Retrato del hombre

Ciro Alegría: ni ancho ni ajeno

Dora Varona no solo fue la última esposa de Ciro Alegría, sino también su albacea intelectual, quien ordenó con pasión e inteligencia su obra dispersa. Ella lo recuerda con vivacidad y en su voz aparece un Ciro Alegría diferente y entrañable.

Por Enrique Sánchez Hernani

¿Cómo conoce usted a Ciro Alegría? ¿Qué es lo que más le impresionó de él?
-Primero lo conocí literariamente, a través de Dámaso Alonso, que fue mi profesor en la Universidad Complutense. Él me preguntó si había leído El mundo es ancho y ajeno. Yo no conocía la novela. Entonces él me dijo que tenía que leerla. La busqué pero no la encontré porque toda la obra de Ciro estaba prohibida.

Bajo el tiempo del dictador Francisco Franco...
-Sí, era el tiempo de Franco. Entonces Dámaso me la prestó. Eran los años 1954-55. A Ciro recién le editaron en España el 57, todavía en la época de Franco, pero con el libro censurado.

Entonces usted leyó bajo ese imperativo la novela...
-Y me enamoro del escritor, me fascino de su país. El 56 regreso a Cuba con mi madre, tras pasar por la Complutense estudiando Letras y periodismo. Allí es donde lo conozco.

¿Fue en una reunión literaria o en un encuentro casual de amigos?
-Era un homenaje que le daban los estudiantes de la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, porque Ciro acababa de dar un cursillo sobre literatura hispanoamericana. Me invitaron y ahí lo conocí.

Por entonces era un escritor muy conocido en Cuba, ¿no?
-Muy conocido. Lo adoraban.

¿Qué más hacía Ciro en ese momento en Cuba?
-Lo habían invitado a un congreso martiano, y le gustó tanto Cuba que se terminó quedando. Como él decía, se aplatanó. Eso quiere decir en Centroamérica que se quedó.

¿En esa época tenía tertulias literarias con otros escritores?
-Ciro no era mucho de tertulias literarias ni de amigos. En una ocasión yo le pregunté qué pensaba de la amistad, y él me dijo que tenía un alto concepto de ella, por lo que tenía pocos amigos.

Qué buena frase. ¿Pero qué más hacía Ciro en Cuba?
-El periodismo, nada más. Toda su obra estaba pirateada entonces. Ninguno de sus tres libros le producía nada. Estaba pirateada en México. Aunque esa no es la palabra. Ocurre que él los vendió mientras estuvo con tuberculosis en Chile. Vendió La serpiente de oro a la Editorial Nascimento, que la había premiado. Como era muy muchacho, la vendió de por vida a una miseria, lo que apenas le alcanzó para comprar una máquina de escribir.

Increíble, qué mala suerte.
-No sólo eso, sino que estando en el sanatorio de tuberculosos en Maipo gana el premio Zig-zag con Los perros hambrientos, y Zig-zag le hace la misma jugada: le hace firmar un contrato donde decía "de por vida" y le da otra miseria, que solo le alcanzó para comprar ropa para él y Rosalía, que por entonces era su esposa.

¿A Cuba llegaban esas ediciones?
-No, entonces no llegaban. Él era conocido por sus cuentos y por los artículos que publicaba en algunos diarios de La Habana.

Seguro tenía una personalidad atrayente...
-Realmente, Ciro no era atrayente. Su aspecto era agradable pero era un hombre que no hablaba, hasta que no tuviera tres whiskys dentro. Ni una palabra. Todos creían que era soberbia, pero no, era timidez.

¿Y no tenía ningún amigo en Cuba?
-Nunca él tuvo amigos, siempre tenía amigas. Confiaba más en las mujeres que en los hombres. Aunque en Chile sí tuvo un gran amigo, Enrique Espinoza, un hombre excepcional por todo lo que le ayudó. Gracias a él escribió El mundo es ancho y ajeno, porque consiguió cuatro médicos que le donaron dinero por cuatro meses, para que escribiera en su cama, porque aunque ya había salido del sanatorio seguía con fiebre. En ese plazo escribió El mundo es ancho y ajeno.

Entonces usted era una de sus grandes amigas.
-Nuestra amistad fue muy corta, yo fui su discípula. Él me llevaba 24 años. Yo lo conocí en el año 56 pero él había llegado el 52. Entonces se había enamorado de una cubana muy linda e inteligente a la que no supo retener. Tenía buena mano para escoger a las mujeres.

¿Cómo era él?
-No era guapo. Era blanco, muy rosado, con una nariz muy linda y unos ojitos chiquititos, totalmente indígenas, con una boca pequeñita por su ascendencia irlandesa. Cuando yo lo conocí, él tenía 48 años y su cabello era gris. Yo estaba en los 24 años, sumamente feliz pero documentada (risas).

Siendo tan tímido, ¿cómo la enamoró?
-Ah, ¿usted cree que él me enamoró? ¡Yo lo enamoré a él! (Risas). Él me propuso matrimonio sin decirme una palabra de amor. Sólo me dijo: Dora, yo creo que usted es la única mujer que tendría el valor de casarse con un hombre como yo. Yo soy un hombre a quien en cualquier momento el APRA puede mandar matar -porque vivía con esa obsesión--, y luego me preguntó: ¿Estarías dispuesta a ser mi esposa? Le dije que lo iba a pensar. Pero por otra parte cavilé en que este hombre valía mucho y pensé: qué genes maravillosos van a tener mis hijos.

¿Ese fue su pensamiento?
-Claro. Yo, sobre todo, siento veneración por él. Y me dije entonces: este hombre va a entender mi obra -porque soy poetisa-, y yo amo su obra. Razoné en que tendríamos una magnifica colaboración entre dos personas afines.

En cuanto a que el APRA lo quería matar, ¿él le confesó las razones de su desencuentro con este partido?
-No las conocí mucho, pero Haya de la Torre fue para él siempre un símbolo. Él se había leído toda la obra de Haya, le tenía gran admiración. Ciro tenía ese resentimiento porque cuando él se fue a Chile deportado ningún aprista quiso ayudarlo. Ciro era un hombre aprehensivo, sentía que alguien lo había lastimado.

Estaba resentido...
-Sí, porque se sentía muy disminuido. Pero yo tengo un gran concepto de todo lo que hizo Luis Alberto Sánchez por él; incluso Sánchez fue su testigo de matrimonio con Rosalía en Chile y hasta le dio dónde vivir, en su propia casa, porque Ciro estaba en una situación desesperada. Yo no encuentro las razones de su molestia.

¿Las carcelerías que Ciro sufrió le dejaron una huella espiritual honda?
-Lógicamente. Primero estuvo preso en la cárcel de Trujillo y de allí lo pasaron a Lima, a una cárcel que quedaba frente al Parque Universitario. Incluso escribió un libro, El dilema de Krauss. Tenía unos recuerdos tremendos.

¿Al punto de dormir mal, de tener pesadillas?
-Bueno, Ciro siempre durmió con Fenobarbital. Él había sufrido mucho en Estados Unidos con su segunda esposa, pues era muy celoso y le dio por beber. Ella era Ligia Marchand, profesora de una gran universidad en Nueva York. Cuando se casaron, Ciro era un hombre que tenía problemas emocionales bastante delicados, pero ella lo salvó en más de una ocasión de que lo llevasen a un sanatorio donde él se hubiese podio trastornar. Pero los celos hicieron que esa relación se terminase; se divorciaron el año 1953.

Eso fue lo que lo afectó, entonces...
-Sí, a raíz de que estuvo tan solo en los Estados Unidos y con tantos problemas. Después vino lo de la Segunda Guerra Mundial y él se quedó sin trabajo. No lo aceptaron para ir a la guerra porque le faltaba el pulmón izquierdo y tenía problemas con el hígado. Entonces le dieron un cargo para que escribiera contra los alemanes; ese era su trabajo, escribir para un grupo de periódicos. Hasta 1947, en que se va a vivir a Puerto Rico, con su nueva esposa, una puertorriqueña.

Qué tales recuerdos habrá tenido Ciro de esa época...
-Bueno, a todo le sacó partido porque todo lo ha escrito. Y todos esos trabajos los reuní luego yo. Ciro solo dejó en vida tres novelas. Cuando yo quedé viuda, tenía cuatro meses de embarazo y tres niños pequeñitos. Cuando nació mi último hijo, empecé a hacer gestiones en nuestra embajada peruana en Chile para salvar las dos novelas que Ciro había vendido a perpetuidad. Pero me dieron guerra.

¿Y qué hizo?
-Tuve que viajar allá, pero sin juicio gané, mostrando las fotos donde estaba con mis hijos y diciéndoles: A ver, ¿quién me puede ganar un juicio contra esto? Ninguno de los que firmaron el contrato vive, entonces ¿qué es de por vida, del libro o de los que firmaban? Y gané. Creo que se asustaron.

¿Qué hicieron los de la editorial?
-Me dieron una cantidad muy mínima, no reconocieron todo lo que le debían a Ciro, pero me firmaron un papel donde se comprometieron a no editarlo más.

¿Qué recuerdos guarda usted de aquellos años en común?
-En Cuba vivíamos en las estribaciones de la Sierra Maestra. Mi hermano mayor, de la edad de Ciro, nos dio su casa de campo y eso le encantaba: todo lleno de árboles, de vegetación. Creo que la casa le recordaba la hacienda de su abuelo. Allí vivimos desde el 57, en que nos casamos, hasta el 60 en que volvimos a Perú.

¿Creo que vinieron de visita un poco antes, no?
-Cierto. El 57 vinimos de visita por la publicación de El mundo es ancho y ajeno en Populibros.
 
Me cuentan que tuvieron un recibimiento multitudinario...
-Fue apoteósico. Nos fueron a ver más de cinco mil personas al aeropuerto de Córpac. Había muchos personajes de la literatura, entre ellos López Albújar, que entonces estaba muy anciano y a quien llevaron en silla de ruedas. "Yo no podía dejar de venir a recibirlo", le dijo entonces. Y Ciro le respondió: "Yo tengo mucho que agradecerle a usted".

¿En Lima qué escritores fueron amigos de Ciro?
-Arguedas era muy amigo de Ciro. Se querían mucho. "El cholo", le decía Ciro. Cuando Ciro estuvo en el Hospital Almenara, cuando le sacaron tres cuartos del estómago por unas úlceras, Arguedas iba a verlo todos los días, y le contaba unas cosas que me hacían llorar, de las veces que había tratado de suicidarse, de su infancia y muchas otras cosas. Impresionante.

¿Y le contaba algo de César Vallejo?
-Ciro fue su alumno en Trujillo, en primer año de primaria. Contaba que César Vallejo les mandó a hacer una composición sobre los animales que habían en su casa. Ciro escribió algo sobre unos pollos o unas gallinas, y César Vallejo lo felicitó. Él me decía que ese fue su primer intento de convertirse en escritor.

¿Cuáles eran sus hábitos de escritor?
-Cuando estaba en el sanatorio, con la tuberculosis, su médico le sugirió no sentarse a escribir en una mesa, sino recostarse en su cama sobre almohadones. Así lo hacía, recogía las rodillas, ponía una tablilla metálica con un gancho para sujetar los papeles, y escribía a mano.

¿Toda su obra la hizo a mano?
-Toda su obra, hasta el último momento. Él escribía a máquina con dos dedos, pero cuando nos casamos yo le copiaba todos sus escritos.

¿Leía mucho?
--Mucho, leía a gran velocidad. Cuando tratábamos de leer juntos, yo no estaba ni por la mitad de la página y él ya la había terminado. A la semana se leía de dos a tres libros y diariamente se leía todos los periódicos que salían en Lima.

¿Qué lecturas prefería?
-Siempre leía a los nuevos, para ver cómo les iba a Vargas Llosa, a Zavaleta, a Carlos Villanes Cairo de Huancayo, y que ahora vive en España. Éste fue a ver a Ciro cuando tenía 17 años y vivíamos en Chaclacayo.

¿De cuál de sus libros se sentía más orgulloso?
-Creo que nunca estuvo orgulloso de sus libros, porque él siempre pensaba que el próximo iba a ser mejor, aunque sí creía que había trabajado mucho en El mundo es ancho y ajeno; eran 750 páginas escritas en cuatro meses. Pero como tuvo muchos problemas de salud, mucha de su obra la dejó en el aire. Creo que su cerebro quedó mermado por tantas enfermedades.

¿Y de los clásicos, quién le gustaba?
-Balzac; toda La comedia humana. Luego Thomas Mann, a quien leyó entero. Cando yo leí La montaña mágica pensé que ese personaje era Ciro en el sanatorio.
 
¿Detestaba a alguno?
-Él no era de destruir a las personas. Él pensaba que si esa persona era muy joven y ya escribía, se debía esperar a que leyera más y mejorara.

¿Cómo sobrellevaba su popularidad?
-A él le gustaba mucho sentirse halagado, reunirse con amigos entre tragos, que le hablaran de su obra. No buscaba tales situaciones, pero si ocurrían, se sentía halagado.

¿Conservaba algunos hábitos de la gente que ha nacido en provincias?
-Sí, las supersticiones. Por ejemplo yo le ponía los zapatos, y si comenzaba por el izquierdo, me decía: "Ya me desgraciaste el día". Le gustaba jugar a la lotería, creía en el azar. En Estados Unidos había jugado bastante pero como no tenía mucho dinero no pudo dedicarse a eso. Se identificaba con el personaje del jugador de Dovtoievski.

Él también llegó a ser diputado. ¿Qué era la política para Ciro?
-Era un deber. El día que le aceptó a un emisario de Fernando Belaunde candidatear, yo lo lamenté, porque yo pensaba que se iba a anular como escritor. Pero él me decía que tenía que ayudar a su país. Aquella vez me dijo que lo iba a hacer por sus hijos y por el Perú.

Al final de sus días, ¿presintió que la vida se le acababa?
-Sí. Cuarenta y dos horas antes de morir, estábamos en Chaclacayo y llovía torrencialmente. El río se desbordaba llevándose las casitas de las márgenes. En la noche se asomó a la ventana y veía hacia fuera. Yo le decía: te vas a enfermar. "Es que estoy oyendo el río", me decía. "En mi tierra -prosiguió-cuando el río suena así, siempre decimos: alguien va a morir". Eso fue cuarenta y dos horas antes de morir, por eso creo que lo adivinó.