“Yo he tomado ivermectina desde marzo, he dado positivo para COVID-19 y no he tenido ningún síntoma”, afirmó recientemente Manolo Fernández, médico veterinario y gerente general de los laboratorios Farvet, en un programa de televisión. Fernández considera que este fármaco –aprobado para el tratamiento de algunos gusanos parásitos– evitaría el desarrollo del SARS-CoV-2 y su transmisión. Pero eso no es todo, sostuvo que es una “opción mucho mejor que las vacunas”.
Lo dicho por Fernández es solo una anécdota que no está basada en evidencias. Por eso, analizaremos la información que presentó y la contrastaremos con lo publicado por entidades especializadas hasta la fecha.
La ivermectina es un efectivo fármaco antiparasitario. Es conocido desde finales de la década de los 70. Su relación con el COVID-19 se dio con la publicación de un estudio en el que se encontró en una prueba de laboratorio in vitro (en cultivo celular) que la ivermectina puede inhibir la replicación del SARS-CoV-2 en etapas prematuras de la infección. Otros dos estudios observacionales –que no llegaron a ser publicados y al parecer han sido retirados– señalaban también ciertos beneficios.
La Administración de Medicamentos y Alimentos de EE.UU. (FDA) indica que “aunque existen usos aprobados para la ivermectina en personas y animales, no está aprobada para la prevención o el tratamiento del COVID-19”. Por otro lado, un análisis de posibles terapias contra esta enfermedad, realizado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS), “concluyó que los estudios sobre ivermectina presentan un riesgo elevado de sesgo, muy poca certeza de la evidencia, y que la evidencia existente es insuficiente para llegar a una conclusión sobre sus beneficios y sus daños”.
Esto no quiere decir que la ivermectina no sea un posible tratamiento para el COVID-19, sino que todavía no se cuenta con la evidencia necesaria para afirmarlo. Actualmente, están en curso varios estudios al respecto.
De acuerdo a la FDA, la ivermectina sí tiene posibles efectos secundarios. Algunos de ellos son sarpullido, náuseas, vómitos, diarrea, dolor de estómago, hinchazón del rostro o de las extremidades, eventos adversos neurológicos (mareos, convulsiones, confusión) y lesión hepática (hepatitis). Sin embargo, es muy extraño que estos se presenten, al igual que los efectos adversos de las vacunas.
Hasta la fecha ningún estudio ha determinado y concluido las posibles dosis necesarias para que la ivermectina genere un efecto positivo en el paciente COVID-19 y por cuánto se debe mantener. “Aún no sabemos las dosis adecuadas. [...] El tiempo de vida media [de la ivermectina] en el cuerpo es de hasta cinco días pero para enfermedades diferentes al COVID-19”, le dijo a El Comercio Alejandro Llanos, investigador principal de la Universidad Peruana Cayetano Heredia. Según el especialista, no se puede extrapolar los resultados de la ivermectina obtenidos en otras enfermedades al COVID-19. Es más, indica que dentro del COVID-19, los escenarios son distintos en los cuadros leves, moderados y graves. Recalca que todavía hay muchas cosas que no se saben, pero para eso están los estudios científicos.
Para Llanos, no es correcto comparar la ivermectina con las vacunas contra el COVID-19. “Son cosas distintas, son principios activos diferentes, son mecanismos diferentes”, explica.
“Mundialmente hay un consenso de que la vacuna es la alternativa de prevención. Su eficacia todavía está en evaluación y algunas están mostrando resultados promisorios. Con la ivermectina no hay consenso de su utilidad”, subraya el experto.