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Las flores del mal, por Mario Ghibellini

Cabe preguntarse cómo un gasto en rosas importadas puede desatar una reprobación tan severa como la que hemos visto.

Mario Ghibellini 3 de junio.

“La indignación por la presunta frivolidad de los congresistas existía en la ciudadanía desde antes y estaba solo a la busca de un gesto que la simbolizara para desfogarse”. (Ilustración: Mónica Gonzáles).

Ilustración: Mónica Gonzáles.

Son tiempos adversos para el Congreso. No es que hasta hace poco su situación fuera esplendorosa, pero la erita de Acuario que se inició hace dos meses con la llegada de Vizcarra a la presidencia y el discreto optimismo que eso provocó en la ciudadanía impactaron sin duda en su nivel de aprobación, que conoció un tímido repunte. Ahora, en cambio, una sucesión de eventos desafortunados hace presagiar un regreso a las cifras de angustia, y los signos se advierten por todas partes.

Días atrás, por ejemplo, una marcha convocada sin consignas claras llegó hasta las inmediaciones de la plaza Bolívar solo para lanzar denuestos contra la representación nacional. Y hasta el flamante cardenal Pedro Barreto decidió esta semana estrenar su nuevo púlpito con la parábola de los congresistas que “no quieren soltar la mamadera”.

–‘Spleen’ mazamorrero–
Los hitos que han ido marcando la ruta de este renovado desencuentro entre el llamado ‘primer poder del Estado’ y la población son conocidos. Entre los más saltantes, se cuentan la amenaza de Luis Galarreta –su presidente– a los medios que hacen preguntas incómodas, la disposición cooperativa de la bancada naranja con las cooperativas que no quieren ser supervisadas y hasta los gastos en arreglos florales en los que incurre el Parlamento.

¿Pero puede acaso ser tan grave –cabe preguntarse– un desembolso, seguramente innecesario, en rosas importadas como para desatar las manifestaciones de reprobación de las que hemos sido testigos recientemente? Pues, por sí mismo, probablemente no.

Lo que ocurre, no obstante, es que la indignación por la presunta frivolidad de los congresistas existía en la ciudadanía desde antes (desde siempre, en realidad) y estaba solo a la busca de un gesto que la simbolizara para desfogarse. Un fenómeno, en el fondo, muy parecido al que se produjo con las compras de joyas, chocolates y carteras de marca que, cuando era primera dama, Nadine Heredia hizo con la tarjeta de crédito ‘prestada’ de su amiga Rocío Calderón.

Como se recordará, el episodio en cuestión marcó el punto de no retorno de la desavenencia entre la dispensadora de la luz verde y los vastos sectores de la opinión pública que alguna vez la veneraron. Y por ello, llama la atención que el Parlamento –que nunca tuvo los niveles de popularidad que ella en algún momento ostentó– no sea capaz de hacer esa misma comparación y comprender así las dimensiones del problema que tiene al frente.

Sorprende, en particular, la indolencia con la que –más allá del circunstancial brote de cólera que lo poseyó al pronunciar su ya famosa invectiva contra las confituras– el presidente del Congreso asume el descrédito de esa institución. Galarreta, en efecto, observa la lluvia de oprobio que cae cotidianamente sobre él y sus cófrades con una mezcla de tedio y melancolía: especie de ‘spleen’ mazamorrero que evoca la actitud de los poetas decadentistas de la Europa del siglo XIX.

“Yo he dado la vuelta a la página”, dice casi displicente. Para luego, en referencia a quienes hemos entendido su amenaza como amenaza, agregar: “Si lo quieren interpretar así, yo no puedo hacer nada; es su derecho y opinión”.

Y aunque en sus palabras es imposible distinguir brizna alguna de poesía, el aroma decadente, en cambio, resulta difícil de ignorar… Lo que, de alguna manera, nos lleva de regreso a las flores y a la probable explicación de por qué se las juzga tan necesarias en el Congreso. Sobre todo, según se sabe, en las oficinas de quienes lo regentan.

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