La propaganda hollywoodense dice que los gremlins por fin regresan, pero los peruanos sabemos que eso no es cierto. Solo pueden regresar los que alguna vez se fueron y, aunque ausentes de la pantalla grande por cerca de cuatro décadas, los pequeños demonios que responden a ese nombre jamás dejaron de hacer sentir su presencia entre nosotros. Particularmente, en las inmediaciones de la Plaza Bolívar. La historia oficial sostiene que Spielberg se inspiró en un relato infantil de Roald Dahl para la creación de las criaturas de pesadilla que protagonizaron su éxito de taquilla de 1984, pero hay en ellas rasgos que sugieren que podrían tener un origen más bien local. Los gremlins, en opinión de esta pequeña columna, son tan anglosajones como chileno el pisco… Perdernos en ese debate, sin embargo, nos alejaría del propósito esencial de estas líneas: poner de relieve la persistente entraña vandálica de buena parte de nuestras representaciones nacionales. Así que, sin más, abordemos la materia. A ver, ¿cuántas veces a lo largo de las últimas décadas hemos escuchado al prójimo pronunciar la sentencia: “este es el peor Congreso de la historia”? ¿Y cuántas veces esos mismos heraldos del apocalipsis parlamentario tuvieron luego que retractarse? No porque hubieran descubierto tardíos méritos en los legisladores que antes condenaron, por supuesto; sino, porque sus sucesores mostraron pronto talento para extender las fronteras del envilecimiento de la labor legislativa. Violadores, “mochasueldos”, “niños” y otras especies de igual calaña han hecho del hemiciclo su hábitat desde hace más tiempo del que quisiéramos admitir, generando siempre la sensación de que habíamos topado con un límite. Pero quinquenio tras quinquenio, una nueva generación de destructores del equilibrio fiscal, los principios constitucionales y la mera decencia irrumpe en el edificio contiguo al Museo de la Inquisición para hacer de las suyas. Y todo indica que la que acaba de estrenarse no será la excepción.
No bien recabaron la inexplicable medalla que los certifica como congresistas, varios de nuestros nuevos representantes se encargaron, en efecto, de aclarar que no piensan dejarse amilanar por las performances de quienes los precedieron en el cultivo de la infamia parlamentaria. Lo bueno, además, es que hablamos de un terreno en el que la ansiada paridad de género se cumple. Diputados y diputadas se alternan rigurosamente en las conductas villanas; y así, a la denuncia sobre un padre de la patria pegalón, la sigue de cerca otra sobre una integrante de la cámara baja que alberga un taller textil ilegal en su casa… La comisión de Ética, como se ve, tendría que ser la auténtica comisión permanente del Legislativo. Pero, en fin, tampoco nos hagamos demasiadas ilusiones con respecto a los reflejos sancionadores de ese grupo de trabajo, pues en un futuro cercano podría terminar, como tantos otros en estos días, siendo presidido por un gremlin. O una providencial gremlina.
Se equivocan quienes todavía creen que la prohibición de la reelección era un remedio para este problema. Lo que tendría que haberse prohibido, en todo caso, es la reencarnación, porque, como dolorosamente constató la ciudadanía, los nombres podían cambiar, pero el alma depredadora permanecía flotando sobre los renovados ocupantes del hemiciclo. Y ahí permanece todavía. Son falsos por eso los anuncios sobre un retorno de los gremlins: sucede simplemente que nunca se fueron. Y nunca se irán mientras haya gente frívola dispuesta a votar por ellos sin siquiera haberse tomado el trabajo de averiguar antes quiénes eran. Individuos que luego salen a marchar por las calles vociferando que esos fulanos no los representan, sin percatarse de que, en el fondo, son parte del mismo fenómeno.
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