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A la vuelta de la esquina, por Alfredo Torres

“El clima de desafección política se traduce en una apatía generalizada al punto de que el número de indecisos supera al de quienes se inclinan por quien encabeza las encuestas”.

Alfredo Torres Analista político

Giovanni Tazza

(Ilustración: Giovanni Tazza)

La Municipalidad de Lima tiene una historia más larga que la República, pero la democracia plena llegó a las elecciones municipales recién en 1963, cuando el presidente Fernando Belaunde las convocó. Desde entonces, Lima ha tenido ocho alcaldes electos: Luis Bedoya, Eduardo Orrego, Alfonso Barrantes, Jorge del Castillo, Ricardo Belmont, Alberto Andrade, Luis Castañeda y Susana Villarán. Cuatro de ellos fueron reelegidos y seis postularon luego sin éxito a la Presidencia de la República. Quién más ha gobernado la ciudad es el actual alcalde, Luis Castañeda Lossio, a punto de culminar su tercer mandato, con el cual sumaría 12 años de gestión.

La mayoría de las elecciones para la Alcaldía de Lima se polarizaron entre dos candidatos con gran arraigo. Fueron muy intensas las disputas entre Belmont y Juan Incháustegui en 1989; entre Andrade y Jaime Yoshiyama en 1995; entre Castañeda y Andrade en el 2002; entre Villarán y Lourdes Flores en el 2010. En otras, en cambio, hubo un claro favorito desde el principio, como en la últimas, que Castañeda ganó con 51% de los votos.

Ahora, en cambio, tenemos las elecciones a la vuelta de la esquina –en cuatro semanas– y el candidato que va primero, Renzo Reggiardo, cuenta con menos de 20% de los votos y, al mismo tiempo, carece de un claro contendor. El clima de desafección política se traduce en una apatía generalizada al punto de que el número de indecisos supera al de quienes se inclinan por quien encabeza las encuestas.

El desencanto con los políticos se expresa en que ninguno de los candidatos de los partidos representados en el Congreso tiene un gran respaldo. En estas circunstancias suele surgir un ‘outsider’, pero esto no ha ocurrido hasta el momento. Por el contrario, todos los candidatos que figuran en el “primer pelotón” de la intención de voto son políticos conocidos. Y es probable que aparezcan en los primeros lugares precisamente por ser más conocidos: Reggiardo ha sido dos veces congresista; Ricardo Belmont ha sido alcalde, congresista y candidato presidencial; Humberto Lay congresista y varias veces candidato municipal y presidencial; Daniel Urresti y Enrique Cornejo ministros y candidatos. Completa el grupo Luis Castañeda Pardo, a quien lo favorece llevar el mismo nombre de su padre.

Al figurar en el “primer pelotón” de las encuestas, la prensa les ha venido prestando más atención a esos candidatos. Ahora sabemos que el plan de gobierno de Reggiardo fue en parte plagiado; que Belmont es candidato de un partido de extrema izquierda; que Lay tiene 84 años; que Urresti está procesado por homicidio; que Cornejo está investigado por el caso Lava Jato; y que el partido de Luis Castañeda, Solidaridad Nacional, es el que cuenta con más alcaldes procesados por corrupción.

Ante las limitaciones del primer grupo, la opinión pública más informada ha empezado a prestar más atención al “segundo pelotón” de la intención de voto, donde se encuentran Alberto Beingolea (PPC), Esther Capuñay (Unión por el Perú), Jorge Muñoz (Acción Popular), Manuel Velarde (Siempre Unidos) y Gustavo Guerra García (Juntos por el Perú), entre otros. El problema que enfrentan ellos es que más del 50% del electorado no los conoce. En las redes sociales y algunos medios de prensa se ha empezado a destacar la trayectoria o las propuestas de algunos de ellos, pero la mayor parte del electorado no se entera porque no tiene interés en la campaña municipal.

En estas circunstancias, solo un gran incidente puede sacar a la ciudadanía de su indiferencia. Los candidatos se desviven buscando ese momento que les permita atraer electores. Algunos lo hacen con declaraciones ofensivas –hacia los inmigrantes venezolanos, por ejemplo– y otros con propuestas demagógicas, pero la gran oportunidad que todos esperan son los debates municipales. Lamentablemente, el hecho de que sean demasiados candidatos limita el impacto que puedan tener en el electorado.

Tal como viene la campaña, les toca a la prensa y la ciudadanía más responsable tratar de influir en su entorno para votar mejor. Pero el riesgo de que Lima elija apresuradamente a cualquiera –no necesariamente a quien encabeza hoy las encuestas– es muy alto.

Para no elegir a un candidato con escaso respaldo es necesario introducir en Lima el sistema de segunda vuelta. La ley establece actualmente este régimen para las elecciones regionales, pero no para las municipales. La capital, sin embargo, debería ser una excepción, no solo por congregar a la tercera parte de la población nacional sino porque el burgomaestre limeño ejerce al mismo tiempo algunas de las funciones del gobernador regional. Ya es tarde para estas elecciones, pero es un cambio necesario para ayudar en el futuro a elegir mejor.

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