Un abandono sostenido

El caso del Liceo Naval Almirante Guise no es un hecho aislado: es la consecuencia previsible de un Estado que ha dejado a la infancia a su suerte frente a la violencia escolar.
Bullying el problema con los escolares

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Lo más perturbador del caso que sacude al Liceo Naval Almirante Guise del que comentamos ayer en estas páginas no es solo su crudeza, sino la naturalidad con que pudo ocurrir. El martes pasado, un estudiante de 16 años fue víctima de una agresión sexual cometida por sus propios compañeros dentro de un bus que los trasladaba de regreso de una competencia deportiva. Dos entrenadores iban en el vehículo. Nadie, se dice, se percató de nada. Difícil de creer.

Semejante hecho no brotó de la nada. Es la punta más visible de una violencia que crece a la vista de todos y que las autoridades contemplan con una parsimonia que ya es negligencia. Entre enero y agosto, el SíseVe contabilizó 1.183 reportes de violencia sexual entre escolares: 77 de ellos clasificados como violación, es decir, uno cada tres días. Siete de cada diez casos ocurren en secundaria; el ciclo que justamente debería formar y proteger.

La cifra no es nueva ni excepcional. En el 2024, se registraron 185 violaciones sexuales entre estudiantes y 181 al año siguiente. No estamos, pues, ante un repunte aislado, sino ante una constante que se repite con la paciencia de lo crónico. El Estado responde tarde, cuando ya hubo una víctima, sin prevención que merezca ese nombre; los colegios, en tanto, detectan poco, comunican tarde y a veces prefieren no ver.

Lo que llama la atención –y lo que resulta inadmisible– es la poca atención que el país le presta a este fenómeno. Cada denuncia provoca un estremecimiento breve y luego el silencio, hasta la próxima tragedia. El ‘bullying’ y el acoso no son travesuras de patio: son el caldo de cultivo de hechos que desembocan en la barbarie. Que un plantel, e incluso dos adultos a bordo de un bus, no haya podido prevenir ni advertir lo ocurrido demuestra hasta qué punto la prevención sigue siendo una promesa sin contenido.

La exigencia no admite dilación. Se necesitan protocolos reales de prevención, adultos vigilantes en cada actividad y, sobre todo, la voluntad de sancionar sin matices a quienes miraron para otro lado. Un estudiante que sufre un abuso sexual en un bus escolar no es una estadística: es el precio que pagamos por un abandono que no podemos seguir sosteniendo.

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