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Un oasis para perros desvalidos

El amor de Sara Morán no tiene límites, su casa sí. Rescatista busca adoptantes para seguir ayudando a perros necesitados

Por Andrea Carrión / WUF

Pese a los doce perros que dan vueltas en la pequeña habitación, siete de los cuales usan pañal, el ambiente huele bastante bien. Mientras Sara Morán explica la dinámica diaria en este albergue, su brazo derecho, Belén, limpia la mugre que un machito peludo recién rescatado tiene pegoteada detrás de su oreja. Todo fluye bien, hasta que el repique de un celular interrumpe la armonía.

“Disculpe la molestia, es que hay un perrito callejero que necesita ayuda y queremos saber qué hacer”, se escucha del otro lado del teléfono.

“Lo primero es llevarlo a un veterinario”, sugiere Sara.

“¿Y luego? ¿Lo llevamos a su albergue?”, pregunta quien llama.

En silencio, Sara mira a su alrededor y nota a Pecas, Bruno, Huellitas, Pelusa, Osito, Cabezón y Simba, todos en pañales o en silla de ruedas. Regresa a la llamada y después de responderle abatida que en su casa no entra una cola más, Sara cuelga y suspira.

“¿Sabes cuánta gente me llama al día para pedirme que reciba uno más?”, pregunta Sara con evidente frustración. “¿Dónde más los pongo? Estás viendo lo poblados que estamos, aquí no entra ni una cuna más para otro inválido, ese es nuestro gran dilema”.

Hoy resultaría hasta contraproducente aumentar la población de perros que Sara alberga en su casa, pues además de los machos y hembras parapléjicos que cuida en el primer piso, Sara tiene otros 38 en el resto de la casa. Cuesta entender cómo hace para mantenerlos a todos sanos y bien nutridos, parte del motivo por el cual su albergue se llama Milagros Perrunos.

Aunque en realidad este nombre responde más que nada a los rescates heroicos que ha realizado a lo largo de los últimos nueve años.

Sara al rescate

Todo comenzó en el 2007. Sara ya llevaba tiempo vacunando y esterilizando animales desvalidos junto a su amiga María Guerrero en zonas como San Genaro y otros pueblos jóvenes de Chorrillos, donde abundan los perros y gatos en necesidad. Pero ese año marcó un antes y un después en su vida.

“Estaba en la calle y de pronto veo a un perrito que había sido atropellado por un camión que le pasó por encima. Me impresionó ver cómo este animal se movía cual sirena todo reventadito en su parte trasera. Lo llevé al doctor, lo operaron, le conseguimos su silla de ruedas y tiempo después llegó a caminar”, recuerda Sara.

Coquito fue su primer inválido y su nombre salió de la pobre pronunciación que tenía su hijo cuando, de niño, preguntaba por el perrito cojito. Entonces ni imaginaron que pronto Coquito tendría mucha compañía.

Poco a poco la humilde casa de Sara comenzó a recibir perros de distintas formas tamaños, personalidades y necesidades. Todos traían una historia triste de atropellos, operaciones complejas, indigencia, indiferencia y/o abuso, como la que trajo Osito.

Este perro, según las averiguaciones de Sara, fue atropellado el 27 de julio y recién fue rescatado en los primeros días de noviembre

“Todo este tiempo sin nadie que lo atendiera. Ese accidente le había partido el fémur y la carne se había descompuesto, quedando el hueso expuesto. Alguien me habló de él y fuimos a buscarlo. Me puse a indagar en San Genaro y la gente me decía ‘Ah, sí, el perrito que se arrastra, lo hemos visto por el mercado’. Todo el mundo lo había visto en algún sitio y nadie había atinado a auxiliarlo, solo le daban de comer. Al encontrarlo, vimos que arrastrarse también había carcomido otra de sus patas”, comenta Sara.

De la noche a la mañana Sara comenzó a cambiar sillones por cunas y sillas de ruedas para perros, a llenar los rincones de su casa con bolsas de comida balanceada y a reemplazar adornos por analgésicos, antibióticos y jarabes para elevar la hemoglobina de los anémicos. Se convirtió en ‘caserita’ de algunos veterinarios que atendían a sus perros a costo social y para no saturarlos, comenzó a turnarse un mes con uno, un mes con otro. Ellos por su parte, le enseñaron cosas básicas como ponerles suero, inyecciones, hacer baños de sarna y darles ciertas medicinas.

“He aprendido mucho con los años y hemos curado a muchísimos perros. También he aprendido a valorar la vida y a no ser conformista. El perro tiene un instinto de supervivencia increíble y ni cuenta se da de su discapacidad”, dice con orgullo. “Lo complicado es cuando el perro se sana ¿qué hacer con él? Encontrar personas dispuestas a adoptarlos es el mayor reto”.

Unos suman, otros restan

Conseguirle familia a sus perros le permitiría hacer espacio para atender a otros animales necesitados, pero actualmente la cultura de adopción en el Perú está en pañales. Encima debe de lidiar con gente que le tira perros por la ventana, como si fuera un buzón.

“Pasó la semana pasada. Estaba con Belén atendiendo a los discapacitados y de pronto un cachorro cayó en la entrada de la casa. En lugar de ayudar, la gente…”, dice Sara.

Afortunadamente, sí hay personas dispuestas a sumar. Julio Cabrejos es uno de los “valientes” –según Sara- que lleva un mes visitando el albergue junto con otros estudiantes de la facultad de Medicina Humana de la Universidad San Martín.

“Como la universidad nos da oportunidad para desarrollar actividades en vacaciones como parte de un programa de voluntariado, elegimos hacer prácticas acá. Limpiamos, alimentamos a los perros y los sacamos a pasear. Estamos aprendiendo mucho y una de los principales aprendizajes es la importancia de adoptar en lugar de comprar, estos perros realmente lo necesitan”, comenta Julio.

Otro de sus grandes pilares es Belén. Ella estudió geriatría y antes de llegar a Milagros Perrunos era completamente ignorante de las necesidades que pasan muchos animales.

“Primero fui niñera, luego trabajé con adultos y cuando vine acá, me encantó. No tenía ni idea de que existían perros inválidos o con tumores, era algo que no se me pasaba por la cabeza. Muchas gente no sabe que ellos también sufren”, dice Belén.

Además, este albergue cuenta con el apoyo de un puñado de padrinos y madrinas que además de donar tiempo para visitar a sus ahijados, también donan alimento, pañales y medicina. Por otro lado, la reciente aparición de plataformas digitales de adopción en Internet también ha contribuido a darle exposición a sus perros y hogar a unos cuantos.

“A eso súmale la rifa y el evento anual que hacemos, de ahí sacamos para cubrir parte de nuestros gastos, pero siempre falta. Por ejemplo, tengo una perrita con cáncer y una receta médica que no sabemos cómo pagar. Esto es todos los días, pero ahí vamos, con fe y un día a la vez”, dice Sara, a quien algunas personas llaman Milagros.

EL DATO

Fiesta sobre ruedas: Evento pro fondos a realizarse este sábado 13 de febrero de 2 a 6 p.m. en el Playland Can de San Borja (frente al Pentagonito). Estarán todas las 'estrellas de Milagros Perrunos en sus sillas de ruedas. Se recibirá donaciones.

andrea@wuf.pe

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