Las cosas podrían haber salido muy mal en las elecciones del Congreso de este año; podríamos haber tenido una fragmentación extrema, con partidos muy precarios e improvisados, que sirvieron como vehículos para personajes con agendas particularistas, con la consiguiente dificultad para construir mayorías, o aún peor, con la formación de mayorías alrededor de la defensa de intereses informales o ilegales, algo similar a lo ocurrido en el Congreso 2021-2026. Podríamos también haber tenido un Congreso con fuerzas oficialistas o de oposición con mayorías claras, con lo que o tendríamos cierto autoritarismo del Ejecutivo, o una oposición capaz de obstruir y paralizar al Ejecutivo, o de someterlo, sin asumir las responsabilidades del gobierno.
Al final, tuvimos un resultado bastante razonable: una suerte de empate en el Senado (que tiene el poder de definir nombramientos de altos funcionarios en diferentes organismos autónomos) entre fuerzas de derecha y de izquierda, o si se quiere, oficialistas y de oposición, y una ligera mayoría opositora en la Cámara de Diputados, pero donde fuerzas más ubicadas hacia el centro político tienen la capacidad de terminar inclinando la balanza. Esto genera incentivos para procesos de diálogo y negociaciones que permitan tanto cierta eficacia y estabilidad gubernativa (a cambio de renunciar a agendas maximalistas), así como mayor legitimidad en la actuación de la oposición (siempre y cuando sepa transmitir una imagen propositiva, de firmeza y de control al Ejecutivo, sin caer en un obstruccionismo y sin perder su independencia).
Para esto se requiere de un manejo político bastante fino. Tenemos en los extremos de la representación a Renovación Popular y Juntos por el Perú. El primero puede obtener mucho poder sirviendo de respaldo al gobierno, pero al mismo tiempo requiere distinguirse de este, para no desgastarse. El oficialismo tiene que consolidar ese respaldo, pero al mismo tiempo no hasta el punto de impedirle tender puentes hacia las fuerzas del centro. El gobierno tendría que ocupar un espacio de centro-derecha para poder gozar de cierta estabilidad. En cuanto a JP, la apuesta parece estar en ganar el espacio de la oposición “consecuente” frente al gobierno, para así capitalizar su desgaste en las franjas más contestatarias del electorado, en particular el sur andino. Pero el gobierno, si contara con los votos de RP, no necesitaría de los votos de JP; para poder construir mayoría, necesita entenderse con las fuerzas de centro-izquierda. Para esto necesita crear una agenda, realista, establecer claramente prioridades, definir qué batallas necesita librar y cuáles no valen la pena.
Las negociaciones en torno a las facultades legislativas han sido una primera pulseada, un primer ejercicio de los actores en los roles que les toca desempeñar. Tras la presentación de una propuesta excesivamente ambiciosa y no bien fundamentada, se impuso cierto realismo que permitió la aprobación de Diputados. Está por verse cómo se manejará la relación entre diputados y senadores, pero ha quedado claro que sería muy temprano y temerario pretender imponer el criterio de los segundos sobre los primeros. Otra lección que debe sacar el gobierno de esta experiencia es que debe fortalecer sus capacidades de gestión como Ejecutivo, independientemente de lo que pase en su relación con el Congreso. Hay mucho que puede y debe hacer, pero esa agenda todavía no aparece del todo.
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