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El vendedor de ilusiones, por Enzo Defilippi

Alan García se suicidó para evitar enfrentar una justicia que había podido evadir durante décadas”.

Enzo Defilippi Profesor de Pacífico Business School

Alan García Abridora Domingo (Foto: Archivo El Comercio)

 “Cuando dejó el poder, el Perú estaba al borde de ser un Estado fallido”. (Foto: Archivo El Comercio).

La semana pasada tomó su propia vida quien fue, sin duda, el político más importante del Perú de los últimos 35 años. Poseedor de una personalidad magnética, una labia espectacular y una sagacidad política sin parangón, las usó para lograr lo que pocos creímos posible: volver a ser elegido presidente luego de haber sido el responsable del peor gobierno de nuestra historia republicana. A pesar de haber empujado a la pobreza a millones de compatriotas, de haber licuado los ahorros y pensiones de nuestros padres, y de haber obligado a miles de jóvenes peruanos a buscarse la vida lejos de aquí.

Alan García, quien en las últimas semanas parecía muy preocupado por la anemia infantil, fue el principal responsable de un aumento de 56% en la tasa de desnutrición aguda, de que la mortalidad infantil haya llegado a ser similar a la de los países africanos más pobres, de que el número de hogares por debajo de la línea de pobreza aumente de 17% a más del 44%, y de que la cifra de víctimas del terrorismo en 1990 haya sido el doble que en 1985.

Cuando dejó el poder, el Perú estaba al borde de ser un Estado fallido. La moneda no valía nada, el Estado estaba quebrado, la infraestructura destruida y parte importante del territorio dominado por Sendero Luminoso y el narcotráfico. En los últimos dos años y medio de su gobierno, el PBI había caído 25%. La clase media había prácticamente desaparecido, y algo tan elemental como un servicio continuo de agua y electricidad era un lujo que pocos podían darse. Peor aún, la corrupción llegó a ser tan generalizada que funcionarios públicos, policías, y agentes de aduana exhibían sin desparpajo una riqueza que jamás hubieran podido obtener honradamente.

Nadie que no haya sido tremendamente indolente e irresponsable pudo haber presidido un gobierno así. ¿Por qué no cambió sus políticas cuando era más que evidente que estaban destruyendo el país? Esa es una explicación que el ex presidente se llevó a la tumba. Aunque es muy probable que, de haber intentado darla, muchos no le hubiésemos creído. Para quienes sufrimos en carne propia los frutos de su demagogia, su palabra tenía tanto valor como un inti.

En el 2011, cuando García dejó el poder por segunda vez, el Perú mostraba una mejora en casi todos los indicadores económicos y sociales, por lo que muchos consideran este gobierno como “bueno”. ¿Lo fue realmente? Depende. Si lo comparamos con su primer período, obvio que sale aprobado. Pero si, como en la parábola de los talentos, lo evaluamos de acuerdo con los abundantes recursos con los que contó (paz social, una oposición moderada e ingresos fiscales crecientes debido a un ‘boom’ en los precios de las materias primas), dudo de que salga bien parado. Durante ese quinquenio, los avances en educación, salud, seguridad o institucionalidad (los principales problemas que debió enfrentar) fueron mínimos o nulos. No por casualidad la frase que mejor describió la actitud de ese gobierno fue la de “piloto automático”; es decir, no hacer nada.

Alan García se suicidó para evitar enfrentar una justicia que había podido evadir durante décadas. Pero del juicio de la historia dudo de que pueda escapar. No importa lo que hoy nos quieran hacer creer sus amigos.

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