Hay hechos para los que cualquier adjetivo termina quedándose corto. Lo ocurrido en el bus del Liceo Naval Almirante Guise es uno de ellos. Todo ocurrió dentro de un vehículo escolar, rodeados de otros estudiantes y con adultos a cargo. La investigación tendrá que determinar las responsabilidades individuales, pero hay una responsabilidad colectiva que conviene discutir desde ahora. Hemos sido demasiado tolerantes con la violencia entre escolares. Al empujón le decimos juego, al insulto broma, al hostigamiento bullying (una palabra en inglés que a veces parece servir para volverlo menos brutal) y muchas veces esperamos que el problema se resuelva solo.
Las cifras indican que no estamos ante una excepción. El Comercio reveló que, entre enero y agosto, SíseVe recibió 1.183 reportes de violencia sexual entre escolares y 77 fueron registrados como violaciones. Una cada tres días. Siete de cada diez casos reportados ocurrieron en secundaria. Y seamos claros: hay muchísimos más casos que no se reportan. Algo muy serio está fallando cuando un niño puede sufrir violencia precisamente en el lugar al que sus padres lo envían todos los días creyendo que estará protegido. Los colegios pueden tener los mejores profesores y las mejores aulas, pero nada de eso sirve si no son capaces de cumplir con su obligación más básica: cuidar a sus alumnos. Y nosotros, los adultos, deberíamos abandonar de una vez esa cómoda frase con la que durante generaciones hemos disculpado demasiadas acciones: “son cosas de chicos”.
Mención aparte merecen los padres de los menores involucrados. La formación empieza en casa y el ejemplo también. Uno de los papás salió de la comisaría escupiendo, empujando y enfrentándose a los periodistas que cubrían el caso. Al día siguiente dijo que “debió ser más agresivo”. Ese episodio no permite sacar conclusiones sobre lo ocurrido dentro del bus, pero sí deja una imagen difícil de ignorar: cuando un adulto responde con violencia, difícilmente está dando una lección sobre respeto y límites. Los padres no podemos aparecer únicamente cuando llegan las notas, las medallas o los problemas, ni creer que matricular a nuestros hijos en un buen colegio equivale a delegarle su educación. Podemos pagar profesores, entrenadores y las mejores instalaciones, pero no podemos tercerizar la formación.
Colegio y familia tendrán responsabilidades distintas, pero comparten una fundamental: enseñar, con palabras y sobre todo con el ejemplo, que hay límites que jamás se cruzan.
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