Keiko Fujimori parece tener muy presente el hecho de que no llegó al gobierno sola. Es decir, la percepción es que se necesitaron fuerzas políticas más allá del fujimorismo para llegar a la presidencia. Los endoses recibidos en las segundas vueltas a través del tiempo, claramente, han sido premiados a nivel de puestos en el Gabinete Ministerial.
El fujimorismo tiene muy presente el costo político que supusieron esos endoses. La transaccionalidad que ha caracterizado su accionar a nivel congresal se aplicó ahora también a la hora de armar un equipo de gobierno. Existe la percepción de que, sabiendo que dichas figuras políticas arriesgaban alienar a parte de su electorado o inclusive a aliados dentro de sus partidos políticos originales, el fujimorismo las premió, pagando el costo asumido posteriormente. Por ejemplo, durante la primera vuelta, actuales integrantes de su equipo ministerial le habían atribuido al fujimorismo pertenecer a un pacto infame, ser obstruccionista o promover “leyes procrimen”.
El fujimorismo también decidió premiar lealtades de partidos políticos históricos que, a pesar de tener mínima tracción electoral desde hace ya varias contiendas, siguen teniendo cuadros políticos individuales influyentes: figuras que con certeza conocen los tejes y manejes del poder o saben manejarse en escenarios adversos. Podemos pensar en designaciones de figuras que son parte de, o que cuentan con el beneplácito de, partidos políticos históricos como el aprismo o el Partido Popular Cristiano.
Asimismo, la política de los gestos podría inclusive extenderse a figuras políticas que ya no se encuentran en este mundo, pero cuyos herederos políticos sí. En el 2021, estas figuras cambiaron de postura y decidieron endosar al fujimorismo, asumiendo entonces no solo un costo político de aislamiento respecto a aliados pasados, sino también un costo personal: superar rencillas históricas ligadas a la aspiración frustrada de liderar el país. Ese gesto fue anotado por el fujimorismo en su momento, y hoy, aún sin confirmarse, podría traducirse en un premio para sus herederos.
Ahora la pregunta es: ¿la política de los gestos sale a cuenta? ¿La aritmética de las lealtades arroja un saldo positivo? Es decir, ¿apoyar a los aliados temporales, empoderarlos y asumir el pasivo político que conllevan sus errores beneficiará al gobierno en el largo plazo? ¿Escuchar a los aliados con posturas más moderadas es estratégicamente más rentable que tomar decisiones arriesgadas?
En los últimos días hemos visto críticas desde todo el espectro político en torno a la percepción de que este gobierno se maneja con miedo. Este miedo se refleja en la rapidez con la que cede en algunas materias y en su afán por preservar su coalición de poder el mayor tiempo posible. Es así que, para cierta parte del electorado, se diluye la promesa de un fujimorismo que ofrecía gobernar con mano dura. Dicho de otra manera, mientras el votante de la derecha buscaba que el gobierno fujimorista gobernara extrayendo el zumo ácido de la naranja, el producto en la práctica es un jugo surtido que para ese electorado resulta muy tibio. Y para la izquierda, cualquier esencia de naranja jamás iba a ser de su agrado.