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Fábula en el Congreso, por Federico Salazar

"El problema en el Perú siempre viene de la falta del principio de autoridad. El presidente del Congreso fue incapaz de imponer orden según el reglamento".

Federico Salazar Periodista

Alberto de Belauinde

El congresista Alberto de Belaunde indicó que asistirá a la Comisión de Ética con serenidad. (Foto: Anthony Niño de Guzmán / GEC)

Un león tenía atemorizados a todos en la selva. Lucía sus enormes dientes con orgullo y afilaba sus garras para que lo vieran. Un día tropezó con sus propias patas y, al caer, estropeó sus colmillos, sus garras y su orgullo propio.

Un pequeño mono se dio cuenta de que aquel no podía moverse. Aprovechó y lo hincó con una rama en el ojo. El león se quejó, pero ya nadie le hizo caso. Todos aplaudieron al mono zamarro y alegrón.
Oí esta fábula en los pasillos del Congreso. Me hizo recordar algo que había sucedido.

Alberto de Belaunde, de la flamante Bancada Liberal, aludió al “pacto de impunidad del fujimorismo con el fiscal de la Nación”. Luz Salgado, de Fuerza Popular, exigió el retiro de lo que consideró una frase ofensiva.

El presidente del Congreso solicitó el retiro de la ofensa. De Belaunde se negó.

“La sentencia del juez Concepción Carhuancho, sus diálogos en La Botica y su actitud estos dos años me respaldan. Y la indignación en la calle me respalda. No retiro nada”, dijo, airado, De Belaunde.

Ante un nuevo pedido de Salaverry, el congresista respondió: “Traigo la voz de la ciudadanía, señor presidente. No voy a retirar nada”.

Para el fujimorismo, acostumbrado a avasallar los derechos de grupos minoritarios, fue difícil insistir en sus derechos. Y se dejó pasar, por ello, como si de una victoria se tratara, la infracción a varias normas del reglamento del Congreso.

La frase “pacto de impunidad” es una frase para el discurso de la calle. Hablar del “fujimorismo” en vez de Fuerza Popular o de una persona en particular es, obviamente, una forma de evitar responsabilidad en el dicho.

La afirmación puede ser cierta o no, pero corresponde a una plaza pública o a una acusación formal. En este caso requiere de fundamentación, derecho a réplica y demostración.

La frase no era determinante para llegar a ninguna conclusión sobre lo que se debatía en el pleno. La frase solo tenía contenido vejatorio. Congresistas de FP se retiraron del hemiciclo.

El congresista De Belaunde hizo un lucimiento personal. Este lucimiento, en combinación con la desorientación del fujimorismo, hizo que se interrumpiera el debate.

El congresista de la bancada llamada “Liberal” pudo retirar la palabra considerada ofensiva. Pudo seguir con el debate sobre la acusación a Chávarry, sobre la Junta de Portavoces y sobre la formación de las nuevas bancadas.

Ojalá hubiéramos tenido un debate de carácter constitucional sobre las nuevas bancadas y el derecho a la representación política. En lugar de eso tuvimos un espectáculo y la suspensión de un debate imprescindible.

El Reglamento del Congreso obliga a los congresistas a mantener una conducta de respeto mutuo y a observar las normas de cortesía de uso común (RC, art. 23).

El Código de Ética Parlamentaria, por su parte, dice que los congresistas realizan su labor conforme los principios de respeto, tolerancia, democracia, objetividad y justicia, entre otros (CEP, art. 2).
“Es obligación del Congresista tratar a sus colegas con respeto y tolerancia, así como observar las normas de cortesía y las de disciplina parlamentaria…”, dice ese código (CEP, art. 6).

Es claro que por lo menos la tolerancia quedó fuera del código de conducta de la Bancada “Liberal”. Firmeza no es ofensa, ni discrepancia es intolerancia.

La peor escuela para aprender tolerancia ha sido, sin duda, el fujimorismo. Sorprende, por tanto, que nuevos alumnos se encuentren ahora en el antifujimorismo.

La intolerancia no tiene signo. Da lo mismo si se concede a esta para defender a una dictadura o a una democracia.

El problema en el Perú siempre viene de la falta del principio de autoridad. El presidente del Congreso fue incapaz de imponer orden según el reglamento.

Salaverry tenía la obligación de hacer guardar el orden (art. 32, RC) y no lo hizo. No actuó con imparcialidad ni autoridad. Y esta es, sin duda, la tragedia del momento actual.

No hay que actuar como el león, pero tampoco como el mono. Para salir de la selva, simplemente, hay que entrar en la civilización.

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