Como docente, sé que leer con fluidez no siempre significa comprender. Podemos reconocer cada palabra de una página y, aun así, no encontrarle sentido. Detrás de esa dificultad, suele haber algo que merece nuestra atención: los conocimientos que necesitamos para conectar lo que leemos con lo que sabemos. Acompañar a nuestros estudiantes en ese encuentro es una de las tareas más valiosas de quienes enseñamos.
Una experiencia educativa en Inglaterra, reseñada por National Review, ofrece una reflexión útil. Inspirada en el trabajo del reconocido catedrático E. D. Hirsch Jr., puso énfasis en la enseñanza de los sonidos y las letras, la ampliación del vocabulario y el aprendizaje de distintas disciplinas. Su propuesta nos recuerda que comprender exige una base de conocimientos. Desde mi perspectiva, esto fortalece la formación por competencias: para pensar críticamente, interpretar y resolver problemas, necesitamos tener saberes sobre los cuales apoyarnos.
En el Perú, el analfabetismo en la población de 15 años a más disminuyó de 6,3% en el 2010 a 4,7% en el 2024, según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI). Sin embargo, persisten brechas que nos interpelan como educadores. A ellas se suman las dificultades de aprendizaje que dejó la pandemia. Muchos docentes reconocemos esta situación en nuestras aulas: jóvenes que leen las palabras, pero necesitan ayuda para interpretar una idea, descubrir una intención o relacionar el texto con su realidad. Los resultados de las pruebas PISA en comprensión lectora nos recuerdan cuánto trabajo tenemos por delante.
Por eso, antes de afirmar que a nuestros chicos “no les gusta leer”, conviene acercarnos y preguntarles qué les ocurre. Tal vez un libro les resulte distante porque les faltan referencias para comprenderlo. Cuando conocen algo de historia, arte o ciencia, aparecen conexiones que iluminan la lectura. Una palabra deja de ser extraña; una situación empieza a tener sentido. No basta con pedirles que lean más; debemos darles herramientas y oportunidades para disfrutar ese camino. Enseñar también consiste en abrir esas puertas con paciencia y escuchar las preguntas que surgen al cruzarlas.
Creo que la curiosidad merece un lugar central en nuestras aulas. Una pregunta, una conversación o un intercambio de ideas sobre una lectura pueden despertar el deseo de aprender. Nuestra tarea es acompañar ese descubrimiento y ayudar a los estudiantes a relacionar lo que leen con sus experiencias.
Estamos acostumbrados a borrar archivos cuando nuestros dispositivos anuncian que ya no tienen espacio. La mente humana nos ofrece otra posibilidad: lo nuevo puede encontrar sentido al relacionarse con aquello que ya conocemos. Cada aprendizaje amplía las oportunidades de comprender el siguiente. De ahí el valor de una formación que enriquezca el mundo de nuestros estudiantes.
Tal vez el secreto de la comprensión lectora empiece allí: en ofrecer conocimientos, despertar preguntas y acompañar la lectura. Como docentes y familias, podemos hacer mucho para que un libro sea una invitación a descubrir. Cuando un estudiante comprende, también gana confianza para seguir aprendiendo y mirar el mundo con ojos propios.
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