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Un club como para Groucho, por Javier Díaz-Albertini

“Me parece discriminatorio que solo los corruptos de apellidos rimbombantes tengan la posibilidad de formar un club”.

Javier Díaz-Albertini Sociólogo y profesor de la Universidad de Lima

Un club como para Groucho

"Con su varita mágica, el solidario Castañeda transformó a los ciudadanos en ‘socios’". (Ilustración: Rolando Pinillos)

En el 2009, el alcalde Luis Castañeda cambió de nombre a los parques zonales creados a finales de los 60 del siglo pasado. Según una publicación de la Municipalidad de Lima (2018), con el cambio se buscó “aportar un valor agregado, cambiando la denominación de parques a clubes. Así, los vecinos de las zonas periféricas de la capital pueden [...] pasar felices momentos en familia en instalaciones que son más amplias y mejores que la mayoría de los centros privados, a los que solo pueden acceder unos pocos privilegiados. No hay necesidad de diferenciarlos de ellos y por eso ahora todos son clubes”. Con su varita mágica, el solidario Castañeda transformó a los ciudadanos en ‘socios’. Recién con este hecho lograba –supuestamente– que los asistentes al club zonal Sinchi Roca, en Comas, se pudieran codear de igual a igual con los habitués del Lima Golf Club de San Isidro.

Siguiendo este modelo de política inclusiva, he decidido que algo parecido debe suceder con las diversas asociaciones que se han formado –en los más altos niveles– para delinquir. Me parece discriminatorio que solo los corruptos de apellidos rimbombantes tengan la posibilidad de formar un club, relegando a todos los demás a denominaciones como banda, mafia, pandilla o camarilla. Además, al ser parte de un club de cierto rango, el delito adquiere mayor caché y las instituciones son menos cuidadosas ante el peligro de fuga. Si no me cree, pregúntele al ex presidente del Regatas. Si las grandes empresas de construcción pueden tener su club delictivo, ¿por qué no los demás grupos que igualmente han coimeado, hecho trafa, cometido tráfico de influencias, lavado activos, amenazado y embolsicado grandes cantidades de dinero que nos pertenecía a todos?

A diferencia de los parques zonales, esta no es una operación sencilla ya que requiere de varios pasos. El primero es cambiar el nombre de la asociación para que connote clase y categoría. Un ‘club de la construcción’, por ejemplo, denota inversión, trabajo, progreso, solidez y una visión positiva del futuro. No sucede lo mismo, digamos, con apelativos como los ‘wachiturros’, ‘malditos’, ‘temerarios’, ‘intocables’ o ‘topos’. Como muestra, sería mejor que la banda originaria de la Agroindustrial Tumán se llamara el Club Copetón Rufo, reconociendo a la avifauna regional en peligro de extinción. De igual manera, la imagen de Los Cuellos Blancos del Puerto se vería tremendamente beneficiada si se llamaran Club Portland Cavaliers.

El segundo paso es que –en lo posible– el nombre de la nueva sociedad debe comunicar lo realizado por el grupo, pero en forma positiva. Verbigracia, este el caso de los ‘constructores’. Los Malditos de Santa Rosa se dedicaban al tráfico de terrenos en zonas periféricas de Lima. Mejor sería, entonces, que este interés por el terruño se expresara con el apelativo Santa Rosa Country and Garden Club. Por su lado, los Intocables Ediles de La Victoria (Lima), especializados en cobrar ilegalmente por estacionamiento y cupos para vender en el emporio comercial Gamarra, adquirirían mayor estatus con la denominación Club de Playas Rica Vicky.

El tercer paso consiste en tener criterios mínimos para la membresía. No se puede aceptar a cualquiera porque pone en peligro el prestigio que se quiere obtener con la nueva denominación. En el caso de los constructores, ellos tienen la suerte del apellido y la plata antigua. Las demás asociaciones, sin embargo, deben esforzarse para que sus asociados sean –por lo menos– dignos. No pueden admitir a personas –no importa cuán importantes sean– que se vendan por un plato de frejoles o por unos cuantos metros cuadrados de baldosas y azulejos.

Groucho Marx nos cuenta en su autobiografía que renunció por escrito a un club exclusivo con la célebre frase: “Por favor, acepte mi renuncia. No deseo pertenecer a ningún club que acepte como socio a alguien como yo”. Lástima que Groucho ya no se encuentra entre nosotros, porque con toda seguridad encontraría en nuestro país varios clubes en los cuales él sería de lo mejorcito de la membresía.

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