Julio Guzmán, qué difícil es ser outsider; por Carlos Meléndez

Preparó su proyecto desde hace 2 años. Logró hacerse de partido ya inscrito y elaborar plataforma que recuerda a ‘PPKausas’

Julio Guzmán, qué difícil es ser outsider; por Carlos Meléndez

Julio Guzmán subió al quinto lugar en las encuestas publicadas esta semana por CPI y Datum. (Foto: Dante Piaggio/El Comercio)

Hace dos años, un anónimo economista rondaba cafés y oficinas universitarias compartiendo su sueño con sus interlocutores: ser el próximo ‘outsider’ de la política peruana y ganar las elecciones del 2016. Había elaborado artesanalmente un discurso político motivador: el país no necesita “incluir”, sino “integrar”; no se trata de dos realidades polarizadas (lo que supone el primer término), sino de una comunión (que sugiere el segundo) basada en una esquiva identidad nacional.

Por entonces, este aspirante creía firmemente en un partido propio –que se llamaría Movimiento Integración–, ensayaba un símbolo –el torito de Pucará– y aguardaba el empujoncito que Gastón Acurio –una suerte de “garante” mediático– podría darle a su candidatura luego del lobby respectivo. “Los peruanos esperan un nuevo candidato, joven, técnico, que venga de abajo –citaba referencias de encuestadores–. Yo cumplo ese perfil”, sustentaba. 

Por entonces, el camino hacia Palacio se fundaba más en una utopía que un plan de acción, sobre todo si se consideraba la carencia total de experiencia en política electoral de nuestro protagonista. Dos años después de aquel verano, en el que muchos lo creyeron ingenuo o loco, Julio Guzmán pasa por su mejor momento. Ha dejado atrás al pelotón de “enanos” y ha alcanzado una popularidad similar –si consideramos el margen de error– al de dos ex mandatarios.

¿Cómo surge este inesperado retador del establishment político a cuyos integrantes etiqueta de “dinosaurios”? ¿Cuán difícil es convertirse en el ‘outsider’ del 2016? El breve camino político de Guzmán ha sido intenso, pero ni en las circunstancias más difíciles perdió la fe en sí mismo. Ese es el primer ingrediente de la poción mágica que, al menos por ahora, lo ha elevado a las portadas de la prensa. 

Un cheque en blanco sin fondos
En marzo del 2014, el dilema de Julio Guzmán pasaba por el partido propio (Movimiento Integración) o el “vientre de alquiler”. En sus reuniones con politólogos y analistas –se dice que también habría viajado a Harvard para sostener reuniones privadas con peruanistas de esa casa de estudios– evaluaba los pros y contras de dicha decisión. Debido a la escasez de recursos económicos, terminó por descartar la primera opción, así que empezó a considerar aproximarse a organizaciones ya inscritas. Había echado el ojo a Acción Popular y a Unión por el Perú. Todos por el Perú (TPP) ni siquiera estaba en su radar. 

Varios le aconsejaron aproximarse a dicho partido tecnocrático, una suerte de SODE posreforma de ajuste. TPP había naufragado milagrosamente a las estrepitosas derrotas de las alianzas electorales en las que participó – Unidad Nacional en el 2001, el Frente de Centro en el 2006 y con Solidaridad Nacional en el 2011– y se habían quedado con un activo incómodo –una inscripción partidaria vigente– para los planes personales de sus integrantes decepcionados del trajín político, algunos de ellos asociados a la consultora Macroconsult.

Guzmán calzaba perfectamente con el perfil del “militante” promedio de TPP: economista interesado en asuntos públicos, con el bichito de la política rondando. Aunque la relación con los apoderados de TPP no era necesariamente entrañable (apenas se conocían), el acuerdo fluyó fácilmente. Julio Guzmán necesitaba un partido inscrito y en TPP predominaba el pesimismo sobre la continuidad del proyecto político. Era un equilibrio perfecto, un escenario win-win. 

“Julio, aquí te damos un cheque en blanco, pero recuerda que es un cheque sin fondos”, le dijo uno de los históricos miembros de TPP a Guzmán cuando le cedieron la posesión del partido. Aunque al inicio Guzmán invocó a muchos de quienes habían pasado por el activismo de este partido, en el mejor de los casos consiguió que algunos participaran como observadores o “militantes de base”. No hubo grandes continuidades y rápidamente el partido tomó la arista personalista de un aspirante a ‘outsider’.

Aunque Julio Guzmán ha señalado que se siguieron procedimientos de democracia interna para la “transferencia generacional de liderazgo”, en la práctica le cayó del cielo un partido en orden, con prestigio, honrado, sin anticuerpos y sin dueños caudillistas. ¿La suerte del campeón? 

‘Believers’
Entre noviembre y diciembre del 2015, la candidatura de Guzmán pasó por su peor momento. “No tenemos plata, hermano, así es difícil que nos conozcan fuera de Facebook”, confesaba uno de los encargados de la movilización juvenil en Lima. Muchos de los analistas, periodistas y técnicos que animaron a Guzmán a la empresa más difícil de su vida empezaban a tomar distancia. Los amigos aportantes –la mayoría a título personal antes que empresarial– cortaban el caño.

Para muchos resultaba vergonzoso ser identificados con un candidato que, a inicios de diciembre, figuraba con 0,4% (según Datum). Solo quedaban aferrados a la esperanza el núcleo de confianza del candidato –otros tecnócratas cuarentones del ‘Sanhattan’ limeño– y la red de jóvenes universitarios y profesionales que había articulado en Lima y Arequipa, principalmente. “Son unos ‘believers’, hermano”, se- ñalaba un cercano a Guzmán al hablar de sus bases juveniles. “Julio no sale de ‘otros’ (en las encuestas), pero estos muchachos siguen ahí”. 

Quizá sin saberlo, Julio Guzmán había despertado mística entre sus jóvenes seguidores. Hay un elemento de identificación sociológica entre el candidato y sus ‘believers’. En diciembre, me invitaron a dar una charla sobre historia electoral a unos cuarenta ‘jóvenes morados’. La gran mayoría provenía de distritos emergentes, con padres o abuelos migrantes, y estudiaban en universidades (públicas y privadas) de prestigio consensuado.

“No hay ninguno de la Vallejo”, dijo entre bromas uno de los asistentes. Se reconocían en la historia de Guzmán, desde su origen popular (casa materna en San Martín de Porres) hasta la aspiración del profesional competitivo (socio de Deloitte). Además, creen en el mito de la educación “sin estafas”. Así se entiende mejor el posicionamiento del candidato presidencial en los temas referidos a la promoción del talento y a la reforma universitaria: Guzmán les hablaba a sus ‘believers’. 

El entorno que dirige la campaña comparte esta fe – más reflexiva, menos sentimental– en la candidatura de Guzmán. Se trata –la gran mayoría– de tecnócratas que bordean los 40 –muchos economistas–, con un pie en el máster en el extranjero y el otro en la consultora sanisidrina, quienes suman masa crítica al proyecto. El economista Edmundo Beteta se puso al hombro la elaboración programática desde el inicio. Hoy, él y Rudy Bezir son claves en lo referido al plan de gobierno. Carolina Lizárraga aporta su experiencia en lucha contra la corrupción.

Los jales más “tíos” –Francisco Sagasti y Daniel Mora– abren nuevos espacios –la cooperación internacional y la tecnocracia educacional– a los que no accedía con facilidad el candidato. Además, se mantienen vínculos claves con redes profesionales peruanas en el extranjero. Aunque guarde reminiscencias con los ‘PPKausas’ del 2011, TPP es más modesto en términos de recursos pero más sofisticado en reflexión. 

Los dinosaurios van a desaparecer
Cuando Carlos Iván Degregori escribió “Qué difícil es ser Dios”, buscaba entender el caudillismo mesiánico que maléficamente había erigido Abimael Guzmán. Esa combinación de religión, revolución y muerte era un signo totalitario de la política del siglo XX. En el siglo XXI, otro Julio Guzmán intenta representar la utopía política peruana contemporánea, aunque más mundana, igual de efectiva en términos de alcanzar el poder: la de convertirse en el ‘outsider’ antiestablishment que desaparezca de una vez por todas a los “dinosaurios” políticos. Pero en la actualidad más que conquistar la devoción de los peruanos, lo que se intenta es capitalizar el descontento. 

Guzmán es el ‘outsider’ de estas elecciones (su paso por la administración pública no le sumó capital político). Pero no todos los ‘outsiders’ son elegidos. Hasta antes de las encuestas de esta semana, Guzmán sufría para conseguir entrevistas en televisión y su equipo buscaba el endose de alguna figura mediática para acortar la brecha de desconocimiento público, que es su principal debilidad por ahora.

Su salto en las encuestas y el abrazo con Efraín Aguilar lo ayudarán a que le abran más puertas de financistas y de hogares en sectores populares. Pero también llegará el escrutinio de su vida familiar y profesional que lo pillará sin escuderos. ¿Cuán real es su conexión con la comunidad judía de la cual se especula a partir de su actual esposa estadounidense que pertenece a dicho grupo? ¿En qué andan sus 11 hermanos? Recuerden que los ‘outsiders’ pueden ser más fáciles de desaparecer que los dinosaurios.

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