Desde que llegó a Lima, Bruno Roselli se enamoró a primera vista de los balcones capitalinos. “Como ellos no hay ninguno”, decía este italiano que lideró una cruzada para cuidarlos y evitar su destrucción. Así se pasó su vida hasta el 24 de setiembre de 1970, año en el que murió. Han transcurrido cuatro décadas y a manera de homenaje lo recordamos como lo que siempre fue: “El Quijote” de nuestros balcones.

Su nombre completo era Bruno Carlo Dionigio Amulio Antonio Roselli Cooni. Al poco tiempo de llegar de su natal Florencia inició una larga lucha por la conservación de estos cajones tallados que adornaban las fachadas de las casonas de la capital. Calificado por muchos como un loco y un terco, no era raro verlo caminar con su vestimenta anticuada acompañado de su inseparable bastón por las calles del centro limeño, buscando estas obras de arte para salvarlas.

Los balcones de nuestra ciudad fueron elementos fundamentales de la arquitectura limeña durante tres centurias y hasta principios del siglo XX. Pero esa belleza solo se pudo lograr con el arduo trabajo de arquitectos, talladores, ensambladores y carpinteros, quienes unían sus esfuerzos para crear los mejores balcones del mundo.

En abril de 1953, este profesor de Historia General del Arte en San Marcos empezó su labor junto al diario El Comercio. El decano demandó que se hiciera una catalogación de los viejos balcones de Lima como primer paso para su urgente restauración. ¿Con quién contar? Tenía que ser un conocedor del arte. De esta manera el proyecto recayó en las manos del profesor Roselli.

Al mismo tiempo, don Bruno encontró tribuna en las páginas de este diario, primero en la edición vespertina y luego en la matutina. Cada columna escrita por el profesor era una muestra de cariño, pero a la vez un jalón de orejas para aprender a valorar lo nuestro. Asimismo, con el apoyo de Manuel Solari Swayne, “Zeñó Manué”, otro defensor del patrimonio cultural de la ciudad, logró la promulgación de un decreto que exigía un dictamen para traerse abajo un balcón.

Luego de dar el primer paso las campañas continuaron. En 1961, su entusiasmo lo llevó a organizar un original concurso que premiaba con 250 soles a quien descubriera el lugar de Lima desde donde se viera parcial o totalmente el mayor número de balcones. El vencedor encontró 28 balcones en la intersección de los jirones Ucayali y Carabaya, tal vez el lugar preferido de Roselli.

Cuando se iniciaron las demoliciones de las casonas para construir nuevos edificios, el profesor no pudo soportar tal atropello arquitectónico y compró, con su propio dinero, cada balcón que estaba en riesgo de desaparecer.

El profesor se acercaba a los obreros y negociaba el precio. Luego de hacer la compra llevaba los viejos balcones a un galpón del Rímac que alquiló especialmente para almacenarlos y empezar su restauración sin imaginar el triste final que tendrían. En venganza por no haber pagado el arrendamiento del lugar, cincuenta de sus amados balcones fueron quemados por el propietario del galpón.

A principios de la década del 70, el “Quijote” de los balcones ya estaba perdiendo las fuerzas. Enfermo y sin dinero, su salud decayó profundamente hasta que la muerte se lo llevó a las 5 de mañana del 24 de setiembre de 1970, a los 81 años.

Pero esto no fue impedimento para que su obra continuara. En 1983, el alcalde Eduardo Orrego constituyó el Patronato de Balcones y gracias a la campaña Adopte un Balcón de la comuna metropolitana se pudo recuperar 80 de ellos. El programa impulsó la participación de empresas y personas que tomaron a su cargo la restauración de estas obras de arte. Lo mismo sucedió a mediados de los 90 con el alcalde Alberto Andrade.

La pluma de Mario Vargas Llosa plasmó la vida del profesor en la obra teatral “El loco de los balcones” que fue protagonizada por el actor peruano Enrique Victoria.

Ni la muerte, ni el tiempo han terminado de borrar de nuestra memoria el trabajo de este “Quijote” que encontró en el damero de Pizarro uno de sus grandes amores, pero sobre todo un motivo para luchar en la vida y ser feliz.

(María Fernández Arribasplata)
Fotos: Archivo Histórico El Comercio