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Verónica Linares: Juego de manos, juego de villanos

La periodista critica ejercer la violencia como parte de la crianza en la actualidad.

Verónica Linares

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El Comercio


Mi prima Karina me contó que cuando su hija de un año y medio agarraba los adornos de la sala le propinaba unos pequeños pellizcones. Según ella, eran unos hinconcitos que le enseñaban que lo que estaba haciendo estaba mal.

Mi amiga Valeria, por su parte, confiesa que le jala las orejas –despacito– a su hijo de 3 años cuando se tira al piso al ver que su comida está servida en la mesa. Y mi compañero de trabajo Alex, asegura que le dio palmazos a sus hijos hasta que cumplieron los 2 años y medio y, por eso, ahora son muy obedientes.

Yo pensaba que el golpe estaba desterrado de la crianza. Que eso de pegarle a un niño solo se veía en los noticieros como casos extremos. Que ya no escucharía historias como la que siempre cuenta la tía Nora, cada vez que ve a mi hijo Fabio hacer una pataleta.

Dice que mi primo Aníbal era incontrolable y que la propia psicóloga del colegio le dijo que le diera duro con un san martincito, para que le quedara claro quién mandaba. A decir de la tía Nora, mi primo cambió y para bien. Yo no estoy tan segura de ello, pero no se lo digo y respondo a sus indirectas explicándole que las cosas han cambiado. Que no imagino actualmente a una terapeuta aconsejar golpear a un niño. Que si llegamos a esos extremos es porque somos los padres los que estamos haciendo algo mal y no los niños. Y que ahora la autoridad no se impone, se consigue.

Pero veo que el miedo sigue siendo una herramienta utilizada en la crianza. Nelly tiene 35 años y 3 hijos. Nunca les puso un dedo encima como sí lo hizo su madre. Hoy está preocupada porque sus sobrinos de tres y cinco años sufren de maltrato todos los días. No sabe qué hacer para que no sufran como ella.

A mi jamás me pusieron un dedo encima, ni un jalón de pelo, ni un empujón, ni una palmada, nada. Sin embargo, imagino el terror de Nelly al ver a su madre, la mujer que más ama sobre la tierra, molesta y a punto de golpearla. Ella me confesó, con los ojos vidriosos, que cuando su madre no la golpeaba sentía que algo le faltaba. Estaba intranquila, sentía que se le abría un hueco en el estómago –yo imagino que más bien era uno en el corazón–. Entonces, hacía malacrianzas a propósito para que su mamá le pegue y pueda dormir tranquila. Qué triste.

Le pregunté si fue una niña obediente y me dijo que sí, hasta que se fue de su casa. Salió embarazada a los 16 años. Cómo habrán sido esos golpes.

¿De verdad creen que pegar a sus hijos sirve de algo? Sé que desesperan, pues termino agotada emocionalmente cada fin de semana explicándole a Fabio por qué debe o no hacer tal o cual cosa. Observo sus reacciones, lo comprendo, lo acompaño, me pongo en su lugar y, por supuesto, me canso. Pero, ¿cómo vamos a enseñarles a nuestros hijos que la violencia es mala, si ejercemos violencia contra ellos? Solo mamá y papá pegan a su hijo, pero su hijo no puede pegarle a nadie. Es un contrasentido.

No voy a dar consejos de cómo ser un buen padre o madre. Yo misma estoy en ese intento, solo les pido que piensen en el tema por unos momentos.

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