El turismo peruano frente al colapso climático

“La inacción nos costará millones de soles y la destrucción de miles de empleos. Adaptarse exige tejer redes de colaboración inmediata”.
(Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).

Conforme a los criterios de

Saber más

Seguimos planificando y vendiendo el turismo en el Perú como si el clima del planeta fuera una constante inalterable. Vivimos en una peligrosa desconexión con la realidad. Mientras la industria global observa con horror cómo el alza de la temperatura en el Caribe multiplica la furia de huracanes que erosionan playas y destruyen hoteles, en nuestro territorio los impactos ya no son una proyección futurista; son una realidad evidente y dolorosa. El motor económico de nuestras regiones se está apagando ante nuestros ojos debido a la crisis climática, y la respuesta institucional sigue atrapada en la inercia.

En los altos Andes, el retroceso acelerado de glaciares emblemáticos como el Pastoruri ha transformado paisajes idílicos en trampas mortales de aluviones y agrietamientos, elevando los accidentes de montañistas en la Cordillera Blanca. En los valles, lluvias extremas desatan huaicos recurrentes que bloquean el Camino Inca y la vía del tren a Machu Picchu, paralizando el corazón de nuestro patrimonio cultural.

Sin embargo, es en nuestro litoral costero donde la vulnerabilidad se ha medido con precisión matemática. Investigaciones en curso de la Universidad Científica del Sur, basadas en los avisos de la Dirección de Hidrografía y Navegación (DHN), revelan un aumento sostenido y estadísticamente significativo de “días con oleaje anómalo”. En puertos clave como el Callao y Paracas, la tasa de alerta oceanográfica se dispara entre 33 y 36 días adicionales por año.

Este incremento golpea directamente el bolsillo local. Los modelos estadísticos muestran que, por cada día de oleaje anómalo al mes, las Islas Ballestas en Paracas pierden 1,370 visitantes, mientras que las Islas Palomino en el Callao restan 24 excursionistas. La historia reciente demuestra que el peligro se agrava cíclicamente: en años neutros las alertas oscilan entre 25 y 50 días anuales, pero durante eventos de El Niño Costero Fuerte (como en 2016 y 2023) el mar agitado escala drásticamente a un rango de 120 a 150 días. En la última década, el sector marino-costero acumuló más de 670 días bajo condiciones adversas, lo que se tradujo en una pérdida económica directa superior a los US$ 33.7 millones por consumo no realizado y transporte náutico suspendido.

Ante este colapso, la resiliencia es una obligación urgente. Debemos migrar de la gestión reactiva de emergencias hacia una adaptación inteligente basada en cuatro pilares: diversificar la oferta con experiencias de “tierra adentro” cuando los puertos cierren; implementar sistemas de monitoreo que crucen datos turísticos con variables oceanográficas; integrar herramientas digitales de pronóstico climático para reprogramar reservas con 24 horas de antelación; y estandarizar protocolos de contingencia entre la DHN, SERNANP y los operadores para evitar la improvisación.

El colapso climático ya está alterando la geografía y los ritmos de nuestro turismo. No podemos seguir viviendo en la incertidumbre de si mañana se podrá navegar o si la Cordillera seguirá perdiendo sus nieves a costa de vidas humanas. La inacción nos costará millones de soles y la destrucción de miles de empleos. Adaptarse exige tejer redes de colaboración inmediata; si el mar se cierra en Pucusana, la alternativa debe estar lista en las Lomas de San Bartolo. El clima ya cambió, es hora de cambiar nosotros.

Más en Columnistas

El saldo de la primera batalla

Los nuevos sans-culottes en Francia

Contra la corriente

Hungría 1956: la libertad también tuvo una voz en el Perú

Piccolo Clemente hace historia, jóvenes pianistas destacan y Pataz sigue bajo fuego

1926: La niña criada por una loba

Contenido GEC

Contenido GEC

Contenido GEC