenta, pilotear aviones, vivir y morir solas si así lo decidimos, hemos también ganado la obligación de elegirlo todo: nos hemos creído el cuento de que nos ha costado tanto llegar a donde estamos como género, que no tenemos otra opción que hacerlo todo. Y además vernos siempre impecables. Por eso el salón de belleza con horario de clínica de urgencias.

Sí, la Mujer Maravilla va al salón de belleza fuera del horario de oficina –y con tanta responsabilidad como trabaja en la oficina– y termina en la clínica de urgencias con una úlcera, un ataque de pánico o fatiga laboral crónica. Y eso de la Mujer Maravilla no es una metáfora bonita, sino un síndrome que afecta a una tribu contemporánea educada en una sociedad que no solo le dice que es capaz de hacerlo todo, sino que le exige también el máximo.

«Muchas mujeres profesionales se autoimponen cumplir a la perfección un sinfín de tareas las 24 horas del día, para compatibilizar trabajo y vida privada, -dice Manuel Infante, coach profesional con más de 25 años de experiencia-. Quieren responder a expectativas muy elevadas: alcanzar el éxito profesional, tener una relación de pareja perfecta,  unos hijos maravillosos, mantenerse estupendas físicamente, cultivarse intelectualmente... y un estilo de vida que haga justicia a todas estas aspiraciones».

Eugenia pasa los 40 años, es consultora en comunicación, está soltera y feliz. Ha trabajado en casi todas las áreas del mundo editorial en Lima y dictado clases universitarias. Se fue a China a buscar sus raíces y hoy es dueña de su propio negocio. «Nunca me dijeron que existían retos especiales por ser mujer. Creo que he tenido suerte, porque mis padres y mis profesores jamás me dijeron que había desafíos particulares para las mujeres, así es que nunca dediqué mucha atención a encontrarlos. En los lugares donde estudié y trabajé tampoco sentí que hubiera retos. Quizá existan, pero quizá si no sabes que existen ni los tomas en cuenta y en verdad desaparecen». Para ella, la impaciencia es uno de sus principales desafíos. Pero dice que ahora sabe que existen etapas para exigirse más y otras para aprender a sentirse satisfecha con lo que se hace y lo que se tiene.

El coach Infante está de acuerdo. Él dice que la mayoría de los problemas que tienen sus clientas es un asunto de mirada: «se 'miran' con ojos demasiado críticos o censuradores de sus formas de ser y de sus conductas». Y después, añade, vienen los desequilibrios traducidos en estrés: «fatiga, tensión muscular, déficit de atención, desórdenes digestivos, insomnio, irritabilidad». La Mujer Maravilla se maquilla divino, pero se siente fatal.

Algunas veces, sin embargo, no es un asunto de cansancio sino una llamada de atención lo que nos sacude y nos exige replantear lo que queremos. Noruzka dejó sus estudios universitarios de  sicología, se casó joven y joven tuvo dos hijas. Cuando se cansó del maltrato y el engaño de su pareja, decidió empezar de nuevo. Se mudó de ciudad y volvió a la casa paterna a pesar de dudar si tendría el apoyo familiar. Dice que hubo un mantra que nunca la abandonó: «independientemente de gustarme o no, tengo la obligación de dar lo mejor de mí». Hoy tiene una pareja que la valora, ha fortalecido su vida espiritual, estudió Diseño de Interiores y vive en Brasil. Su historia nos confirma lo que los expertos saben: que las mujeres solemos tener una inteligencia emocional más afinada que la masculina y somos capaces de reconocer nuestras emociones con mayor facilidad. También es un desafío balancear.

También está el caso de Victoria, quien a sus 28 años ya tuvo a cargo varios establecimientos de salud en la costa y sierra peruanas, incluso en equipos integrados por varones. «Desde niña soñé con ser enfermera, aunque nací en una familia de abogados», cuenta. Ya terminó una maestría y ahora está pensando en completar otros estudios y desarrollar proyectos que generen cambio: como el de formar una familia.

Tener oportunidades y alternativas no significa que estemos obligadas a elegirlas todas. La primera clave para conseguir el balance está en tomar conciencia de que hay que aprender a elegir aquello que nos conviene o nos satisface. Si solemos hacer las cosas porque tenemos o debemos o porque estamos convencidas de que nadie más es capaz de hacer lo mismo que nosotros, es tiempo de examinarse. «La Mujer Maravilla tiene disposición para todo compromiso solidario, autonomía económica y desempeños eficientes y consistentes con amplitud de percepción y resolución. Es amante, compañera, esposa y pareja en todo momento. Es madre abnegada. Es una eficiente administradora y cuidadora del hogar», dice el psicólogo clínico Carlos Lescano.

La clave está en reconocer que no tiene nada de malo bajar de los cielos que surcamos todos los días, quitarnos el disfraz de Mujer Maravilla y decir: tengo miedo de no tener hijos, estoy cansada de hacer más trabajo para demostrar que merezco este salario, hoy no tengo ganas de retozar, mi amor. Que nos quede claro que tenerlo todo no es una cuestión de potencial sino de deseo. De querer lo que uno tiene y de conseguirlo. Sin despeinarse tanto.

LA MUJER MARAVILLA...

PRIORIZA

Recomiendo jerarquizar los ámbitos de desarrollo –como el trabajo, familia, estudios, entretenimiento, intereses– en función a tu propio interés y gusto. Antepón el 'quiero', en lugar de el 'tengo que…' o el ‘debo…’. La mejor técnica de no sentir culpa por tus decisiones es pasar de ser «víctima-inocente» a ser «responsable-protagonista», es decir: no son las circunstancias las que te afectan, sino la respuesta que tienes ante ellas.

Manuel Infante, coach.

ADVERTENCIA

Aunque hay quienes no quieren reconocer que tienen un problema, algunas consecuencias del síndrome de la Mujer Maravilla (SMM) son:

- Agotamiento físico y mental
- Trastornos de sueño
- Desórdenes de alimentación
- Soledad
- Debilitamiento en la concentración
- Sentimientos de frustración
- Impotencia e irritabilidad
- Ausencia o debilitamiento del deseo y del desempeño sexual.

Carlos Lescano, psicólogo clínico.

¿SABÍAS QUE...?

En el 2012, se dieron unas 600 mil atenciones en todos los consultorios de salud mental en los hospitales del Estado, más los de la seguridad social. De ellos, un 45% fueron por estados de ansiedad en sus diversos grados y tipos.


María Inés Ching contribuyó con la reportería de esta nota.
Fuentes: Manuel Infante Arata, coach personal y director
de Transformacción; Carlos Lescano Bravo, psicólogo clínico en Andromed


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