Las primeras monedas de la historia pertenecieron al reino de Lidia, en lo que es hoy Turquía, hacia el siglo VII a.C. La invención ofrecía una manera conveniente de guardar valor, calcular precios y pagar, lo que motivó que fuera rápidamente copiada por los griegos poco después. La magia que inesperadamente encontraron era que, mientras más gente adoptaba un sistema de pagos eficiente, más útil se volvía este para todos, más innovaciones financieras se tejían a su alrededor, y más se desarrollaba la sociedad.
En el libro “Dinero: la fuerza que mueve el mundo”, el economista David McWilliams quizá exagera un poco cuando vincula una serie de grandes momentos históricos –como la Edad Media o la Revolución Francesa– al sistema monetario vigente en cada momento, pero sin duda tiene razón al señalar que la manera en que el dinero se crea, se intercambia, se guarda, se presta y se invierte ha marcado el ritmo de numerosas civilizaciones.
El mundo ha entrado ahora en una nueva etapa de pagos digitales, y el Perú es uno de los países en los que esta revolución toma más fuerza. Según publicó hace unos días el Banco Central de Reserva del Perú (BCR) en el “Reporte del Sistema Nacional de Pagos y del Sector Fintech”, durante la primera mitad de este año los pagos digitales superaron por primera vez los dos pagos diarios por adulto en el país.
La cifra es enorme y un testamento a la rapidez con la que esta tecnología ha avanzado. Hace apenas 10 años, un peruano promedio hacía 29 transacciones digitales al año –la mayoría con tarjeta de débito, crédito, o transferencias bancarias–. Ahora se hacen 767. De estas, 575 son pagos con alias, como Yape y Plin. Es interesante notar que el monto promedio de los pagos con alias ha ido cayendo con los años –conforme se masifica su uso– y hoy la transferencia promedio es de S/45, mucho menos de lo que cuesta un pollo a la brasa.
Más allá del monto promedio, el número de operaciones digitales creció en casi 40% entre el primer semestre del 2025 y el del 2026. Parte de esta notable expansión se debió a un esfuerzo del BCR por impulsar la interoperabilidad del sistema –principalmente, que se puedan hacer pagos entre distintas entidades financieras– y promover así la innovación, competencia y eficiencia.
Uno podría pensar que este dinamismo marca el fin eventual del circulante, es decir, de los billetes y monedas. Curiosamente, por ahora nada de esto ha significado que el dinero en efectivo deje de ser utilizado. Todo lo contrario. En lo que va del año, el circulante ha crecido en más de 15%, sobre todo por la demanda de billetes de S/100 y S/200. A ese ritmo, la base de billetes y monedas se duplicaría en cinco años, Yape o no. Si bien las causas de esta expansión no son evidentes, es posible que estén asociadas al avance de las economías informales y –en menor medida– de las economías ilegales. Al tener acceso limitado al sistema de ahorros bancarios, no llamaría mucho la atención que grandes cantidades de efectivo se estén guardando hoy bajo el colchón, en sobres de manila, o en bolsas negras de basura. En cualquier caso, es claro que –en economías como la nuestra– el tradicional efectivo convive ahora cómodamente con una irrupción de los pagos digitales, cada uno atendiendo necesidades específicas de sectores diferentes.
De hecho, las diferencias entre poblaciones sí son significativas. Si bien entre hombres y mujeres no se registra mayor distinción en el uso de pagos digitales, este sí varía por nivel educativo, ámbito geográfico y edad. Por ejemplo, entre quienes tienen educación superior universitaria, el 70,5% de los bancarizados paga digitalmente. No obstante, entre quienes cuentan solo con educación primaria, la tasa cae a 26,6%. Entre los adultos mayores bancarizados, apenas uno de cada seis utiliza algún pago digital. Pero la trayectoria en general es positiva. De acuerdo con el mismo informe del BCRP, “entre el 2018 y 2025, la proporción de la población bancarizada que adopta medios digitales para realizar pagos se elevó de 20% a 57%, mientras que la población bancarizada que realiza compras exclusivamente con efectivo se redujo de 70% a 43%”. En el 2018, por ejemplo, entre las personas con educación primaria apenas el 2,5% usaba esta tecnología (ahora es 10 veces mayor).
Estas brechas se irán cerrando en los siguientes años, y queda todavía mucho combustible para avanzar. El BCR impulsa una nueva plataforma de pagos minoristas denominada TAPP, inspirada en UPI de la India, para habilitar pagos inmediatos. Esta promoverá nuevos proveedores, especialización de roles, competencia, etc. La operación iniciaría el próximo año. Por su parte, la inteligencia artificial (IA) avanza también a pasos rápidos en este sector, por ejemplo, con la penetración de pagos agénticos (donde se delega a un agente IA la decisión de pagar directamente sujeto a condiciones). El ecosistema de las fintech también sigue progresando. Más información eventualmente permitirá también créditos más rápidos y baratos para los usuarios. Así, los próximos cinco años podrían traer aún más cambios –para mejor– que los últimos cinco.
El libro de McWilliams enfatiza que, históricamente, el dinero ha sido realmente revolucionario cuando se disemina entre grandes grupos poblacionales, cuando hay confianza en su solidez a largo plazo (la inflación aquí es la principal enemiga), cuando las transacciones son fáciles, seguras y baratas, y cuando hay un espacio suficiente para la innovación en nuevas formas de pagar, ahorrar e invertir. El Perú, junto con buena parte del mundo, tiene la oportunidad de subirse a esta nueva revolución. En relativo silencio y sin tanto aspaviento, ya lo está haciendo. Recordémoslo con cariño y expectativas la próxima vez que escaneemos el QR de la bodega del barrio.
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