Vino, venció y coimeó: un perfil de Alejandro Toledo

La aventura del ex mandatario en la política es una montaña rusa. Escaló hasta la presidencia y cayó en la debacle judicial

Vino, venció y coimeó: un perfil de Alejandro Toledo

En su campaña del 2011, Alejandro Toledo volvió a cruzar el puente fronterizo entre el Perú y Brasil en la Interoceánica Sur, como si hubiera razones de la patria para reivindicar la sobrevalorada carretera. (Foto: Perú Posible)

Fernando Vivas

Así como la muerte de un desahuciado no deja de doler; la confirmación de una sospecha no deja de indignar. Alejandro Toledo estaba en el entrecejo público desde el 2013, cuando conocimos su desbalance patrimonial de flamante mansión en Las Casuarinas, oficina inteligente en Surco y logo familiar registrado en Costa Rica: Ecoteva. ¿De dónde pecata mía si no del paso por el poder?

Su primera coartada alimentó no solo la gran sospecha, sino la nueva imagen clownesca que se venía forjando: dijo que su suegra Eva Fernenbug, titular de Ecoteva, hizo fortuna con la reparación que cobró por ser víctima del ‘holocaustro’ [sic]. Unas temporadas después, en la campaña del 2016, se prodigó en jocosas performances que nos distrajeron de denuncias periodísticas y trascendidos del Caso Castillo de Arena (la presunta coima de Camargo y Correa); pero sepultaron a su candidatura varios metros bajo tierra. Hasta respondió a una entrevista con guturales monosílabos, delatando más porcentaje de alcohol en la sangre que su magro 1,07% de votos en primera vuelta.

Arrinconado, se topó accidentalmente con la verdad y la masculló a medias: que su amigo Josef Maiman aportó el dinero. Porque sí, porque le sobraba y porque le dio la gana; había que agregar ante la falta de detalle. El ex presidente se defendía con el mismo aire de cómica inimputabilidad con el que respondió el último viernes por la noche a la llamada de Graciela Villasís de El Comercio.

La presencia invasiva y a veces hostil de la primera dama Eliane Karp fue un factor de desaprobación para Alejandro Toledo. (Foto: El Comercio)

—¿Cómo empezó todo?—
Aunque el propio Alejandro no es una fuente confiable para hablar de sí mismo, es autor de una autobiografía de cierta coherencia. “Las cartas sobre la mesa”, publicada como herramienta promocional de su primera candidatura presidencial en 1995, es el sobrio relato de un esforzado ancashino (nació en el caserío de Ferrer, cerca de Cabana, en 1946),  que migró muy niño a Chimbote junto a su numerosa familia y,  en su adolescencia, gracias a unos voluntarios del Peace Corps, consiguió apoyo para estudiar en la Universidad de San Francisco. Jugando fútbol en la selección universitaria pudo mantener su beca y coronar su educación con una maestría y un doctorado en economía de la educación en la Universidad de Stanford. Allí conoció a Eliane Karp, con quien se casó en 1972.

La comparación de aquella autobiografía con las pesquisas que muchos hicimos sobre su vida permite confirmar su ambición y su mitomanía. No queda claro que haya sido lustrabotas como se solía jactar en campaña; pero sí queda claro que mintió cuando, en la tercera candidatura, la del 2001, dijo que su madre murió en el terremoto de mayo de 1970. La verdad, relatada dramáticamente en el libro de 1995, es que había muerto meses después del terremoto, víctima de una enfermedad.

Tampoco es cierto, para comprobar que el engaño es un rasgo fundamental de su ascensión política, que acompañara buen rato a la oposición a Fujimori. En verdad, en 1999, siendo un precandidato de poco impacto, prometió construir “el segundo piso del fujimorismo”, mientras opositores como Alberto Andrade, Luis Castañeda, apristas, pepecistas e izquierdistas, sufrían los embates de la prensa comprada por Montesinos y Fujimori. Recién en el verano del 2000 montó sobre la ola y, con mucha energía, lideró la coalición antifujimorista. Tras impedir que ‘El Chino’ consumara un triunfo en primera vuelta, se replegó y tuvo una conducta errática hasta que Fujimori ganó en segunda vuelta. Sin embargo, renovó su capacidad de liderazgo y convocó a la Marcha de los Cuatro Suyos.

El 28 de julio del 2000, gaseado y alterado, Alejandro Toledo lideró la Marcha de los Cuatro Suyos. (Foto: El Comercio)

Más que la pequeña épica cuatrisuyana, fue el video Kouri-Montesinos el que apuró el desenlace democrático. Durante los ocho meses de transición al mando de Valentín Paniagua, Toledo armó su tercera y triunfal candidatura. El cuento del ‘cholo terco’, del ‘error estadístico’, del ‘milagro de la educación’, fue más popular que la mala imagen que le cosechó el rechazo de su hija Zaraí, a la que finalmente reconoció siendo presidente.

Alejandro Toledo, con su débil partido Perú Posible, convocó un Gabinete de tecnócratas independientes como Pedro Pablo Kuczynski, tuvo aliados de izquierda y derecha y cosechó el sentimiento antifujimorista. El descenso en su popularidad, hasta llegar a niveles de aprobación de un dígito, se debió a una mezcla de razones políticas con su hedonista personalidad: protestas generadas por promesas incumplidas, sobre todo en Arequipa; actos de corrupción protagonizados por sus familiares; conducta hostil e invasiva de su esposa Eliane Karp –¡ya había amenazado en campaña a quien se metiera con su “cholo sano y sagrado”!– y trascendidos de francachelas en Palacio y en sedes de gobiernos ajenos.

Que Alan García heredara su carpeta de megaproyectos (entre ellos, la carretera de las coimas) y Humala lo tuviera de aliado explican que sobreviviera a dos nuevas candidaturas antes del destape fatal.

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