“¿Cómo quebraste?”, pregunta un personaje de Ernest Hemingway a otro. “De dos modos. Gradualmente, y luego de repente”, responde el segundo. Este breve diálogo encapsula con claridad la manera en que los países entran también en problemas de liquidez. Al inicio los asuntos fiscales parecen temas menores, incluso suntuarios, pero luego llega una veloz ola de insolvencia y la resaca macroeconómica.
Pero ni el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) ni el Congreso parecen ser conscientes de la naturaleza de las bancarrotas. El titular de la primera entidad, el ministro Raúl Pérez-Reyes, mencionó en el Día 1 Summit de El Comercio que su ministerio propondrá un nuevo crédito suplementario este año. Dada la laxitud fiscal que también ha demostrado el Legislativo, este posiblemente lo apruebe. Es decir, el Gobierno podrá gastar más recursos este año de lo que se había presupuestado. A ello hay que sumarle el entusiasmo con el que ambos poderes impulsaron la norma que incrementa sustancialmente las transferencias a las municipalidades por un monto equivalente a dos puntos del IGV.
Durante el mismo evento, el ministro tampoco fue claro respecto de la preocupante trayectoria del déficit fiscal –por tercer año consecutivo, la distancia entre ingresos y gastos públicos será más grande que la autorizada por la regla fiscal original–, ni sobre la eventual observación de un nuevo retiro de los fondos de las AFP –asunto que también conlleva aristas fiscales–. De la norma de zonas económicas especiales, generosa en exoneraciones tributarias, no fue su eventual costo fiscal lo que dijo que había que corregir, sino otros asuntos menores.
En suma, al ministro Pérez-Reyes no le quita el sueño el eventual incumplimiento de lo que, en estricto, se podría decir que es su principal tarea: el equilibrio entre los ingresos y los gastos del Estado. Dos tipos de razones podrían explicar esta desatención. La primera es una sensación de invulnerabilidad de la fortaleza fiscal, heredada de décadas de disciplina en el MEF, que transmite el erróneo mensaje de que ahora se puede ser poco frugal y no hay consecuencias. La segunda –más pedestre– es el aprovechamiento político que pone por encima los intereses del Gobierno, del Congreso, de los alcaldes, de algunos grupos empresariales, y de cualquier otro sector organizado, a los intereses de la población y el Estado. La bancarrota llega despacio, pero después de repente.
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