¡Que vivan los sicarios, Urresti!, por Enrique Pasquel
¡Que vivan los sicarios, Urresti!, por Enrique Pasquel
Enrique Pasquel

“En un 90% las víctimas del sicariato son delincuentes. Entonces, ¿a quién debe preocupar el sicariato con esa estadística, ‘pe’? ¡A los delincuentes! ‘Je’, al poblador común no le preocupa mucho el sicariato”.

Estas palabras nos regaló ayer el avispado ministro Daniel Urresti cuando se pronunció sobre el asesinato cometido por sicarios el domingo en el restaurante Rincón Gaucho en Barranco. El sicariato, según quien lidera la seguridad ciudadana en este país, es problema de los criminales, no de los ciudadanos honrados. 

No termino de entender el proceso psicológico que le impide a Urresti advertir que a todos nos preocupa que la gente se agarre a balazos en las calles o en los restaurantes. Para empezar, porque eso pone en riesgo nuestra vida, como sucedió con el dueño del Rincón Gaucho, que fue herido en la balacera. O porque este fenómeno es síntoma de que crece el crimen organizado que sí ataca directamente a la ciudadanía. O porque no queremos vivir en una sociedad donde manda quien contrata asesinos a sueldo. O porque el simple hecho de que se mate a un ser humano, cual perro, de siete balazos en la vía pública merece el repudio de todos y la preocupación del Estado, sin importar si la víctima es un criminal o no. 

Para Urresti, sin embargo, esta no es una preocupación ciudadana ni estatal. Estuvo a un paso de sugerir: “¡Que vivan los sicarios que nos ayudan a exterminar a los criminales!”.

A la miopía moral y práctica que revelan las últimas declaraciones de Urresti se suma su populismo policial a tiempo completo. Hasta cuando atrapan a un pirañita aparece en nuestras pantallas para dar la impresión de que es el Batman de esta Ciudad Gótica. Incluso, no tuvo empacho en cancelar una importante reunión con la ministra de la Mujer para figuretear presentando al capturado viudo de Edita Guerrero. 

Otra prueba de su populismo es su tendencia a anunciar gestas policiales impresionantes, pero inverosímiles. Dijo, por ejemplo, que durante su primer mes se decomisaron 56 toneladas de droga, a pesar de que eso no era lo que corroboraban las actas del decomiso y que ello habría supuesto que nueve policías, en tan solo cuatro horas, pudiesen contar y desplantar 15 mil plantones de marihuana. También sostuvo que se habían inmovilizado más de 24 millones de pies tablares de madera ilegal, lo cual resultaba increíble, pues supondría que la policía habría incautado en un solo golpe una cantidad de madera equivalente a aproximadamente la mitad de la producción maderera anual del país. De manera similar, afirmó –sin mayor sustento– que durante el último año se detuvo en promedio a 438 delincuentes y se desarticularon 13 bandas diarias (¿cuántos cientos de miles de criminales existen entonces en el Perú?). Urresti, además, con tal de protagonizar una noticia importante, no tuvo problemas en confundir 400 kilos de coca con 138 kilos de yeso y atribuirles su propiedad a un candidato de la oposición. Cuando se enteró del error, tampoco tuvo problemas en ocultarlo. Pero la prensa lo descubrió.

Por lo demás, hasta hoy no ha iniciado una sola reforma de fondo y prefiere plantear medidas absurdas para luchar contra el hampa, como prohibir las lunas polarizadas o que los civiles tengan armas (como si los delincuentes las obtuviesen legalmente).

Urresti, encima, enfrenta un proceso por crímenes de lesa humanidad, pues es acusado del homicidio del periodista Hugo Bustíos Saavedra en 1988.

¿Este es el ministro del Interior que nos merecemos? Él será interpelado el jueves 23. Para mí es claro: Urresti debe irse.