Domingo, 1 de octubre de 2006
Cine: A espaldas de Cristo

Ricardo Bedoya
Madeinusa

Desde el inicio de Madeinusa, el logrado primer largometraje de Claudia Llosa, se delimitan el tiempo y el espacio. Todo conduce al poblado andino de Manayaycuna. Son las horas previas al Viernes Santo y se espera el espacio mítico del "Tiempo Santo", cuando Cristo muerto ya no pueda ver el desafuero colectivo. En el pueblo, está la casa del alcalde Machuca (Ubaldo Huamán), donde vive con sus dos hijas, una llamada Madeinusa (Magaly Solier), y la otra Chale (Liliana Chong). La madre se fue a Lima un año atrás. Desde afuera, la casa está cercada por ratas, y desde adentro, por tensiones que van a estallar pocos días después.

Las imágenes de fondo resultan idílicas. Las lagunas y paisajes de la cordillera blanca son el marco de la historia, pero lo que cuenta de verdad son las tensiones y confrontaciones en torno de la familia Machuca, donde hay víctimas y verdugos, vírgenes y criminales, en roles intercambiables. Porque más allá de la trama elemental, impulsada por el objetivo de la protagonista de viajar a Lima, lo que mueve la acción dramática de la película es una intrincada trama de transacciones, intercambios y correspondencias; un "doy para que des" de favores sexuales, promesas, bienes, servicios, lealtades, agresiones y traiciones. "Te hago virgen y dame la primicia de tu virginidad", puede decir el alcalde; "Tengo los aretes a cambio de perdonar el abandono materno", puede pensar Madeinusa; "Tenme vestida de virgen, a cambio de que me lleves a Lima", es el pedido que recibe Salvador (Carlos Juan de la Torre); "dame tu trenza y toma mi silencio", podría decirle Chale a su hermana; "antes de fornicar con mi mujer te corto la corbata", se dicen entre sí los hombres del pueblo; "llévale cualquier ofrenda a la virgen pero déjame a Madeinusa", es el pedido del alcalde a Salvador. "¡Muere pronto, y muere ya, que queremos treinta y nueve horas de libertad!", es el pedido de Manayaycuna a Cristo en un Jueves Santo de impaciencias.

Fábula oscura

Es una trama de contratos voluntarios o forzosos, a veces perversos, sobre los que se sostienen la ficción de la película y el poder de Manayaycuna. Un poder que vuelve natural el ejercicio del incesto, la impunidad y el crimen. Madeinusa es una fábula de tintes oscuros, que inventa un lugar de los Andes con reglas y ritos propios, que no excluyen la crueldad. La película no aspira al verismo del documento o del registro antropológico, sino a la verosimilitud de la ficción. Siendo una construcción imaginaria, la ficción de Manayaycuna resulta tan legítima como la idealizada Arcadia indigenista o la épica del campesinado en armas y los Andes enrojecidos de la ficción de los setenta.

Los mejores momentos de Madeinusa transcurren en interiores y entre mujeres solas. Los diálogos iniciales entre las hermanas, o la preparación del vestido de la virgen y la conversación con la tía, tienen una cualidad especial: son susurrados. Ese hablar en voz baja potencia el verdadero tono de la película, su clima soterrado, de hechos ocultos mirados desde un umbral o por el  ojo de una cerradura, de secretos escondidos por la situación misma y por el abigarrado mobiliario, de valores plásticos notorios y que logra una paradoja expresiva: los tributos religiosos, ángeles, estatuas, trofeos, una lata de Coca Cola, objetos de devoción de iconografía ingenua, a pesar de sus colores vivos, se convierten en elementos del escenario de un cuarto de castigo, de una celda de horror y miedo en los momentos finales del filme. De igual modo, la fiesta de Tiempo Santo, que supone la liberación carnavalesca de todas las represiones, no es expansiva ni jubilosa, más allá de algunos breves planos del baile. La vemos y oímos filtrada a través de la ansiedad de Madeinusa y desde su encierro. Está allí, en un segundo plano, sonando a lo lejos, como un carnaval que no se puede vivir con tranquilidad, porque junto con los deseos se liberan las culpas.

Primeros planos

Las imágenes más sugestivas son las filmadas de cerca, en primeros planos, para mostrar los detalles de ese pequeño mundo asediado, que encuentra su doble o símil en animales: piojos, insectos o ratas que mueren y nacen como representación de un universo a la vez elemental y depredador. "Papá... papito ... tu caldo de gallina...", la línea central de la película, dicha por la impecable Magaly Solier, en primer plano, no sólo es la introducción al acto que libera a Madeinusa de esa fatal red de intercambios y pactos que mencionamos antes, sino que la ubica en ese medio y en su fatal herencia: ella también es cruel y depredadora, aun cuando la mirada de la directora muestre tanto una soterrada indignación por las condiciones de su vida, como una evidente ternura hacia el personaje.

Madeinusa tiene un defecto flagrante: la presencia de Salvador, un personaje teórico, inconsistente, de papel, y no sólo por la debilidad del actor. Su rol, siendo importante como catalizador de la acción, es explicativo, retórico, y roza el estereotipo. Cuanto más importantes y largas son sus intervenciones -hacia la mitad de la película-, menos tensas y logradas son las secuencias.

Madeinusa descubre a una cineasta de verdad, Claudia Llosa.


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