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Buster Keaton: un genio entra en escena

A 100 años de su debut, la historia de cómo Buster Keaton, el actor con ‘cara de palo’, se ganó un lugar en la eternidad.

Buster Keaton: un genio entra en escena

Buster Keaton: un genio entra en escena

“Es muy difícil no asustarse cuando sabes que te golpeará en la cara un saco de harina. Por eso, cuando cruces la puerta, hazlo de espaldas. Cuando te diga: ‘¡Voltea!’, tú solo voltea… y allí estará el saco de harina”. Según Buster Keaton, esta fue la primera indicación que recibió en su longeva carrera como actor de cine.

Era un 17 de marzo de 1917. Su director era Roscoe “Fatty” Arbuckle, el cómico más famoso de aquellos días, solo superado por Charles Chaplin. El escenario: el set de The Butcher Boy, una de las tantas películas de dos rollos que produjo Hollywood en sus inicios; era un día como cualquier otro en los Estudios Colony, pero uno muy especial para Buster Keaton, quien fue inmediatamente flechado por el cine, un medio tan joven como él (ambos son de 1895) y que aún no era considerado un arte o un entretenimiento decente. Al final de dicha jornada laboral, Keaton se llevó una cámara a casa y procedió a desmantelarla pieza por pieza. El cine había llegado a su vida y él necesitaba saber todo sobre su técnica. El 23 de abril de ese mismo año, The Butcher Boy se estrenaba en cines. Entonces nadie lo sabía pero era el inicio de una leyenda que perdura hasta hoy.
 


The Butcher Boy, el primer corto cinematográfico en el que participó Buster Keaton.

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El más salvaje y creativo de los comediantes mudos —como lo llamó el crítico James Agee— aprendió desde niño que hacer reír al público es un oficio serio, incluso peligroso. Iniciado a los cuatro años en el mundo del espectáculo, Buster no solo acompañaba a sus padres en el escenario de las ferias: era quien se robaba los aplausos. Allí estuvo expuesto a todo tipo de riesgos a su integridad física, desarrollando desde pequeño una técnica exquisita para recibir golpes, caer y tropezar sin salir malherido. Cuando los asistentes sociales registraban la carpa de Los Tres Keaton (Joe y Myra eran los padres), se retiraban sin saber si acababan de ver a un enano o a un menor de edad explotado.


 A los 21 años, Buster Keaton ambicionaba hacerse un nombre por su cuenta; solo le faltaba hallar el lugar adecuado para desarrollar su verdadero potencial. Sería decisivo un encuentro casual en las calles de Broadway con Roscoe Arbuckle. Era la primera vez que ambos artistas se encontraban pero la admiración era mutua. Para Arbuckle era inexplicable que Keaton no estuviera haciendo películas, así que aprovechó para invitarlo al rodaje de The Butcher Boy. Keaton no lo pensó dos veces y desechó una oferta teatral; se arriesgaría por menos dinero y prestigio. La apuesta valió la pena, gracias en buena medida a Arbuckle: “No podía haber encontrado una persona más buena para enseñarme el negocio del cine, o alguien que lo conociera mejor”. Keaton hizo 15 películas de dos rollos al lado de su mentor y descartó mejores ofertas de la competencia, hasta que el mismo Arbuckle —contratado por Paramount— le cedió su estudio para que desarrollase proyectos personales. La lealtad de Keaton fue puesta a prueba en 1921, cuando Arbuckle se vio envuelto en un escándalo policial por culpa de la prensa amarillista. Pese a ser inocente, el comediante se convirtió en un paria de la industria. Keaton ya era famoso y defendió públicamente a su amigo cuando nadie lo hizo.

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Los años dorados de Keaton en Hollywood llegaron a su fin con la era sonora. Pero no fue la tecnología el factor determinante para que se eclipsara su genio. Después de todo, Keaton estaba interesado en las posibilidades del cine con diálogos; lo que realmente impidió que volviese a alcanzar las alturas creativas de Sherlock Jr. (1924) o
El maquinista de la general (1926) fue su contrato con Metro-Goldwyn-Mayer, firmado en 1928, un error garrafal que le costó la libertad de hacer películas a su estilo. Su mala racha se pronunció en la década de los treinta con un divorcio traumático, sumado a la muerte prematura de “Fatty” Arbuckle y su dependencia cada vez mayor al alcohol. Mientras Chaplin estrenaba por todo lo alto El gran dictador (1940), Keaton estaba ocupado intentando rehacer su vida, objetivo que consiguió con éxito. A partir de entonces, su carrera dejó de ser una prioridad; parecía contentarse con seguir trabajando en el mundo del espectáculo sin aspiraciones de ser la estrella que alguna vez fue, ni reclamar el título de “Artista”.


En los años 50 la televisión se apoderó de los hogares y Keaton fue redescubierto por las nuevas generaciones. En una estación de TV le pidieron repetir su primera escena jamás filmada, aquella de The Butcher Boy. Keaton aceptó como un profesional que le explote un saco de harina en la cara. Eran los tiempos de las transmisiones en vivo, pero Keaton conocía bien ese tipo de presión: no necesitó una segunda toma en 1917, tampoco la necesitó en su vejez. Quizás sus reflejos eran más lentos pero irradiaba una dignidad indestructible. 

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