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Apagón, por Ian Vásquez

“Las mismas políticas, ineptitud y criminalidad del régimen que produjeron la crisis económica y social venezolana también afectaron al suministro de electricidad”.

Ian Vásquez Instituto Cato

Venezuela

“Por el mero hecho de que la vida moderna depende del uso intensivo de la energía, su falta reduce el bienestar a niveles primitivos, como está ocurriendo en Venezuela”. (Foto: Reuters).

El socialismo venezolano ha logrado sumir al país –que hace una década Hugo Chávez prometió convertir en una “potencia energética mundial”– en la plena oscuridad. Fotos satelitales de Venezuela de noche la muestran casi totalmente apagada al lado de sus vecinos, imágenes parecidas a las bien conocidas tomas de una Corea del Norte totalitaria y oscura bordeada por una brillante Corea del Sur.

Es el resultado de un apagón nacional que empezó el jueves y que no termina de volver al país a una situación de normalidad eléctrica. Tras varios días sin luz, solo algunos estados venezolanos han recuperado el servicio parcialmente, mientras que los demás siguen sin luz o la tienen de manera precaria. El apagón, a su vez, es el resultado del intento por imponer el totalitarismo en un país que antes del chavismo fue el más electrificado de América Latina.

Las mismas políticas, ineptitud y criminalidad del régimen que produjeron la crisis económica y social venezolana también afectaron al suministro de electricidad. No se invirtió en mantenimiento de infraestructura, por ejemplo, a pesar de las decenas de miles de millones de dólares que el Estado destinó al sector eléctrico desde el 2010. La corrupción se llevó ese dinero. El año pasado, dirigentes sindicales del sector eléctrico afirmaron al diario “El Nacional” que “el servicio retrocedió a las condiciones de hace 40 o 50 años”.

El apagón de estos días retrocede al país en 100 años. Por el mero hecho de que la vida moderna depende del uso intensivo de la energía, su falta reduce el bienestar a niveles primitivos, como está ocurriendo en Venezuela. Por falta de electricidad, están muriendo pacientes en los hospitales –neonatos que necesitan máquinas para respirar, por ejemplo, o quienes requieren de la diálisis que no pueden obtener–.

La falta de luz se ha convertido en una crisis de agua, pues no se puede suministrar el agua sin electricidad. Esto ha provocado que la gente empiece a tomar agua de ríos y otras fuentes contaminadas. Al no contar con la energía necesaria para la refrigeración, tanto las familias como los almacenes ven cómo se pudren alimentos que ya de por sí eran escasos.

Ha habido saqueos de supermercados y otros negocios. No funcionan las tarjetas de crédito ni los cajeros automáticos que tanto se usan debido a la hiperinflación. Los negocios no pueden planificar, ya que la luz no es fiable y no se sabe cuántos días, semanas o meses más durará la situación. La gente está faltando al trabajo y perdiendo ingresos. El régimen ha suspendido días laborales y de escuela. En pocas palabras, el apagón ha generado una crisis humanitaria creciente que viene por encima de la crisis humanitaria que el chavismo ya había generado.

Es severa, pero no sabemos cuánto. Eso se debe a que las fuentes oficiales no están informando sobre la crisis y al apagón que también dificulta o imposibilita la comunicación. ¿Cómo cargar teléfonos celulares, por ejemplo? La prensa independiente enfrenta los mismos retos, lo que limita nuestro conocimiento de la situación, y especialmente en esos estados que todavía siguen sin luz.

Los venezolanos han recurrido al uso de velas improvisadas con aceite y algodón a las que le llaman “endógenas” (dada la escasez de velas). Trae a la mente la broma no muy graciosa que se decía años atrás en el Zimbabue autoritario de Mugabe que también supo generar apagones generalizados: “¿Qué usaban los zimbabuenses antes de la vela? La electricidad”.

Sin duda, el apagón cambia el tablero político tanto para las fuerzas democráticas como para el régimen. ¿Cuánta miseria más aguantará el pueblo venezolano?

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