Christopher Nolan hace grandes películas a pesar de su vicio de enredar las historias, eso para impactar luego con una revelación. “” (2023) tiene de esto, pero es justificado para explorar la vida, obra y pensamientos del llamado padre de la bomba atómica. La construcción del aparato, así como el escrutinio público, son excusas para meterse en la cabeza del protagonista. El título es un nombre propio y la película nunca se olvida de eso.

“Oppenheimer” no ocurre en orden cronológico. Por momentos estamos en la era posterior al lanzamiento de las bombas en Hiroshima y Nagasaki, luego cuando el joven ‘Oppie’ estudiaba física en Europa, o en el laboratorio de Nuevo México donde se crearon las bombas que pondrían fin a la Segunda Guerra Mundial e iniciarían la Guerra Fría. El eje conductor de la película no es, sin embargo, ninguna de esas historias: es la retahíla de audiencias donde se determina si él es un fiel servidor de Estados Unidos o un espía de la Unión Soviética.

Si bien el personaje titular, interpretado por un sublime Cillian Murphy, es bastante humano por sus múltiples aristas, se acerca más a un santo afectado por la tortura mental que le hace pasar su propio país. Cada parte de su vida es analizada por elementos ajenos: las infidelidades, los vínculos, la familia. A falta de un evangelio, la ciencia; no hay discípulos en el Monte de los Olivos, sí investigadores en Los Álamos. Y lo que une todo es el carisma del hombre, desde el reclutamiento de las mentes hasta el trabajo de campo.

No es casual que una de las mejores escenas de la cinta ocurra en una capilla. Allí el científico, al conocerse el resultado de su trabajo, dirige un sermón a sus colaboradores. Lo que Oppenheimer observa allí tiene dos lecturas: lo que ocurre en ese momento y lugar, pero también lo que pasa en la mente del protagonista, que no está del todo junto a su cuerpo. Es una de esas ocasiones donde todo lo que hace que el cine sea cine confluye para un mensaje brutal; la escenografía, la iluminación y, sobre todo, la posición y movimiento de la cámara. Al acabar, solo le falta a Cillian Murphy entregarse por propia voluntad a los romanos.

Pero el flagelo todavía no llega y para eso está Lewis Strauss, interpretado por Robert Downey Jr. Afilado como él solo, el actor combina calidez y crueldad en acción y palabra; algo necesario para reforzar su enemistad con el protagonista cuando los hechos no respaldan la rabia. Si alguien puede vender a una personalidad caprichosa con tantas sutilezas, el reverso de Oppenheimer en muchos aspectos y también su igual, es él. De lejos Downey Jr. y Florence Pugh, en un personaje que refuerza el lado más díscolo del científico, son lo mejor en el reparto de secundarios.

"Cada parte de la vida de Oppenheimer es analizada por elementos ajenos: las infidelidades, los vínculos, la familia. A falta de un evangelio, la ciencia; no hay discípulos en el Monte de los Olivos, sí investigadores en Los Álamos."

La trama de Strauss y Oppenheimer es tal cual la historia, pero es la pericia de Nolan al enfocar a los personajes por la que destaca. Ambos hombres funcionan como alegorías de la disuasión nuclear. Alegorías; no moralejas. Representan el escenario del Día del Juicio tan temido desde entonces, donde dos potencias mantienen la capacidad para destruirse mutuamente y, de paso, al resto del mundo.

“Oppenheimer” es la película menos Nolan de Nolan, si es que consideramos que el estilo del realizador es el de los giros y diálogos de impacto. Construye sobre la base de una historia clara en inicio, medio y final, heredera de este aire fresco que representó “Dunkirk” (1917), pero que aun así se da el lujo de jugar con los tiempos. En el cómo hila sus tramas, se parece más a una gran novela donde, más que los hechos, lo que importa es la interpretación que el personaje da a los mismos.

Javier Cercas dijo que la novela es la forma más compleja de resolver una pregunta compleja, donde no necesariamente hay una respuesta. “Oppenheimer”, con lo explosiva que es visualmente, pero sobre todo en las actuaciones, tampoco da una respuesta a la pregunta de por qué este norteamericano sometió la ciencia a la política y en el camino se manchó las manos. No es siquiera uno de esos casos de manual donde es el espectador quien debe responder la interrogante. Lo obtuso del protagonista impide eso. Lo que sí expone, de la manera más ruidosa posible, es el peso de la culpa. Y eso vale más que todas las explosiones del mundo.

CALIFICACIÓN

5 estrellas de un total de 5