La ciudad que se encoge

“Una vivienda no es solo un lugar donde uno duerme. Es donde se trabaja, se descansa y se construye vida”.
(Ilustración: Giovanni Tazza).

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¿En qué momento empezamos a aceptar que vivir con menos era normal?

Cada vez que uno entra a un departamento nuevo en Lima, la sensación se repite: todo cabe, pero apenas. La sala se convierte en comedor, el dormitorio en oficina y, a veces, un solo ambiente termina resolviendo toda la vida diaria. No es una excepción, es una nueva forma de habitar la ciudad.

No es solo una percepción. En abril del 2025, el Ministerio de Vivienda elevó a 40 m² el metraje mínimo para la vivienda de interés social. No es un detalle técnico: es el reconocimiento de que algo no estaba funcionando. Ya no se trata solo de construir más, sino de preguntarnos cuánto espacio es realmente suficiente para vivir.

Y, sin embargo, la realidad va en sentido contrario. Los departamentos más pequeños son los que más se venden. No porque sean mejores, sino porque son los únicos que muchas personas pueden pagar. Lima no se está quedando sin espacio, se está reduciendo por dentro. Hay una diferencia entre adaptarse y acostumbrarse a perder espacio, privacidad y calidad de vida sin cuestionarlo.

La densificación no es el problema. Lima necesita crecer en altura. Pero cuando ese crecimiento no viene acompañado de espacios comunes, ventilación, iluminación o relación con el entorno, deja de ser ciudad y se vuelve solo acumulación.

Porque una vivienda no es solo un lugar donde uno duerme. Es donde se trabaja, se descansa y se construye vida.

Lima no necesita dejar de crecer. Necesita empezar a crecer mejor.

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