El hígado graso se ha convertido en una de las enfermedades hepáticas más comunes, aunque muchas veces avanza en silencio y sin señales evidentes. En los últimos años, los casos han aumentado y su aparición se relaciona principalmente con factores como la obesidad, la diabetes tipo 2 y el consumo de alcohol. Sin una atención adecuada, la acumulación de grasa puede desencadenar un proceso progresivo de deterioro. La enfermedad puede avanzar hacia la inflamación del hígado, fibrosis y, en casos más graves, cirrosis.
La mayoría de las personas no presenta síntomas en las primeras etapas, lo que dificulta detectar el problema a tiempo. Sin embargo, cuando el daño hepático progresa pueden aparecer molestias o sensación de llenura en el abdomen, náuseas y pérdida de apetito o peso. También pueden presentarse debilidad, ictericia, hinchazón en el abdomen y las piernas, además de un cansancio intenso. En fases avanzadas, incluso pueden surgir episodios de confusión, señales que requieren atención médica.
Aunque recibir un diagnóstico de hígado graso puede generar preocupación, ciertos cambios en la alimentación podrían ayudar a controlar el avance de la enfermedad. La gastroenteróloga y hepatóloga especializada en trasplantes Sobia Laique explicó que una dieta adecuada puede contribuir a reducir o frenar la inflamación hepática. Su propuesta pone el foco en verduras, frutas, granos integrales, legumbres, pescados y mariscos. Estos alimentos aportan fibra, antioxidantes y nutrientes beneficiosos para el funcionamiento del hígado y el equilibrio metabólico.
Entre las alternativas, la especialista señala a la dieta mediterránea como una de las opciones más adecuadas para las personas con enfermedad del hígado graso no alcohólico. Este patrón alimentario reúne las características que requiere una alimentación orientada a proteger la salud hepática. Además, Laique sostiene que investigaciones de gran alcance respaldan sus beneficios frente a la progresión de la enfermedad. Su impacto también podría extenderse al corazón, al disminuir los factores asociados con el riesgo cardiovascular.
La alimentación vuelve a aparecer como uno de los factores que pueden influir en la aparición del hígado graso. Una investigación publicada en Frontiers in Nutrition, que analizó a más de 500 000 personas, encontró una asociación entre el consumo frecuente de productos ultraprocesados y esta enfermedad. Los resultados señalaron que quienes los incorporan habitualmente a su dieta tienen un 22 % más de riesgo. La diferencia se observó frente a quienes evitan estos alimentos o los consumen con menor frecuencia.
Entre los productos señalados figuran las bebidas azucaradas, galletas procesadas, cereales con azúcar, salchichas, sopas instantáneas, comida rápida y papas fritas. Su composición, caracterizada por elevados niveles de azúcar, grasas saturadas y diversos aditivos, puede favorecer la acumulación de grasa en el hígado. Este exceso también puede contribuir al deterioro de su funcionamiento. El llamado de los especialistas apunta así a revisar los hábitos alimentarios y reducir la presencia de ultraprocesados en la dieta cotidiana.
La esteatosis hepática, conocida como hígado graso, ocurre cuando se acumula grasa en las células del hígado y puede presentarse tanto por consumo de alcohol como por otras causas. La nutricionista Natalia Antar explicó que la variante no alcohólica es actualmente la más frecuente. La especialista del Hospital Británico y de la Liga Argentina de Lucha contra el Cáncer (LALCEC) relacionó esta condición con la obesidad. También señaló a la resistencia a la insulina y al síndrome metabólico como factores vinculados con su aparición.
Frente a este diagnóstico, Antar destacó que el tratamiento requiere principalmente modificar algunos hábitos cotidianos. Entre las recomendaciones figura lograr una reducción moderada de entre 7 % y 10 % del peso corporal total. A ello se suma una alimentación equilibrada, basada principalmente en productos naturales y de buena calidad nutricional. La especialista también resaltó la importancia de realizar actividad física con regularidad. Mantener bajo control enfermedades asociadas, como la diabetes tipo 2, completa este enfoque para proteger la salud del hígado.
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