Hinchas no son. Simpatizantes tampoco. Aficionados, menos. Los que golpearon a Julio César Uribe son vándalos disfrazados de hinchas.
Una agresión es condenable contra cualquier integrante de un club. Pero impresiona más cuando la víctima es el máximo ídolo de la institución. Uribe es Quesada. Es Gallardo. Es Cristal. Es parte de una historia que esos mismos agresores dicen defender.
Hay razones para el malestar, no para la violencia. La gestión de Joel Raffo acumula cuestionamientos, malos resultados y un rechazo creciente. Protestar contra ella y exigir cambios es legítimo. Descargar esa frustración contra Uribe —o contra cualquiera— a punta de golpes, no.
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