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Trump lo tiene al revés: muchos migrantes son víctimas del crimen, por Stephanie Leutert

La aplicación más estricta de la ley en Estados Unidos y México ha empujado a los migrantes a caminos más invisibles y que los exponen a mayores peligros.

Stephanie Leutert Directora de la Iniciativa de Seguridad de México del Centro Robert S. Strauss de la Universidad de Texas

México

Refugiados en el Centro Comunitario de Asistencia al Migrante en Sonora, México. (Foto: AFP/Alfredo Estrella).

AFP

En junio, Josué, un hondureño de 21 años, llegó a una casa segura en la ciudad fronteriza mexicana de Reynosa, en Tamaulipas. Estaba ahí con otros once migrantes centroamericanos. El año pasado, su familia había estado ahorrando los US$3.800 que necesitaba para esta última parte de su viaje a Estados Unidos.

Pero la casa “segura”, en realidad, no lo era tanto. A solo millas de la frontera, su migración se vio interrumpida cuando hombres armados irrumpieron en la casa, secuestraron a los migrantes y exigieron US$1.800 adicionales a cambio de su liberación. Si sus familias no conseguían el dinero, los hombres aseguraron que los migrantes serían asesinados.

Todos los días se producen dramas y tragedias como esta para los migrantes hondureños, salvadoreños y guatemaltecos que viajan a través de México. La retórica de la administración Trump ha vinculado repetidamente a los inmigrantes con las pandillas, la violencia y el crimen, y ha calificado a los inmigrantes indocumentados como una amenaza a la seguridad pública. Sin embargo, la mayoría de los centroamericanos que llegan a la frontera entre Estados Unidos y México no son los perpetradores, sino las víctimas de la violencia, tanto en sus países de origen como durante su accidentado camino a través de México.

En las últimas tres décadas, los riesgos en el viaje desde América Central a la frontera de los Estados Unidos han aumentado: la aplicación de las normas migratorias de Estados Unidos y México ha llevado a los migrantes a caminos más invisibles y arriesgados y, además, la impunidad en México ha hecho que muchos delincuentes permanezcan en las calles.

Sin embargo, por más intimidantes que sean los riesgos, y también el hecho de desafiar las políticas migratorias, el número de centroamericanos que viaja al norte no se ha reducido significativamente. Lo que ha cambiado es que cientos de miles de migrantes viajan a los Estados Unidos a lo largo de rutas más traicioneras y peligrosas.

Para los migrantes centroamericanos no existe un solo método de transporte o ruta para viajar a través de México hacia los Estados Unidos. Las experiencias de viaje están influenciadas por la nacionalidad, el sexo, la edad y los ingresos que tenga cada persona. Si un migrante centroamericano contrata a un contrabandista para transitar por México –el 60% asegura que contrata a estos guías, según encuestas realizadas por el colegio de la Frontera Norte–, las rutas estarán determinadas también por los contactos y los métodos utilizados por los contrabandistas. Todos tienen al menos una cosa en común: ninguno es seguro.

Tan pronto como los migrantes se acercan a la frontera entre México y Guatemala, comienzan los problemas. Para llegar a las ciudades más meridionales de México, los inmigrantes pueden tomar, si tienen un poco de dinero, autobuses locales o contratar taxis. Aquellos con billeteras vacías deben caminar. Esto puede incluir desplazarse durante días a ambos lados de la carretera, a menudo por la noche para evitar la detección y el fuerte sol tropical. Las autoridades mexicanas han centrado su vigilancia, más que en la frontera, en los puestos de control de carreteras establecidos alrededor de 30 o 100 millas en territorio mexicano, donde las autoridades intentan identificar a las personas que transitan por el país sin los documentos apropiados.

En estas áreas desoladas del sur de México, los delincuentes pueden atacar a los migrantes, también las autoridades corruptas y demás grupos de oportunistas locales y miembros de las pandillas MS-13 o Barrio 18, los mismos grupos de los que los migrantes pueden estar huyendo y que tienen presencia en esta parte de México.

Este fue el caso de Josué, que fue asaltado por delincuentes locales mientras caminaba por la carretera entre una ciudad fronteriza de Guatemala, El Ceibo, y Tenosique, ubicada al sur de México. Los ladrones salieron de una granja cercana y lo despojaron de sus posesiones, incluso tomando sus zapatillas y dejándolo con los zapatos viejos y cubiertos de hongos de uno de ellos. Según los fiscales de los estados meridionales de Chiapas y Tabasco, estos robos y asaltos son muy comunes. Las mujeres, por otro lado, son víctimas de otras formas de violencia, y Médicos Sin Fronteras informa que un tercio de las mujeres migrantes sufren de abusos sexuales mientras están en México.

Para avanzar hacia el norte, los centroamericanos más pobres suben a los vagones de trenes en México (apodados “La Bestia”) y viajan expuestos a la lluvia, el calor, el viento helado, y el temor constante de caerse. También viajan en alerta máxima, pensando en las pandillas o en los guardias de seguridad que a veces abordan los trenes para extorsionar o robar a los inmigrantes. Dados estos riesgos extremos –junto con la ofensiva de los funcionarios mexicanos a través del Plan Frontera Sur o Programa Frontera Sur–, en el 2017 solo el 12% de los migrantes centroamericanos informaron a los investigadores del colegio de la Frontera Norte que habían tomado el tren en cualquier punto de su viaje.

Los inmigrantes con un poco más de dinero usan automóviles, autobuses o remolques privados y se desplazan por las principales carreteras de México, y pasan a través de los puntos de control migratorios haciéndose pasar por lugareños o pagando a funcionarios corruptos. Algunos evitan por completo los puntos de control y los rodean. En general, viajar en vehículos es más seguro para los migrantes, pero aún puede haber dificultades debido a la calidad de los alimentos, la dificultad para dormir o el maltrato de sus guías o compañeros.

En la frontera estadounidense, los agentes de patrulla y una serie de radares, sensores y otras tecnologías, intentan bloquear el cruce ilegal de los migrantes. En respuesta, algunos centroamericanos pueden tratar de cruzar por las áreas más remotas de los extensos desiertos de California o Arizona, o cerca de la fronteriza Ciudad Juárez. Otros piden asilo en los puertos de entrada. Pero la mayoría viaja por la costa del Golfo de México para llegar a Reynosa, en Tamaulipas. Esta ciudad comparte frontera con McAllen, en Texas, en el sur del Valle del Río Grande. En el 2017, la patrulla fronteriza de Estados Unidos informó que detenía a dos tercios de todos los migrantes ilegales centroamericanos (104.305 en total) en esta sección de 320 millas de la frontera.

En el lado mexicano de la frontera cerca de Reynosa, los narcotraficantes, particularmente el Cartel del Golfo y los grupos disidentes de los Zetas, controlan el territorio y las rutas de contrabando y actúan como agentes fiscales no oficiales. Estos grupos entrañan el último desafío de seguridad a los migrantes centroamericanos y practican su crimen más común: el secuestro. Su presencia le da a esta área la nefasta distinción de tener el mayor número de secuestros de migrantes. Desde el 2011, los datos del Instituto Nacional de Migración de México han documentado a 1.034 víctimas de secuestro en Tamaulipas, el 75% de todas las víctimas de secuestro migratorio en el país. Las mujeres y los menores representan más de una cuarta parte de las víctimas.

Pero los números oficiales apenas se acercan a reflejar la realidad de los crímenes cometidos contra los migrantes en México. Los centroamericanos rara vez denuncian los crímenes a las autoridades mexicanas por falta de confianza, temor a repercusiones o conocimiento limitado del sistema de justicia del país. Josué es un buen ejemplo. Pudo escapar de sus captores luego de que la Policía Federal interceptara un automóvil que lo trasladaba a una segunda casa segura, pero decidió no denunciar el secuestro porque le preocupaban su seguridad.

Cuando los migrantes denuncian estos crímenes, pocos son investigados o enjuiciados. En julio del 2017, la Oficina de Washington para América Latina informó que solo el 1% de los crímenes contra los migrantes en México llegan alguna vez a una condena.

¿Qué podría empujar a las personas a enfrentar conscientemente estas condiciones o, lo que es peor, exponer a sus hijos a estas? Para los centroamericanos, existe un profundo abismo entre los deseos de los migrantes por la seguridad, el trabajo y la reunificación familiar y su capacidad para cumplir estos sueños dentro de sus propios países o legalmente en los Estados Unidos.

En Reynosa, Josué se estaba preparando para intentar hacer la caminata desde la frontera hasta Houston. Junto con cientos de miles de otros migrantes centroamericanos que tomaban estas mismas rutas y escapaban de la violencia en sus países o en tránsito, confiaba en que el viaje valiera la pena. La esperanza de una vida mejor y más segura en Estados Unidos era más fuerte que el miedo a cualquier peligro en el camino.

®The New York Times

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