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"Yo sabía que iba a crecer, ¡pero nunca tanto!"

Pese a vivir en un departamento, esta familia apostó por adoptar a un perro que resultó ser grande, y luego sumó una más

Por Andrea Carrión / WUF

La de Kala y Nala es de esas historias que desafían la clásica creencia que reza “perro y departamento no son compatibles”.

Todo empezó en agosto del 2016. A Hugo García Salvatecci-Ramírez, esposo de Marjorie Dolci, le había llamado la atención una perrita sin hogar que vio en Facebook. 

“Le estaban buscando familia y decidimos adoptarla. Apenas tenía 3 meses, era cruzadita y le pusimos Pepa. La entregaron con su primera vacuna, pero a los 2 días se le soltó el estómago. Con los días mejoró un poco y se mostró súper amorosa y tranquila, pero al poco tiempo empeoró del estómago y de un momento al otro empezaron los espasmos. Le diagnosticaron distemper y al mes la tuvimos que poner a dormir”, recuerda Marjorie.

Fue un drama familiar. Marjorie lloraba por su perrita y su hijo Adriano, de 5 años, solo preguntaba “¿Y cuando viene Pepa?”. Así que luego de conversar con su esposo, al mes decidieron adoptar a otro perrito. Y fue así que llegó Kala. 

Esta vez eligieron una perrita de 7 meses de edad y más inmunizada. Cuatro meses antes ella había sido encontrada por su rescatista deambulando por Ventanilla con sus hermanitas. Marjorie y Hugo la adoptaron un domingo de octubre sin saber que el domingo anterior esa misma perrita había estado en una feria de adopción en un parque ubicado a tres cuadras de su edificio.

“A todos sus hermanitos los adoptaron menos a ella, probablemente porque era la más grande y robusta. Yo sabía que iba a crecer, ¡pero nunca tanto!”, dice Marjorie entre risas. “Cuando la trajeron al departamento nos quedamos ‘¿y ahora?’”. 

Pero Kala se quedó, su temperamento la ayudó. 

“Mucha gente prefiere perro chico para departamento, pero contra todo pronostico ella resultó ser ideal porque su carácter dócil, noble y estable la hace perfecta para este espacio. Y encima es ideal para niños, aguanta todo lo que le hace Adriano”, agrega mientras su hijo la abraza en el suelo.

Todo iba muy bien con Kala y un día otra publicación en Facebook llamó la atención de esta familia.  Se trataba de una perrita que alguien había abandonado y amarrado a la puerta de la veterinaria SOS, en Miraflores, el lugar al que Marjorie y Hugo llevan a Kala. 

La chica que ayudó a esta perrita cuenta que cuando abrió la puerta de su carro, ésta se metió inmediatamente, como buscando refugio. Pero ella no podía quedársela y la dejó en la veterinaria SOS, donde le dieron albergue temporal.

“Pasaron unos días y mi esposo me dijo ‘¿vamos a verla?’, refiriéndose a la perrita de SOS. Cuando la conocimos, se le tiró encima de emoción. La apodamos ‘la marroncita’ y un mes más tarde mi esposo me dice ‘¿y si adoptamos a la marroncita?’ Esto fue en enero de este año”, recuerda Marjorie. “Así que primero decidimos probar cómo empataba con Kala afuera de la veterinaria. Todo fue bien entre ellas y un día yo regreso del trabajo y ahí estaba la marroncita, a quien bautizamos Nala. Tendría unos 7 meses cuando la trajimos a casa. Hoy no podríamos estar más felices con ambas; se llevan excelente, entre ellas y con Adriano también”, agrega Marjorie.

Marjorie dice haber comprobado que vivir en departamento o en casa chica no es motivo suficiente para anular por completo la posibilidad de recibir a un perro como parte de tu familia. 

“Como ves, nosotros tenemos 2 y una es un mastodonte”, dice entre risas. “Los perros se adaptan a las personas y a como tú los trates y eduques. Hay razas más complicadas que otras y es tu deber informarte primero. Claro que cuando adoptas un poco que te la juegas, ellas son las primeras criollas, pero es cuestión de darles y darte la oportunidad. A nosotros nos va muy bien”, agrega.

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