Después de mí, el diluvio; por Javier Díaz Albertini

“La meta a futuro es que todos los fiscales hagan tan bien su trabajo que ni lleguen a ser noticia”.
"Veo con preocupación que corramos el peligro de seguir personalizando la lucha a favor de la justicia y en contra de la corrupción". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Pedro Chávarry está lejos de ser la primera autoridad pública en darle poca importancia a las consecuencias de su comportamiento sobre la estabilidad política y emocional de una nación. Como muestra, he titulado esta columna con la expresión atribuida a Luis XV y su aparente despreocupación por lo que ocurriría una vez finalizado su reinado y las nefastas consecuencias que pagaría el pueblo francés.La práctica y el sentimiento de que nos importa un comino lo que pueda suceder se ha convertido en una costumbre perniciosa y perversa. Alan García nos dejó un país paupérrimo colmado de podredumbre y luego solo se limitó a reconocer que cometió “errores de juventud”. Errores que pagaron millones de peruanos y que produjo una generación perdida gracias a la desnutrición, el desempleo y subempleo, la pésima educación y peores servicios de salud. Alberto Fujimori nos dejó sin instituciones ni ética, con un forado de recursos que bien pudieron ser utilizados en políticas sociales y una población complaciente viviendo un pragmatismo inmoral campante. En el colmo del desprecio a nuestras instituciones, renunció cobardemente a distancia y años después solo se dignó a pedir perdón por “defraudar a algunos” compatriotas. No fueron algunos, nos embaucó a casi todos con el hurto de miles de millones e incontables violaciones a los derechos humanos.En los gobiernos de Alejandro Toledo, Alan García y Ollanta Humala, se aprovecharon del crecimiento económico y del credo reinante del “dejar hacer” para desviar fondos hacia fines inapropiados. Entregaron los recursos del Estado a intereses privados e, inclusive, crearon normativas específicas para beneficiarlos. Recibieron sin discriminar orígenes, total “money is money”, y la plata llegó “sola” de corporaciones nacionales y transnacionales, sectores informales, traficantes de toda índole (drogas, terrenos, personas), contrabandistas, cocaleros o mineros ilegales, sea para engrosar bolsillos propios, de sus partidarios o de sus redes corruptas. ¡Qué falta de capacidad ha tenido nuestro sistema político y la ciudadanía para sancionar y extirpar tanta sanguijuela!La brevedad de esta columna no me permite explayarme sobre las miserias de los otros poderes de Estado y su nula preocupación por el bienestar de los peruanos. Pero algo tengo que decir. Salvo dignas excepciones, muchos de nuestros congresistas representan a los sectores menos cívicos de la República: ‘robacable’, ‘comeoro’, ‘mataperro’, “por Dios y por la plata”, plagiadores, estafadores, falsificadores, comechados y vinculados a la prostitución. Sin voluntad y criterio propio reciben –además– instrucciones de ‘mototaxis’ y ‘boticas’ para cometer barbaridades. El partido con mayoría en el Congreso ha dedicado la mitad de su período, primero, a vengarse de su bochornosa derrota en la segunda vuelta, luego, a blindar a lo peorcito de nuestra escena pública y, por último, a legislar con nombre y apellido propio. Sobre el Poder Judicial solo me queda decir que por años ha sido considerada la institución más corrupta y menos confiable por los peruanos.¿Cuándo nos daremos cuenta de que las reglas de juego del sistema democrático deben plasmarse en instituciones sólidas que las viabilizan, promuevan y defiendan? Solo así evitaremos la facilidad con la que individuos de toda calaña se apropian de nuestros poderes de Estado. Hace más de tres décadas, escribí que “[U]n sistema político es institucionalizado cuando presenta medios más o menos regulados de ejercicio del poder, toma de decisiones y participación de los miembros de la sociedad en cuestión”. Por definición, la institucionalización es opuesta a la personalización porque la primera refleja regularidad, transparencia, formalidad y predictibilidad. Mientras que la segunda responde a capricho, opacidad, informalidad y eventualidad.Veo con preocupación que –más allá del repudio que genera Chávarry y de la simpatía y respaldo que reciben los fiscales Pérez y Vela– corramos el peligro de seguir personalizando la lucha a favor de la justicia y en contra de la corrupción. La reposición del equipo especial Lava Jato y la salida del fiscal de la Nación solo nos dan un respiro, una salida temporal a una crisis institucional. La meta en el futuro, sin embargo, es que todos los fiscales hagan tan bien su trabajo que ni lleguen a ser noticia. Es decir, que cumplir con el deber –a conciencia y eficientemente– no sea una escandalosa excepción.

Más en Columnistas

Contenido GEC

Contenido GEC

Contenido GEC

Suscríbete para tener acceso a este contenido.
Para seguir viendo el contenido que te gusta, adquiere uno de nuestros planes.
Por favor, regístrate para ver este contenido.
Completa tus datos para seguir leyendo noticias de tu interés.
Has superado el límite de páginas vistas.
Por favor suscríbete para tener acceso a contenido ilimitado.