Por Selenco Vega Jácome
En El zorro de arriba y el zorro de abajo, la inconclusa novela con la que se despidió del mundo, José María Arguedas insertó cuatro diarios que, de forma escalofriante, registran sus últimos días de vida y anticipan su suicidio, consumado el 2 de diciembre de 1969. Según testimonios confiables, escribió esos diarios por recomendación de su psicoanalista, como una terapia que habría de ayudarlo a superar una severa sequía literaria de años. Desde un principio, fue su voluntad que esos registros personales formaran parte de su libro en ciernes.
El resultado de aquella decisión de mezclar realidad y ficción es una novela inquietante, con una estructura nada ortodoxa. Por un lado, tenemos los episodios propiamente "narrativos" en los que se recrea Chimbote como un mundo caótico, una urbe que sintetiza las profundas transformaciones económicas y sociales del Perú del boom pesquero de fines de los sesenta. Ciudad demoníaca, en la que se entremezclan casas de citas y barriadas, lenguas y razas, serranos y costeños, locos y tuberculosos crónicos.
Estos capítulos narrativos se enlazan con los cuatro diarios citados, además de otros documentos, algunos muy personales, como la carta que dirige a su amigo el editor Gonzalo Losada y el discurso "No soy un aculturado", que leyó cuando le otorgaron el premio "Inca Garcilaso de la Vega", en 1968. Esta curiosa inserción de textos "realistas" entre los capítulos de una obra de ficción origina un extraño efecto en los lectores, efecto que Vargas Llosa resume muy bien en La utopía arcaica cuando afirma que: "El lector sale de sus páginas con la impresión de haber compartido una experiencia límite, uno de esos descensos al abismo que ha sido privilegio de la literatura recrear en sus momentos malditos".
En su vida de escritor, Arguedas abordó el problema de su identidad como persona, como habitante de dos mundos, el costeño y el serrano, enfrentados y escindidos por la gran joroba de los Andes. Desde su primer libro, Agua, hasta El zorro de arriba y el zorro de abajo, la gran pregunta irresuelta que parece hacerse siempre es la misma: "¿Quién soy, a qué mundo pertenezco?".
Son conocidas las fracturas existenciales que sufrió en su infancia. En diversos testimonios recuerda cómo él, hijo de blancos terratenientes, vivió refugiado entre los sirvientes y pongos de la casa, quienes le enseñaron, en quechua, a conocer una realidad confeccionada a partir de los retazos de ese lacerado mundo andino que, en adelante, se esforzaría por revalorar ante los ojos letrados de Occidente.
El conflicto de su identidad personal se enlaza dramáticamente con su relación con los otros, con ese mundo ambiguo, ambivalente con el que debió lidiar. En sus mejores momentos, Arguedas logra neutralizar sus demonios; se siente entonces (como lo proclama en "No soy un aculturado"): ".un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio". Sus proyectos novelísticos más ambiciosos, como Todas las sangres, están inspirados por un deseo ferviente de fusionar los elementos más amables de la cultura occidental con la cosmovisión andina, para construir una identidad colectiva donde ".cualquier hombre no engrilletado y embrutecido por el egoísmo pueda vivir, feliz, todas las patrias".
El gran problema es que esa frágil esperanza de una integración armónica entre los mundos andino y occidental se hizo añicos en los últimos años de su vida. Críticos acuciosos y escritores amigos suyos, como Antonio Cornejo Polar, Emilio A. Westphalen y el propio Vargas Llosa han destacado y documentado la crisis personal de Arguedas, crisis que se manifestó en la imposibilidad de seguir escribiendo obras de ficción que lo satisficieran.
El conflicto interior del escritor andahuaylino se hace patente en sus diarios. El primero, el más largo y que da comienzo a El zorro de arriba y el zorro de abajo, informa sobre un intento de suicidio anterior a la confección de la novela. Inicio inquietante: desde las primeras páginas, Arguedas habla del libro que ha comenzado a escribir, pero lo hace en medio del anuncio de sus dos intentos de suicidio: el primero, el fallido, ocurrido en abril de 1966 y del que logró recuperarse, y el otro, el que se está gestando y al que se referirá sin descanso, de manera obsesiva, en sus diarios siguientes.
De esta forma, El zorro de arriba y el zorro de abajo se convierte en la crónica de una muerte anunciada: la escritura de los capítulos de ficción solo posterga la llegada de esa muerte a mano propia que, sabemos, ocurrirá en algún momento. Es cierto, como han apuntado varios críticos, que se trata de un libro deshilvanado, confuso por instantes, inacabado. Lo que muchas veces se olvida es que el Arguedas que escribió esta novela no es el mismo de sus libros anteriores. Está mentalmente enfermo, cansado, incapacitado para seguir llevando a cabo los grandes proyectos de integración cultural y social por los que apostó toda su vida.
El carácter inconcluso de la novela se convierte, de esta forma, en un poderoso símbolo en sí mismo: estamos ante una obra irresuelta, como irresueltos fueron los conflictos internos que llevaron al novelista a tomar su trágica decisión final. La propia estructura del libro, deshilvanada por instantes, inarmónica, es de un simbolismo ejemplar: los zorros de la ficción encarnan, cada uno, la mitad de ese mundo dividido del que se nutrió culturalmente el autor: el zorro de abajo representa a la costa; el de arriba, a la sierra. Entre ambos, cada diario es como el hilo de una voz de fuerte contenido lírico, en el que Arguedas muestra sin tapujos su yo más íntimo, un yo al que ninguno de los zorros míticos puede ofrecer una esperanza de salvación.
Sin embargo, lo más interesante de este libro turbador ocurre en la cabeza de nosotros, los lectores: sabemos por los diarios que la escritura de cada nuevo capítulo de la novela detendrá por un tiempo el destino mortal de aquel que escribe. Es como en el caso de Scheherazada, donde la magia de la creación tiene el poder encantatorio de conjurar a la muerte, de suspender su poder destructivo indefinidamente. El final llega para Arguedas cuando se da cuenta de que la ficción es insuficiente, cuando siente que los ángeles de la creación lo han abandonado, que lo han convertido en un condenado sin voz y, lo que es peor, sin identidad definida.
Entonces, ante la pérdida de lo más preciado que tiene, de aquella imaginación de la que se valió para articular su proyecto de sociedad de todas las sangres, solo queda el epílogo doloroso, ese que los lectores comprendemos que llegará por su propia mano. Y es que, como lo anota en uno de sus diarios, ".ahora estoy otra vez a las puertas del suicidio. Porque, nuevamente, me siento incapaz de luchar bien, de trabajar bien. Y no deseo, como en abril del 66, convertirme en un enfermo inepto, en un testigo lamentable de los acontecimientos".