La oposición en el Congreso se desarticuló y dividió por cuatro razones: i) el obstruccionismo radical e intransigente y el pésimo cálculo político de Roberto Sánchez y Juntos por el Perú (JP); ii) la opacidad y falta de liderazgo de los miembros de Ahora Nación y Alfonso López Chau, quien incluso vio a algunas de sus representantes sumarse a la posición de JP sin reaccionar; iii) el “pragmatismo” de Ricardo Belmont y la oposición relativa y conveniente que siempre mostraron los integrantes de Obras; y iv) el protagonismo de Jorge Nieto, que fue aprovechado por el oficialismo y le dio la excusa a Obras para cruzar a la vereda de enfrente, así como la posición inconsistente de su bancada.
En el Congreso, para ganar, se necesitan los votos, pero cuando estos no se tienen o corren el riesgo de perderse hay que hacer política. Lo que no hicieron el Ejecutivo y los oficialistas en la Cámara de Diputados lo debió hacer la oposición en Senadores. No lo hicieron, aun sabiendo que el oficialismo haría cualquier movimiento para lograr la mayoría, como ocurrió en la elección de la Mesa Directiva. Cada bancada conoce a su gente y a la del vecino, y saben quién puede ser convencido o “arreglado”.
Y, por último, abstenerse no es una posición; es no querer tomar posición. Abstenerse no es protestar; es huir y buscar la salida “decorosa”. Lo que más golpeó al Partido del Buen Gobierno fue abstenerse y no negociar u oponerse al final. Teniendo una posición totalmente distinta a la de JP, no supo maniobrar políticamente para quedarse en el grupo del consenso y consolidarlo, y no se alejó radicalmente de la intransigencia.
Nada está dicho sobre el futuro. El oficialismo puede consolidar su mayoría en el Senado y arrebatársela a la oposición en Diputados, como puede seguir siendo minoría en la Cámara Baja y mayoría en la Alta. Veremos qué pasa con la oposición y sus restos.
Lo que queda claro es que la aprobación de las 27 facultades legislativas y algunos actos del oficialismo –como las sillas vacías– tampoco se ha visto a modo de un triunfo del gobierno o de las bancadas fujimoristas, aunque sí se vio como la aplicación de una “mano dura” o autoritaria en el Congreso y el deseo de llevar las cosas a una polarización que busca debilitar y desprestigiar por completo a la oposición en el Parlamento y ante la opinión pública.
Esto le da al gobierno la posibilidad de dominar el Congreso y avanzar en sus intentos y deseos, pero también genera dudas y temores, y le da toda la responsabilidad de lo que se haga o deje de hacer en la gestión gubernamental sobre lo urgente de aquí en adelante. Ya no habrá excusas.
Y finalmente cabe la pregunta: ¿valió la pena esta guerra? Según dijo el técnico y poco político ministro de Economía y Finanzas, parece que, para el país y por la situación, no mucho. Quizás solo para el gobierno y José Chlimper, que consolidó su posición sobre el primer ministro.
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