Quienes visitan París y pasan por la Plaza de la Bolsa experimentan un cierto sobresalto al ver a una muchedumbre que, bajo el pórtico del sólido edificio construido en 1809, gesticula, corre de un lado para otro y consulta con avidez las pizarras donde se trazan con tiza las diversas cotizaciones. Primero creen que se trata de una alteración del orden público y luego caen en cuenta de que están frente a la bolsa, templo de las transacciones importantes. La agitación se ha acentuado por la tensión financiera que se ha traducido en una profunda depreciación de la divisa nacional.
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