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Enfrentarse a una autoridad injusta, por Javier Díaz-Albertini

“Resulta difícil predecir el nivel y profundidad de cambios que podrá producir el movimiento #MeToo”.

Javier Díaz-Albertini Sociólogo y profesor de la Universidad de Lima

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"Las recientes denuncias de acoso, abuso y violencia en el mundo del entretenimiento, atletismo y la moda nos llevan a reflexionar sobre las relaciones de poder". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Las recientes denuncias de acoso, abuso y violencia en el mundo del entretenimiento, atletismo y la moda nos llevan a reflexionar sobre las relaciones de poder. Casi todas nuestras relaciones sociales son desigualitarias. Esto quiere decir que una de las partes tiene la capacidad de exigir algún tipo de comportamiento del otro. De hecho, resulta difícil encontrar relaciones perfectamente igualitarias. Más aun, es común que este poder esté legitimado, lo cual significa que las personas involucradas están de acuerdo con su existencia y exigencias. 

¿Qué pasa cuando las exigencias de la autoridad son consideradas injustas (es decir, que causan indignación moral)? Hace más de tres décadas,  el sociólogo William Gamson y sus asociados estudiaron esta situación y concluyeron que pueden existir varias reacciones. La primera –y más común– es la conformidad, sea por conveniencia o temor. Hemos visto cómo en Hollywood algunos productores exigían injustamente favores sexuales a jóvenes actrices como condición para ser contratadas. Al decir de las denunciantes esto era un secreto a voces. Se instaló, sin embargo, como modus operandi y muchas lo hicieron para lograr sus metas.  

Esto ocurre, además, en un mundo como el hollywoodense en el cual –como en el modelaje– tiene mayor peso lo que Catherine Hakim llama capital erótico: un medio en donde el cuerpo y la atracción son activos esenciales que deben ser desplegados. Esto no quita el hecho de la injusticia, pero sí demuestra cuán difícil era protestar contra ella.  

La segunda reacción es la evasión, que es una forma de adaptación a una situación injusta, tratando de evitar sus consecuencias más negativas o resistiéndose de manera pasiva. Se sabía, por ejemplo, que Harvey Weinstein era un depredador. Algunas actrices han comentado que –por esa razón– evitaban sus producciones, o no aceptaban sus invitaciones o ridiculizaban sus intenciones como infantiles.  

Una tercera reacción es disentir, al expresar disconformidad, lo cual no implica negarse a cumplir lo exigido. Gamson descubrió que esto podría tener una doble función contradictoria. Por un lado, es un intento de persuadir a la autoridad para que deje de exigir lo injusto. Por el otro, es una manera de dejar establecido que se está en contra a pesar de obedecer, lo cual calma conciencias. 

La resistencia –la cuarta reacción– es cuando uno abiertamente se rehúsa a cumplir con lo exigido. Algunas veces esto lleva a que la autoridad retire sus exigencias, pero lo usual es que se sancione al insubordinado. En el caso de Weinstein, por ejemplo, Mira Sorvino y otras actrices fueron puestas en una “lista negra”, lo cual afectó negativamente sus carreras.  

La última reacción es la lucha, y ocurre cuando la denuncia del maltrato va más allá del enfrentamiento directo. En este caso se apela a otras autoridades o a la ciudadanía para que intervengan e impidan la injusticia.  

Según la investigación de Gamson, resulta difícil llegar a una etapa de lucha porque los sistemas injustos de autoridad –una vez instalados– cuentan con muchos recursos coercitivos. En las experiencias que examina, la etapa de lucha es producto de la conjunción de tres principales elementos.  

Primero, debe existir un sentimiento profundo de indignación de carácter moral. Es decir, consiste en alterar el contexto de tal manera que se cuestiona la supuesta ‘normalidad’ de la situación. Segundo, es necesario construir identidades colectivas que claramente distingan un ‘nosotros’ de un ‘ellos’. El movimiento #MeToo justo logra esta finalidad. Es en esta etapa en la cual pueden ocurrir excesos, como los denunciados por el comunicado de las intelectuales y artistas francesas. Tercero, es indispensable el convencimiento de que los cambios sociales son posibles por medio de la acción colectiva.  

Resulta difícil predecir el nivel y profundidad de cambios que podrá producir el movimiento #MeToo. Lo que sí muestra la experiencia es que sin la creación de organizaciones sólidas, es bastante complicado sostener una lucha durante el tiempo necesario para cambiar estructuras sumamente enraizadas y construidas sobre un conjunto integrado de desigualdades, sea en oportunidades, empleo, ingresos y libertades. 

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