Ocho minutos y veinte segundos. Eso es lo que podría durar un video editado con el sufrimiento de Lionel Messi en tres actos y con un cambio de look para aliviar cada caída. En los primeros cuatro minutos, aparecería Leo en el centro del campo del Maracaná de Río después de perder la final del Mundial con Alemania. Allí está con una camiseta azul y con las manos en la cintura. Con la mirada en el vacío recibirá el premio al mejor jugador del torneo y después subirá a la tribuna con sus compañeros para que les cuelguen medallas de plata que solo algunos conservarán. Aún no llora, solo ha convertido su rostro en una pena con signo de interrogación.
Segundo acto de dos minutos y cinco segundos: Messi otra vez, ahora frente al arco del estadio Nacional de Chile donde perdió el título de la Copa América frente a la selección local. Luce el cabello más largo y una camiseta albiceleste. Al inicio estará tranquilo al anotarle a Claudio Bravo y después apabullado cuando Higuaín y Banega fallen. Se sienta con los ojos clavados en el césped, un lagrimón parece que va a caer. Unos niños se acercan para consolarlo; más tarde se tomará un retrato con uno de ellos. La foto aún no ha sido encontrada en Internet, podría ser el selfie más triste de todos sus tiempos.
En el cierre de este video melodramático de poco más de ciento veinte segundos , tendremos a Lionel en el pico más alto de su tragedia. Ya es 2016 y es la tercera final consecutiva con su selección en el estadio Metlife de Nueva Jersey.
En el cierre de la Copa América Centenario no solo perdió otra vez ante Chile sino que falló el primer penal de la definición. Se ha dejado crecer una barba casi bíblica. El derrumbe es secuencial: comienza tapándose el rostro con su camiseta, continúa con las manos apoyadas en el banco y el primer amago de sollozo. Camina unos metros, lo abrazan Agüero y Lavezzi, algo le dice el chileno Díaz. Lionel ya no puede más. Llora. Llora como si ese desahogo viniera desde ese gol de Goetze en el Maracaná.
Llora como pidiendo que por esa noche de junio del 2016, dejara de ser él mismo. Para alguien tan competitivo como Messi, perder una final es el mejor pretexto para intentar ser otro.
“Me teñí el cabello porque es una forma de comenzar de cero. Venía de muchos líos con cosas que habían pasado y me dije que era hora de romper con eso”, le respondió más calmado Lionel Messi al imitador argentino Miguel Rodríguez, en la sala de entrevistas del complejo de la AFA en Ezeiza, tres meses después de esa pesadilla en Estados Unidos. Cada transformación llegó después de una dura caída, cada cambio fue para Messi una manera de dejar atrás a algún Lío.
Fue largo el silencio de Lionel Messi, hasta que dos meses después subió una foto a su cuenta de Instagram donde aparecía con la misma barba, pero con el cabello rubio, una camiseta de los Chicago Bulls y su perro Hulk. Tres millones de likes. Desde los programas más sintonizados de la televisión argentina, se le pedía volver a Messi. Hasta el nuevo técnico, Edgardo Bauza, viajó a Barcelona para conversar con él. Leo regresó rubio, con barba e ilusiones. Era otro.
Si después de la Copa América Centenario hubo un cabello rubio, en otros días difíciles también hubo espíritu de conversión. Cuando perdió la final de Brasil 2014, lo primero que hizo Lionel fue buscar un nutricionista para bajar de peso; después de perder la primera final con Chile en la Copa 2015, Messi se olvidó por un largo tiempo de la rasuradora. En medio de esos cambios también hubo tatuajes y un afán por abandonar su timidez. Messi hoy no solo tiene una barba y un número 10 estampado en la pantorrilla izquierda, Messi hoy ha aprendido a alzar la voz hasta poder decirle de todas las maneras posibles a la Asociación de Fútbol Argentino “que es un desastre”.
Con cinco Balones de Oro, un océano de títulos y una incontrolable actualización de marcas registradas, Lionel Messi también parece haber entendido que su principal adversario no es Cristiano sino él mismo. Cambiar de ‘look’ también es dejar atrás cada una de sus versiones y buscar alguna que sea más fuerte, más hábil, más ganadora y más líder. En resumen, ser mejor cada milésima de segundo. Para ganarle al que fue, todo debe comenzar por olvidarlo y borrarlo completamente del espejo.