Los resultados del PISA 2025 deberían incomodarnos. No por el lugar que el Perú ocupa en un ránking internacional, sino por lo que revelan: solo 3 de cada 10 estudiantes de 15 años alcanzan el nivel mínimo esperado en matemática; en lectura lo logra el 42%, y en ciencias, el 47%.
Detrás de esos porcentajes hay una realidad difícil de aceptar: demasiados estudiantes pasan 11 o más años en nuestro sistema educativo sin desarrollar aprendizajes fundamentales para continuar estudiando, incorporarse a un mundo laboral cada vez más exigente y construir con autonomía su proyecto de vida.
El PISA es el mensajero. El problema son los aprendizajes.
Durante años, el Perú instaló una convicción importante: la educación debía ser una prioridad nacional y los aprendizajes el centro de la política educativa. Ese foco se ha debilitado. La discusión suele concentrarse en presupuesto, infraestructura o cambios de autoridades. Son asuntos importantes, pero ninguno debería alejarnos de la pregunta esencial: ¿nuestros estudiantes están aprendiendo?
El Perú mide aprendizajes y produce abundante información. Pero medir no basta. Evaluar significa usar esa evidencia para decidir, intervenir y comprobar si lo que hicimos funcionó. De lo contrario, acumulamos diagnósticos mientras crecen las brechas.
El PISA entrega otra señal preocupante: el 39% de los estudiantes peruanos declara haber faltado al menos un día a la escuela durante las dos semanas anteriores a la evaluación. No podemos recuperar aprendizajes si nuestros estudiantes no están en el aula. Asistencia, permanencia y aprendizaje son parte de una misma trayectoria.
Existe además un nuevo desafío. Más de la mitad de nuestros jóvenes de 15 años utiliza herramientas de inteligencia artificial para aprender. Nunca tuvieron tanta información disponible y nunca fue tan importante saber qué hacer con ella. Comprender, contrastar fuentes, argumentar y construir pensamiento propio serán capacidades aún más importantes cuando una máquina puede producir respuestas en segundos.
Pero recuperar aprendizajes requiere, ante todo, docentes capaces de hacerlos posibles. Necesitamos atraer y retener buenos docentes, fortalecer su formación, acompañarlos, reconocer el mérito y devolverles autonomía para enseñar, especialmente allí donde hacerlo es más difícil.
Tenemos demasiadas iniciativas y muy poca continuidad. Cambiamos autoridades, equipos y prioridades a una velocidad incompatible con los tiempos de la educación. Mientras la política educativa vuelve a empezar, los niños siguen creciendo.
Por eso debemos mirar la trayectoria completa de cada estudiante. Las dificultades que el PISA encuentra a los 15 años no comenzaron a los 15. Pueden haberse iniciado antes de entrar a la escuela, en la nutrición, el desarrollo del lenguaje y las oportunidades durante la primera infancia. Luego, los aprendizajes no consolidados se acumulan. El estudiante avanza de grado y la brecha avanza con él.
Esa trayectoria está también marcada por el territorio. En el Perú, las oportunidades educativas siguen dependiendo demasiado del lugar donde se nace. Nacer en una comunidad rural o amazónica no puede convertirse en una condena educativa. Descentralizar debe significar construir capacidades en los territorios, fortalecer escuelas, redes, UGEL y gobiernos regionales, y llevar mejores oportunidades donde las brechas son mayores. La educación debe corregir las desigualdades de origen, no reproducirlas.
El nuevo gobierno tiene una enorme responsabilidad: hacer de los aprendizajes una prioridad nacional. Pocas metas, claras y medibles; docentes fortalecidos; intervención temprana frente al rezago; recursos donde las brechas son mayores y responsabilidades claras desde el Ministerio de Educación hasta cada escuela.
Pero necesitamos algo más: un acuerdo que trascienda a un gobierno. Recuperar los aprendizajes exige continuidad, instituciones sólidas y una gobernanza capaz de sostener el rumbo. Los tiempos de la educación no son los tiempos de la política. Un niño que hoy no aprende no puede esperar al siguiente gobierno.
El PISA volverá a evaluarnos. Pero no deberíamos trabajar para mejorar un ránking. La verdadera evaluación ocurre cada día, cuando un estudiante comprende lo que lee, resuelve un problema, formula una pregunta y descubre que es capaz de aprender.
Eso, y no el PISA, es lo que debería quitarnos el sueño.
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